jueves, 27 de noviembre de 2014

Premios Nóbel

Las redes sociales se convierten en un hervidero de chismes, dimes y diretes por cualquier tema: que si Juan Gabriel se cayó en concierto, que si el discapacitado salió en el concurso de baile, que si Peña Nieto ya la regó otra vez, que si la actriz de moda no se sabe las capitales de los estados de la república , que si un rico maltrato a un pobre, que si esto, que si el otro, comentarios por aquí, memes por allá, chismes, quejas, opiniones, llamados al pacifismo y la civilidad, etcétera . De entre toda la maraña de asuntos opinables, el Nobel no podía ser la excepción, y como ocurre  todos los años, unos días antes del anuncio de los ganadores, las redes sociales se volvieron campo de batalla para los fanáticos de uno u otro candidato.

Aclaro  que cuando digo candidato me refiero al del Nobel de literatura. Porque el resto de los premios, a los simples mortales, no nos interesa  gran cosa. La culpa es de la academia Sueca por premiar aportaciones tan extrañas como el “desarrollo de la microscopía de fluorescencia de alta resolución”, que quién sabe qué sea pero suena a que se salvaron muchas vidas. En cambio, en el terreno de la literatura, cualquiera (o casi cualquiera) puede agarrar el librito del mentado autor y emitir juicios de valor como si de telenovela se tratara.

El asunto es que nadie sabe cómo se nominan los candidatos, ni mucho menos cómo eligen al ganador, de forma que cuando anuncian a los galardonados, las quejas y mentadas son lo primero que se escucha . Por supuesto, nosotros los cibernautas no contribuimos en nada con el premio y me resulta evidente  que en esas circunstancias a la academia Sueca le vengan valiendo pepino nuestras más sentidas quejas, y que año con año hagan lo que les pega su reverenda gana. Y la verdad es que el hecho no me parece reprobable, ni creo que le quite credibilidad o validez al premio. Después de todo, que cada quien decida en qué se gasta su dinero.

Otra parte de  la revuelta que genera el Nobel es la idea errónea de que se otorga el premio al mejor escritor del mundo. Si dieciocho tipos se juntan a elegir al mejor escritor del mundo, es lógico que el resultado sea el mejor escritor del mundo para esos dieciocho tipos. Y ni siquiera para ellos, si creemos a la academia Sueca cuando afirma que jamás han tenido un ganador por votación unánime. Aun así, año con año la controversia surge, se consuman decepciones, se barajan nombres y títulos, y se jura venganza en nombre de Las Letras . Muchas cuentas de Twitter , por ejemplo, sólo tienen su razón de ser en que Haruki Murakami reciba el premio Nobel. Una vez logrado el objetivo, sospecho que mucha gente abandonará sus computadoras y se reincorporará a la vida cotidiana.

Nada nos gustaría más a los fans  que ver a nuestros ídolos del entretenimiento reconocidos, encumbrados y premiados, y que se nos reconociera nuestro gusto como el mejor y el correcto, pero nada de eso va a pasar, vaya, ni siquiera existe. Sea el premio que sea, jamás estaremos contentos con los resultados y está de más cualquier comentario que tengamos al respecto. Esto es así, y así continuara hasta que los premios se otorguen a través de una consulta ciudadana, posibilidad que en estos tiempos no parece tan bizarra... Pero jamás, en lo que me resta de vida, podré perdonar a la Academia, que en 1998 decidió dar el Óscar a la mejor película a Shakespeare Enamorado (Shakespeare in Love, John Madden, 1998), y no a Rescatando al Soldado Ryan (Saving Private Ryan, Steven Spielberg, 1998) o a la Delgada Línea Roja (The Thin Red Line, Terrence Malick, 1998). Esos tipos sólo reafirmaron lo que todos sabíamos: su gusto en cine es peor que el gusto musical de los reguetoneros, y que hay academias y jurados que no deberían tener dinero ni derecho a galardonar sus malos gustos.

El Estado fallido...

La prensa internacional menciona la situación de México con mucha precaución. Trata los problemas del país como algo terrible pero pasajero, cuidándose de señalar siempre que los mexicanos somos gente muy linda y asegurando que al final, sin duda, las fuerzas del Bien lograrán triunfar. El presidente de Uruguay, el señor Mujica, en un arranque de honestidad, compartió una visión más realista y mexicana de nuestros problemas. Llamó a México un estado fallido y luego se retractó por cuestiones diplomáticas.

El señor Mujica, famoso por sus controversiales declaraciones, publicó un comunicado donde dice que el México no puede ser un fracaso dadas nuestras raíces precolombinas y nuestro “capital político”. No entiendo muy bien por qué ser precolombino es razón para ser un estado exitoso; tampoco sé qué significa eso de “capital político”. A lo mejor el señor Mujica se estaba burlando de nosotros. Lo que me queda claro es que el gobierno mexicano anda muy sensible.

Decir que México es un estado fallido puede ser apenas exagerado. Pero cuando vemos otros estados sólidos, benéficos y sustentables, nos damos cuenta de que México dista mucho de tener uno siquiera similar. Hace años que nuestras instituciones perdieron toda credibilidad, y están a punto de perder cualquier rastro de respeto que se les tenga. Por mucho que se incomode el gobierno, el estado ya no puede garantizar nuestros derechos. No sé si eso sea un “estado fallido” pero si el gobierno gusta podríamos concederles el uso de un término políticamente correcto como “estado semifallido” o “estado en vías de fallar”.

El presidente Mujica tiene razón, la corrupción nos rebasó. El crimen organizado se volvió el Estado y ahora no hay ninguna institución capaz de garantizar nuestra seguridad. Los mexicanos estamos conscientes de que los grupos de delincuencia organizada o el gobierno pueden venir a capricho y despojarnos de nuestro patrimonio, de nuestra libertad o de nuestra vida, y que no hay nada ni nadie que los detenga ni mucho menos que imparta justicia. Sabemos que si caemos en sus manos no tendremos ni una sola oportunidad. Llevamos años viviendo así, y del miedo hemos pasando a la ira.

Hemos visto a nuestros representantes despacharse con la cuchara grande durante años, engordando sus billeteras y dejando para el pueblo menos que las sobras, los hemos visto engañarnos, burlarse, tolerar y cometer actos de corrupción y actos de sangre tan crueles y sádicos que perdimos ya la capacidad de asombro. Los videos del estado islámico donde decapitan prisioneros extranjeros nos dejan como si nada. Para nosotros es lo normal, habituados como estamos a ver peores formas de morir. Eso es lo que le pasa a México. Que ya no estamos indignados y ofendidos, estamos encabronadísimos. El Estado se precipita al peor de los fracasos y no es una exageración pesimista de los mexicanos: es que hemos tenido que soportar al gobierno y a la delincuencia todos los días, los hemos visto operar y conocemos el rumbo que están tomando los acontecimientos.


La mayoría de la prensa extranjera llama a Ayotzinapa “el mayor reto” al que se ha enfrentado el gobierno mexicano. Pero esto sólo demuestra un desconocimiento de la situación. Hace ver como si los problemas no fueran la impunidad, la corrupción, el asesinato, el crimen organizado, sino el hecho de que los mexicanos presionen al gobierno en una ola de indignación y resentimiento. Ayotzinapa no es ni la más cruenta ni la mayor de las infamias que hemos soportado, pero es la que derramó el vaso. La reacción del pueblo por los estudiantes desaparecidos tampoco es el “mayor reto” del gobierno. Su mayor reto lleva años gestándose, y Ayotzinapa es sólo un síntoma entre otros tantos que evidencian lo ineludible: el estado mexicano ha fallado.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Sobre la segregación

Cuando yo iba a la primaria también existía el bullying aunque en aquéllos tiempos no existía una palabra para definirlo. Siempre había alguien abusando de alguien y muchas veces los recreos parecían tierra de nadie. Hay quienes dicen que el problema se ha agudizado, y quizás así sea. Pero estoy seguro de que, justo como en mis días de estudiante, quienes lo padecen más son las minorías.

Yo asistí toda la educación primaria a una escuela de gobierno donde convergían niños de estratos más o menos variados: la elección de la escuela respondía más a una cuestión de ubicación geográfica que a una cuestión económica. Habíamos de todo: niños altos, chaparros, güeros, morenos, gordos, flacos, con lentes, sin lentes, sanos, enfermos, limpios, sucios. Habíamos hijos de enfermeras, de militares, de mecánicos, de empleadas domésticas, de maestros y etcétera. Éramos un collage muy extraño. Y a cualquier hora había niños peleándose, peleándose por la comida, peleándose por los juegos, peleándose los útiles, peleándose los libros. Pero había también niños que no peleaban con nadie porque en realidad no eran parte del grupo. Nadie peleaba con ellos porque pelear con ellos era una forma de relacionarse y la única manera en que se relacionaban con aquéllos niños era a través del rechazo y la burla.

Yo no sé la tendencia a segregar sea algo que heredamos o que aprendemos a lo largo de la vida. Quizás haya un poco de las dos. Pero he visto sus consecuencias y entiendo hasta qué punto es devastador sufrir el rechazo de la mayoría. He visto afeminados, homosexuales, gordos, miopes, lisiados, todos separados y a la vez rodeados de personas. Todos solos y diferentes. Y he visto las formas de escape que tienen, los pasatiempos en los que se refugian, las formas de defensa que adoptan, el blindaje que se crean contra las burlas. Es fácil reconocer a quien ha sufrido rechazo.

Creo que en cualquier persona el racismo es inadmisible, pero en los padres es imperdonable. Quizás sea muy difícil cambiar nuestra naturaleza, pero lo que se enseña con el ejemplo es igual de importante. El homosexualismo, por ejemplo, o el afeminamiento, son características demasiado sexuales y complejas como para que un niño haga burla de ellas. Cualquier niño puede notar lo diferente que es un niño afeminado, de igual forma que nota lo distinto que es un niño albino o un niño con labio leporino, pero burlarse de dicha condición es algo que se debe a los adultos en su totalidad.

Y ese es el problema, que el rechazo crece junto con el niño y se crea toda una serie de ideas y pensamientos para fomentar la burla y la separación. Además, quien se burla es objeto de ensalzamiento por el resto del grupo. De repente está bien burlarse: es bien visto burlarse, es aceptable burlarse y es popular burlarse. Y en el colmo de la ironía, quienes se burlan pretenden no hacer daño a quienes son objetos de su burla. La segregación se ha arraigado en nosotros de tal manera que es muy difícil darse cuenta cuando uno lastima a otra persona por ser distinta. No es tan extraño pensar que quizás estemos haciendo algún daño que preferimos pensar que no es nuestra culpa, que es culpa de los demás por ser distintos, y también preferimos encarnizar la burla como si exagerándola o haciéndola más notable dejara de hacernos ver como malas personas o dejara de hacer sentir mal a los demás.

Y no entendemos la naturaleza desgarradora de la burla hasta que descubrimos que todos en algún momento de la vida, por diversas razones, vamos a ser distintos, al menos un rato. Y cuando suceda vamos a sufrir el rechazo y vamos a recolectar un poco del fruto de aquello con lo que nacimos, que los adultos fomentaron y que nosotros hemos continuado. Y entonces, sólo entonces, entendemos.


Hiroshima y Nagasaki

Me parece curiosa la cantidad de simpatía y solidaridad que inspiran Hiroshima y Nagasaki. No me molesta ni considero erróneo que la gente tome los bombardeos nucleares como emblemas de los movimientos pacifistas o antinucleares. Me parece encomiable que la gente persiga tales fines. Pero no deja de ser curioso, al menos para mí, que sean esos, y no otros, los eventos que generan tal repudio armamentista y militar.

Las bombas nucleares representan para muchos la síntesis de la naturaleza humana, la máxima y última expresión de su sed de violencia y sus ansias autodestructivas. Quizás lo sean. Pero es ingenuo y hasta optimista pensar que las bombas atómicas representan el inicio de una era en que el hombre puede, en efecto, destruirse a sí mismo. En realidad, en cualquier momento pudimos haberlo hecho. Aunque no tan rápido. También es ingenuo pensar que representan una amenaza seria para la naturaleza: nada que haga el hombre podrá repercutir en ella por la eternidad. Es cuestión de tiempo para que todo lo que hagamos sea borrado y para que cualquier rastro nuestro, positivo o negativo, sea sanado, y tiempo le sobra a la naturaleza.

Las explosiones nucleares representan, también, un genocidio no castigado, un ataque brutal a cientos de miles de civiles inocentes, y no entiendo muy bien quién decide qué cifras son alarmantes o quiénes son inocentes. ¿Si las bombas hubieran caído sobre trescientos mil soldados y no sobre trescientos mil civiles, hubiera sido más aceptable? ¿Es menos conmemorable el millón de civiles rusos muertos en la batalla de Stalingrado que el cuarto de millón de Hiroshima y Nagasaki? ¿Eran ese cuarto de millón de japoneses más inocentes que el cuarto de millón de civiles chinos que exterminó el Ejército Imperial Japonés durante la masacre de Nankín? Si en lugar de soltar las bombas Estados Unidos hubiera continuado la batalla como la había estado llevando, ¿hoy pensaríamos que los cientos o miles de infantes de ambos bandos que hubieran muerto lo tendrían merecido? ¿Quiénes merecían más morir?

La humanidad siempre se ha sentido inclinada a la violencia. Ninguna forma de asesinato o de tortura es nueva, sino que se ha venido usando desde que tuvimos conciencia. Siempre hemos estado a la merced de la locura de nuestros semejantes. Pero creo que nunca como en nuestros tiempos hemos tenido tanto miedo a la sangre. Nuestras generaciones ya no tienen los valores que en otros tiempos nos hacían sobreponernos al miedo a la muerte o al dolor. Cada vez las peleas y las guerras pierden más su sentido y sólo nos queda ese temor a no tener el control sobre nuestra vida, aunque en realidad nunca lo hayamos tenido y morir en el potro de la inquisición o consumido por el fuego de una bomba atómica sean lo mismo.


Hiroshima y Nagasaki me conmueve igual que me conmueve cualquier otro acto de agresión, sus víctimas me inspiran la misma simpatía y solidaridad que cualquieras otras y no podría juzgarlas ni a ellas ni a sus ejecutores en términos de correcto o incorrecto, de bueno o malo. Nuestra historia ya no permite ese tipo de juicios. Al final no hay nada que vengar y nada que castigar, y quienes mejor lo saben son las propias víctimas del bombardeo. La violencia debe detenerse e Hiroshima y Nagasaki no son eventos aislados sino que deben sumarse a los demás eventos que nos tiene la historia igual de trágicos y memorables y que forman los alaridos agónicos de una humanidad que desea con todas sus fuerzas matarse aunque le dé tanto miedo hacerlo.

Proteger a los animales 2

Hay quienes afirman que la tauromaquia es un arte y que los toreros son artistas. Hay, también, quienes hablan de corridas de toros usando términos como “cultura”, “tradición”, “intensidad”, “rito”, “simbolismo”, “nobleza” y muchas otras igual de rebuscadas. No vayamos lejos, el premio Nobel, Vargas Llosa, afirma que lo que más aprecia de la fiesta brava es la sabiduría del torero. Bueno, la sabiduría y la gracia, el arrojo y la inspiración. Quizás sea mi falta de sensibilidad, de cultura incluso, pero no entiendo cómo es necesaria la inspiración para matar un animal. Tampoco considero los mataderos como un centro cultural, ni me atrevería a calificar a los matarifes de agraciados, sabios y arrojados. Ni siquiera calificaría los tacos como arte, y debo admitir que son mi comida favorita, para regocijo de los defensores de la tauromaquia.

Las corridas de toros son una tontería. No importa cómo las aderecen ni la variedad de adjetivos con que las califiquen. Son otra forma de perder el tiempo igual de inútil y estúpida que sacarse la borrita del ombligo. Además, su defensa es tan insostenible que el ya nombrado Nobel recurre a argumentos como el que sigue: “el día que dejen de comer carne yo dejo de defender las corridas”, el cual es lastimero y patético por donde se le mire. Porque el problema no es que la gente tenga ese pasatiempo (creo que cualquiera es libre de elegir cómo desperdiciar su vida) sino el pasatiempo en sí. La ocasión anterior escribí sobre mi desacuerdo con la prohibición de animales en los circos. Defendí que los circos pudieran tener animales porque sé que existen formas dignas de acercar animales a quienes de otra forma nunca los van a conocer. También dije que no estaba de acuerdo con el enfoque prohibicionista y paternal del gobierno, que me parecían más positivas la regulación y la concientización, y aún suscribo.

Pero a menos que las corridas de toros terminen con el toro y el torero estrechándose la mano y la pata, respectivamente, no me imagino una forma de regularizar la “fiesta brava”. Fernando Savater dice que la prohibición de las corridas supondría quitarle el sentido a la existencia de los toros. Fuera de lo pintoresco del argumento, me llama la atención la suposición de que los toros necesitan un sentido en su vida, y me llama aún más la atención que nos corresponda a los humanos darles ese sentido… nosotros, que ni siquiera conocemos el nuestro. Y es que el problema de fondo es ese, que aún no conocemos cuál es nuestra posición en la naturaleza. Nos sabemos superiores pero no sabemos cuál es la forma en que debemos interactuar con los animales.


Hay quienes dicen que los animales no tienen sentimientos. No lo sé. Sé que nosotros los tenemos, sé que somos distintos a ellos y que esa distinción nos hace superiores. Pero creo que esa distinción y esa superioridad no nos convierten en sus dueños, ni en sus amos, sino que nos hace responsables de ellos, porque incluso cuando se trata de dar muerte hay muchas formas de hacerlo, y pocas de ellas son dignas. No sé si los animales tengan derecho a una vivienda, al trabajo, a la educación, me imagino que no, pero sé tienen el mismo derecho que tenemos nosotros la vida porque les fue regalada en la misma forma y circunstancia. Incluso cuando nos comemos los unos a los otros, nuestra relación es una cuestión de dignidad, respeto, y muchísima responsabilidad, esa misma responsabilidad que tenemos para quienes no son como nosotros, para quienes son débiles y no se pueden defender. Por eso, y sólo por eso, estoy de acuerdo con que el gobierno prohíba las corridas de toros.

Proteger a los animales 1

Siempre he creído que los ambientalistas, los protectores de animales, los vegetarianos y similares se mueven en el precipicio de los asuntos que se juzgan sin medias tintas, arriesgándose a caer en la contradicción y la doble moral de unas convicciones ideológicas tan radicales como insostenibles. Y no es que sus esfuerzos y sus ideas me parezcan erróneos, al contrario, pero la forma tajante de juzgar cualquier asunto relacionado con árboles y animales como “bueno” o “malo” me parece que raya en lo fanático.

Todo esto a propósito de la reciente prohibición de los circos con animales que han adoptado algunos estados y ciudades de la república. Hay algo en el asunto que no me sabe a victoria. Quien haya ido a un circo de pueblo sabe que los espectáculos que se ofrecen no se acercan ni tantito a los que ofrecen, por ejemplo, el Cirque du Soleil, circo cuyo nombre no puedo pronunciar en su idioma original y al que nunca he ido gracias su primera y decisiva diferencia: el precio. Por un boleto de seiscientos pesos yo me imagino que el espectáculo es tan sorprendente como la aurora boreal (la cual, por cierto, es gratuita).

Pero los circos de pueblo no son auroras boreales y quienes trabajan ahí hacen lo que pueden con los medios que tienen. Y he visto circos lamentables, al borde del fin, con carpas gastadísimas, remendadas y parchadas, con un personal tan limitado que el trapecista es al mismo tiempo el domador, el payaso y el vendedor de refrescos, y la taquillera es la contorsionista, la bailarina y la vendedora de palomitas, todos ataviados en trajes viejos y descoloridos, y con gradas tan usadas que uno se juega el físico al sentarse en ellas. Ni siquiera concibo la vida que deben llevar, no imagino cómo es ser nómada en la pobreza pero sospecho que no debe ser tan artístico, intelectual ni interesante como los adolescentes acomodados piensan.

Por eso la prohibición se me hace una victoria tan triste. Porque es una victoria espejismo, es una victoria que no existe y no existe porque al final vuelven a perder quienes no deberían. Los grandes imperios circenses continuarán vivos, es cierto, pero vivas continuarán también la tauromaquia, las peleas de gallos, las carreras de galgos y de caballos, y otros pasatiempos que relaciono con la gente rica y que mi instinto paranoico sospecha son intocables por este mismo motivo.

No dudo que se maltrate a los animales en los circos. Pero tampoco dudo que haya circos en los que no se les maltrate. Y las legislaciones en negativo (prohibiciones, pues) no me parecen un avance, en especial cuando afectan tanto a justos como a pecadores. Dicen los aferrados que una regulación en el uso de animales en el circo sigue siendo insuficiente porque el animal seguiría en cautiverio, argumento por demás extraño. También dicen que no usar animales potencia el desarrollo de talentos humanos con los que el circo termina ofreciendo un mejor espectáculo y por lo tanto ganado un mayor ingreso. Lo cual es similar a decir que si me bajaran mi salario yo buscaría trabajar horas extras, potenciando mi productividad.


 El problema fue que nunca se dio la oportunidad de opinar a quienes iban a ser afectados, ni de ofrecer alternativas, ni de ofrecerles un beneficio a cambio de las perdidas, nada. Todos opinaron, menos ellos. Ahora, los protectores de animales están celebrando su triunfo y buscando nuevas legislaciones en las que expandir su imperio de bondad y buenas intenciones. Lo cual me parece muy bien, pero en lo que a mí respecta cualquier protector de animales es un falso desde el momento que se lava las manos para eliminar microbios, y desde el momento que no dona su cuerpo para que un virus como la viruela pueda volver a existir. Porque ellos han juzgado los actos de todos los demás sin medias tintas, en términos absolutos y por lo tanto, en honor a las sagradas escrituras, serán medidos con la misma vara.

Internet y la música

La forma de acercarse a la música ha cambiado. Internet se ha convertido en la plataforma gratuita por excelencia a través de la cual todos los artistas del mundo buscan ser reconocidos y escuchados. La cantidad de música a la que se puede acceder a través de internet es apabullante, y termina siendo una paradoja: son tantas las opciones que es como si no las hubiera. Me explico un poco: no importando el género que sea, ¿cómo se encuentra la música que vale la pena en un mundo saturado de música?

Antes, los medios como las revistas, la radio y la televisión llevaban la batuta a la hora de promocionar músicos, pero también se podía conocer música a través de las recomendaciones de amigos y conocidos con gustos afines. Hoy, los medios tradicionales persisten y se han sumado otra gran variedad como los fanzines, los sitos wobs, los blogs, los blogs, los canales de youtube, myspace, facebook y un sinfín de formas más. De repente vuelve a haber tantas opciones que difícil decidirse. La especialización de los sitios raya, en ocasiones, lo excesivo y encontrar un medio equilibrado se vuelve tarea titánica.

El problema está relacionado también con la forma en que la música se vende y se distribuye. Antes, en la época en que los discos eran todo un concepto, los grupos se veían formados a ofrecer una unidad que valiera la pena, o al menos llegaba a existir una especie de código de honor que impulsaba a los artistas a componer obras de arte redondas y completas  con mayor frecuencia que hoy. El motivo es el auge de los sencillos y los nuevos sistemas de adquisición, legales o ilegales, que se basan, sobretodo, en una única canción. De esta forma, los artistas sólo necesitan una única canción, mala o buena, para empezar a venderse.

Los grupos nuevos ya no tienen frente a sí la tarea de crear 12 o 13 canciones con la calidad suficiente para competir con otros, ahora una sola canción es suficiente y, además, no importa siquiera si es buena o mala, internet es tan basto que da cabida a todo tipo de escuchas, y a todo tipo de negocios. La mala música siempre ha sido un negociazo para quienes la crean y quienes la producen, y la apertura de la música a través de internet puede no ser tan mala para los interesados después de todo.


Internet resolvió muchos problemas para quienes buscan su lugar en la música, pero también propició y empeoró otros. Al final, el problema de la piratería fue un golpe para las disqueras y para los grupos porque no estaban preparados para la velocidad a la que internet evolucionó. Si miramos en retrospectiva, el cd tuvo un tiempo de vida risible y su transición a la música en formato digital fue precipitada y violenta. Sin embargo, con el paso del tiempo y mirando con calma el panorama, las posibilidades de seguir explotando el negocio a través de, sobretodo, mala música siguen siendo muy grandes porque, en el fondo, el panorama no cambió nunca. Una vez más, la única forma de trascender es a través del trabajo, la dedicación, el profesionalismo, la disciplina, la creatividad y el talento. Mucho talento.

Sobre escribir

La principal defensa que esgrimen quienes no quieren o no saben escribir con corrección es que a fin de cuentas lo importante es darse a entender. Puede ser, quizás no se necesita ser un especialista en el idioma español cuando se trata de escribir, por ejemplo: “Alguien sabe donde venden pica pica ???”, “Por jambarse se llevo un diablito kon kagas al chavo no le paso nada” o “y que le chava que trabaja en bar le dijo que tenia algo de ella y varias le dijeron ala chica decente que ae referia a su marido”.

Los anteriores fueron ejemplos tomados al azar de Facebook, y en mi defensa debo decir que no pertenecen a mis amigos, sino que fueron publicados en un grupo de creciente popularidad. El hecho es que ni siquiera algo tan banal y frívolo como lo antes citado es comprensible sin respetar las normas ortográficas más básicas. ¿O alguien fue capaz de entender el segundo y tercer ejemplo? Porque yo no. Y el problema se agrava porque pocas personas son capaces de reconocerse como parte del mismo. Antes de aceptar que no sabemos escribir, preferimos decir que no da flojera o que no es necesario.

Además, la otra vertiente peligrosa del asunto es que la mala escritura se está generalizando tanto que poco a poco los errores comienzan a volverse tan comunes que terminan convirtiéndose en regla. Estoy muy de acuerdo con que el idioma siempre está evolucionando y adaptándose a sus usuarios, y con que esa evolución tiende siempre a la simplificación y a la facilidad. Pero mucho temo que en un futuro las expresiones más complejas que se puedan formar sean de una profundidad tal como “quiero comida” o “voy al baño”.

El problema está muy relacionado con la falta de lectura, sí, pero también con la poca exigencia que se tiene por parte de los lectores, y no me refiero solo a lectores de libros, sino al lector en general, desde los curiosos que se entretienen leyendo los mensajes en los baños públicos, pasando por los lectores de tvnotas, hasta los lectores de bestsellers y blogs. Se les ofrece lo peor que puede nacer de la escritura y en su peor vestimenta. Y así es consumida. Los lectores no tienen el mínimo sentido crítico para darse cuenta de que es un insulto el poco cuidado que se le pone a la redacción de los textos, como si fuera un menosprecio a la capacidad intelectual del lector, sino que suponen que la escritura así es, que no existen reglas y que las pocas que existen son para romperse. Al fin y al cabo, las personas de quienes hablan las revistas de chismes, por ejemplo, tampoco saben ni escribir algo tan simple como “Cuando trabajas con un equipo lleno de pasion y entrega  por lo q hacen no hay mas q disfrutar de esa fortuna y comprometerte el doble”, cortesía de la cuenta de Twitter de quien se hace llamar Maite Perroni.


El idioma español está condenado. La flojera, las excusas y la ignorancia van a terminar con él, así como la falta de opciones, o la dificultad para encontrarlas, cuando se trata de leer. Pero también la mentalidad rebosante de ideas cortas, practicante del mínimo esfuerzo,  ávida de estímulos básicos y fáciles, y que se heredará de generación en generación hasta que solo podamos comunicarnos nuestras necesidades básicas. Con faltas de ortografía.

Literatura de terror

Creo que los nuestros son los tiempos más difíciles para la literatura de terror. Es decir, para escribirla. Me parece que nunca como hoy ha sido tan arduo para los escritores despertar, en los lectores, un sentimiento de miedo o terror, acostumbrados como estamos a lo explícito. La literatura ha tenido siempre una desventaja frente al cine, en particular, cuando de espantar se trata. La tensión ambiental surgida de la mezcla entre lo visual y lo sonoro es difícil de imitar en un cuento o en una novela, y es difícil también para otros medios como el cómic, o la música. Las películas de los últimos años se han vuelto más osadas cuando se trata de incursionar en el terreno de lo gráfico, en la muestra descarada de sangre y vísceras que poco a poco nos han ido insensibilizando frente a lo que antes, incluso de forma velada, nos inundaba de miedo.

De igual forma, la vida misma, la realidad, ha aportado lo suficiente para contribuir con esa insensibilidad dificultando la labor del escritor. Y si además agregamos el predominante pensamiento racional y científico de nuestros tiempos, la agonía de los viejos sistemas religiosos, morales espirituales y de valores, el escepticismo y el avance tecnológico, la labor del escritor raya en lo imposible. ¿A qué podría temerle el hombre actual? Y, ¿qué podría aportarle la literatura a ese miedo que no pudiera aportarlo de mejor manera el cine?

A través de los tiempos, la literatura de terror se ha ido adaptando al miedo latente de las personas, los escritores han descubierto en sus propios temores aquello que aterroriza y sobrecoge, y han sabido contárnoslo con mucha dignidad. Desde Edgar Allan Poe hasta Lovecraft, pasando por el temor a los muertos, a los fantasmas, a la muerte, a terrores cósmicos, demoniacos, de cultos olvidados y antiguos, pasando por el terror al despoblado, el terror de las zonas rurales alejadas y abandonadas por la sociedad, los escritores han sabido echar mano de las particularidades de sus tiempos y han descubierto verdaderos terrores, miedos arraigados  en lo profundo de la mente y que no sólo se tratan de un sobresalto gratuito causado, casi siempre, por un simple sonido de elevado volumen.

Hoy, la literatura de terror se encuentra en un punto donde la revitalización no sólo es posible sino necesaria. Está tan abotargada, frenada, atenazada, entre los best sellers y el cine, que su mayor exponente literario, Stephen King, rara vez escribe algo que no sea ciencia ficción o fantasía. El problema, en este caso, no es la insensibilidad que comentaba, sino la falta de visión y de ideas frescas, esa falta de adaptación que otros escritores tuvieron y que los llevaron a trascender la historia clásica de terror para proponer y revelarnos miedos que no sabíamos que existieran, al menos de forma consciente porque el miedo y su detonante nunca dejan de ser una parte innata de nosotros.

Quizás convendría echar una mirada al pasado, y quizás podamos encontrar nuestros nuevos miedos en aquello que ya creíamos olvidados. Somos una generación con una visión muy distinta sobre la muerte y el dolor físico, es cierto, pero también somos una generación y un país que sigue creyendo en los horóscopos, que hacemos de los astrólogos y adivinos estrellas de televisión e ídolos de masas, somos un país atraída por el ocultismo, por la ouija y por los curanderos, con una arraigada tradición de brujos, leyendas y ritos prehispánicos.


Somos una mina de oro para el terror.

Economía compartida.

Acorde con los tiempos, hay una nueva forma de hacer negocios por internet: plataformas a través de las cuales se ofrecen en renta todo tipo de artículos, bienes y servicios. Antes, los anuncios se publicaban en los clasificados de los periódicos, hoy el medio es electrónico y los resultados son mucho mejores. Podadoras, motocicletas, cuatrimotos, esquíes, carros, camionetas, casas de campaña, departamentos, avionetas, yates, y no sólo eso, también servicios de transporte, hospedaje, masajes, clases, reparaciones, todo es negociable y todo está en internet.

Tomemos el caso de Uber, un sitio web y aplicación que permite convertir a cualquier poseedor de un vehículo en taxista. El usuario ingresa su ubicación y su destino, selecciona el tipo de vehículo, que puede ir desde autos compactos hasta limosinas, y en minutos tendrá su auto y chofer. La ventaja, aparte de la selección del transporte, es una tarifa más baja que la de cualquier compañía que oferte el mismo servicio sin que esto represente una pérdida para ninguna de las tres partes: la ganancia es, en su mayoría, para el piloto, un pequeño porcentaje para la página, y una ganancia final para el usuario, que se ahorra unos cuantos pesos. Y claro, la posibilidad para cualquiera que tenga un coche y desee ganarse un dinero extra haciéndola de chofer.

El servicio de Uber tiene en jaque a los sindicatos y compañías de transportistas en ciudades como San Francisco o Nueva York, donde se forzó al sitio a cobrar un impuesto destinado al municipio. La medida no bastó para los sindicatos, que ven en el servicio una competencia desleal. En nuestro país, el Distrito Federal, México y Nuevo León ofrecen el servicio aún sin la intervención del gobierno. Y en internet surgen multitud de páginas similares con mucha frecuencia.

El sitio Airbnb nació como una propuesta para que estudiantes, mochileros y trotamundos tengan la oportunidad de visitar ciudades de una forma más humana y cálida. En lugar de una fría recepción de hotel, los viajeros pueden disfrutar (o no) de la hospitalidad de parejas, familias o personas que ponen en renta sus cuartos, casas o departamentos a un precio razonable que ofrece la posibilidad de viajar a quien de otra forma no lo haría. El sitio, claro, cobra una tarifa, pero la verdadera ganancia es para el propietario.

Las cadenas de hoteles y sus sindicatos, al igual que los taxistas, ven en el sitio una ilegalidad, una forma de evadir impuestos y un desestabilizador de precios. En parte es cierto: hay casos en los que un sólo usuario ofertó hasta trescientos alojamientos distintos. Pero también llama la atención que ante la propuesta de Airbnb de regularizarse y pagar impuestos, los hoteles se opusieron. ¿Por qué?
Incluso con impuestos, los precios del sitio continúan muy bajos. Las grandes cadenas hoteleras no tienen mucho que perder, sus clientes no necesitan regatear el hospedaje, pero las cadenas más pequeñas y los hoteles familiares o de particulares sí se encuentran en peligro. Porque airbnb no es sólo una competencia difícil y tramposa, sino que vuelve evidente un hecho conocido: los servicios de hospedaje pueden ofrecerse a un precio más bajo sin que representen una pérdida para los propietarios.


En México, el precio del transporte público se establece cuando el gobierno, que hace todo menos representar al pueblo, y los líderes de los taxistas y transportistas se sientan a negociar. Por parte de los trabajadores del volante se mencionan tópicos como la inflación, los impuestos, los gasolinazos. Del lado del gobierno no me imagino qué puede escucharse, acostumbrados como están a no usar nunca el transporte público, algunos desde siempre, y culpables como son de repartir concesiones de taxi de una forma sucia e irresponsable. Es una negociación donde los únicos que no tenemos voz somos los usuarios. De forma que los precios se mueven de acuerdo a las necesidades de los trabajadores del volante y de un gobierno famoso por su corrupción. No queda más que esperar unos años y ver qué tiene internet que opinar al respecto.

Ganarse la vida.

A veces me parece más sencillo calcular la masa del Sol con hilos y cinta, que entender los vericuetos de la economía. Por algún motivo no del todo claro, el aumento al salario mínimo tendría, según las profecías de algunos expertos, efectos apocalípticos tan horribles que ni siquiera la Biblia se atrevió a mencionarlos: los niños llorarían, a los perros les dará moquillo, las televisiones perderán la señal, el Cruz Azul será campeón y muchas otras cosas por el estilo.

El asunto, según los mismos expertos, va a fracasar porque aumentaría el salario y no la productividad. Mis nociones básicas de economía me hacen pensar que la productividad se refiere a que si una vaca, digamos, produce 18 litros de leche, tendría que producir 36 para que el patrón pudiera aumentarle el salario al ordeñador. O que si una tortillería produce unos 200 kilos de tortillas al día, la máquina tendría que generar unos 100 kilos más para que el encargado tuviera su aumento de salario. Así, el dependiente de una tienda tendría que salir a repartir volantes para vender más y ganarse el aumento salarial con su propio esfuerzo, o el de la vaca o el de la máquina.

Todo esto me parece muy curioso. No pretendo alegar de economía con los señores estudiados, pero resulta extraño que los problemas económicos nos los resuelvan personas sin problemas económicos. Porque la diferencia de perspectivas nos hace hablar idiomas diferentes. Los economistas que además se encuentran en el poder dicen que el problema no es sólo la productividad, es la economía informal, es la falta de generación de empleos. Y que todo va a cambiar con las reformas: es cuestión de tiempo para que las compañías extranjeras lleguen al país a contratar a todos los que deseen ser contratados, y a pagarles cantidades justas para que el nivel de vida aumente y todo se vuelva paz, tranquilidad y prosperidad en el reino mexica. Ojalá así sea.

Alguna vez comenté lo difícil que es ganarse la vida para quienes no fuimos bendecidos con una herencia o un puesto público. Y lo es. No deja de sorprenderme la cantidad de oficios que las personas idean para conseguir el sustento. Y no es que menosprecie a las compañías extranjeras que nos vendrán a salvar, pero estoy seguro que la mayoría de las personas tenía una idea distinta sobre lo que quería hacer para vivir. En algunos casos, los más pragmáticos, quisiéramos ser algo así como diputados. Pero diputados plurinominales, para no molestarnos siquiera en hacer campaña. Me van a decir que no se puede tener todo en esta vida. Y los del morena me dirían que hace falta implementar un modelo económico que genere los empleos de ensueño de las personas. Y entiendo.

Pero debería existir un programa para los políticos, algo similar al “regidor por un día” que les ofrecen a los estudiantes de primarias. Pero que se llame “Empleado por un día”. Quisiera ver a los políticos limpiando las casas de las personas, quisiera verlos en el sol levantando la basura de las calles por un salario mínimo cuyo aumento sería peor que soltar el virus del ébola, quisiera verlos empleados de sus propias administraciones, sin prestaciones básicas (el colmo de la ironía del trabajo informal), o verlos en las calles haciendo rutinas cómicas o tocando canciones de Enanitos Verdes por los restaurantes.

La esperanza radica en que después de la siguiente guerra mundial, cuando la humanidad regrese a la edad de piedra, los políticos, los economistas, los administradores van a tener una utilidad similar a  la del abono cuando mucho. Y los oficios dominarán la tierra.

Apología de las nuevas generaciones

Creo que uno de los momentos más curiosos de la vida es cuando se notan las primeras diferencias, pequeñas y sutiles, entre las generaciones. Me ha tocado ver el cambio de vestiduras, de comportamiento, de gustos, entre los más jóvenes de la sociedad y los que tenemos más o menos la misma edad. Pareciera ser una ley de la vida el que los más viejos se quejen de las formas de los más jóvenes. Pero a veces no estoy tan seguro de que los jóvenes estén equivocados.

Creo que las nuevas generaciones enfrentarán problemas muy graves y que sus enemigos más importantes no serán físicos, sino que su campo de batalla será, más que en cualquier otro momento de la historia, interno.  La humanidad ha recorrido un largo camino de generación en generación sólo para no ponerse nunca de acuerdo en nada, pero creo que nunca se habían visto apatía e indiferencia hacia la duda, la idea, el conocimiento, de forma tan generalizada y total como la que se empieza a vislumbrar hoy.

 Nuestra generación, al igual que las anteriores, se ha encargado de señalar las faltas de los más jóvenes, a veces con acierto, a veces con saña, pero siempre omitiendo su responsabilidad: es herencia nuestra y de los anteriores a nosotros el estado de cosas que forjaron a quienes criticamos. Nuestros fueron los fallos en la educación que se les impartió en casa y en las escuelas, fue nuestro bagaje cultural el que ellos tuvieron al alcance, con su reguetón, sus reality shows, y todo el entretenimiento que nosotros engendramos y que masificamos. Fue nuestra, también, la falta de previsión o la imposibilidad de cambiar lo que se vislumbraba venir. Nosotros les exigimos lo que nosotros no hicimos, y nos quejamos cuando no lo hacen.

Aun así, creo en las nuevas generaciones. Sé que tropezarán en el camino, todas las generaciones lo hacen, pero también sé que siempre hay alguien que trasciende su tiempo aunque no llegue en la forma que esperamos los más viejos: los escritores, los músicos y los filósofos están agónicos y escuetos. Pero las nuevas generaciones tienen nuevas armas que a nosotros nos pueden parecer extrañas, insulsas  e inocuas y que pueden marcar una diferencia, como los blogs, los videos blogs, los podcasts, y demás.  No debemos olvidar, tampoco, que estamos dejando generaciones con  mayor libertad y con una mente más abierta hacía nuestros tabús y que podrían terminar, por fin, con nuestros últimos rasgos racistas o sexistas. Ninguna generación se ha acercado tanto a la igualdad y a la tolerancia, como las más recientes.

Poco podemos hacer con los jóvenes o los adolescentes, ellos ya han formado en gran medida su carácter y han tomado su propio camino y sus propias decisiones. Pero, de parte de quien acaba de salir de ahí, el único consejo que puedo darles es que no le teman a la libertad que heredan. Muchas generaciones esperaron y lucharon para crear un momento como este, en el que el cambio es posible. Regresar a lo que los viejos combatieron no es una respuesta, allá no hay nada. Deben enfrentar las consecuencias de una libertad que abarca también a malas personas. Enfrentar ese problema también es parte de ser libre.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Las aves en llamas.

En uno de los charcos había un ave, una paloma. Jugueteaba con el agua. Cuando me acerqué irguió la cabeza y se puso atenta. Luego voló. Pensé no tenías que irte, no iba a hacerte daño, pero la paloma ya estaba lejos, perdida en el cielo.

domingo, 12 de agosto de 2012

Las calles de México.


La ciudad de México y yo tenemos una historia accidentada. He sido su visitante desde pequeño. La he visitado en viajes relámpagos y también he ido por meses; pero nunca he residido en ella. De niño la ciudad me imponía y me atemorizaba. Más tarde descubrí las ventajas de una ciudad que lo tiene todo, quizás cuando ya no podía disfrutarlas. Debió ser en el viaje del dos mil seis, cuando mi entonces novia y yo solíamos dar largas caminatas por la avenida Reforma.

Nunca he sido muy bueno para ubicarme por las calles, estaciones del metro o puntos principales del DF, ni para calcular sus distancias ni sus tiempos; la avenida Reforma era para mi un camino sin principio ni final, un continuo aparador de edificios, personas y autos; y por las noches un festín de luces y frío. Caminando de la mano de Claudia descubrí las calles de México, y les tomé gusto.

El siguiente descubrimiento fueron las calles peatonales del centro histórico, que encontré aún más tarde. Fueron varias noches de caminar con amigos entrando y saliendo de bares, platicando, fumando y riendo. Conocimos lo inverosímil y lo bizarro, fuimos testigos de muchas incoherencias. Nos perdíamos entre las multitudes de jóvenes que se acumulaban en los locales para cobijarse de la oscuridad y el frío. En esas calles descubrí todo lo que se agazapa en la noche de una ciudad sobrepoblada. Y también le tomé gusto.

El asunto es que la avenida Reforma y el centro histórico sólo tienen magia de noche. En el día son nada, sólo vías para transitar, para llegar a un lugar. Son caminos odiosos, pesados y muertos. No tienen alma. Su vida llega con la oscuridad, cuando la luz artificial inunda Reforma. Se transforma en una vía eterna de colores, rodeada de calles oscuras, y creo que ese es el punto: uno sabe por dónde caminar, no hay peligro, sólo se debe seguir la luz y es como tomar el camino correcto. Se puede andar por Reforma mientras se mira las calles perpendiculares y paralelas, todas en penumbra, y pensar que se está librando de un mal, que se ha evitado un peligro y que mientras la luz sea la guía todo estará bien.

En cambio, el centro histórico es mágico por su silencio y su oscuridad. Primero no lo comprendía. Había algo atrayente y triste en esas calles. Se podía caminar por ellas un tiempo, sólo un tiempo, antes de que la tristeza te inundara y tuvieras que entrar a un bar o a un restaurante, únicos oasis de luz y vida a esas horas. El secreto estaba, como dije, en el silencio y en la oscuridad. No son vías iluminadas, y no pasan autos por ellas. Te topas con un camino en el que hay nada mas que viento y frío, y quizás algunos esporádicos murmullos lejanos o música de algún bar. Puedes caminar por el centro histórico y te descubrirás deseando toparte con alguien, quien sea, una pareja perdida, un grupo de amigos ebrios, cualquier persona. O tus pasos te guiarán sin opción a la luz de los locales, donde se congregan más semejantes, y buscarás la protección primaria de la manada. Después de un rato, habiendo probado la tragedia de las personas, saldrás a la calle a vagar hasta que sea tiempo de buscar otro oasis.

jueves, 9 de agosto de 2012

La adolescencia que no termina.


No es una derrota. La batalla me asalta a cada paso que doy. El enemigo me mira a los ojos, pero mi alma se ha quebrado ya. 

Estoy cansado. Cansado del deseo que no acaba, de tu indiferencia, de mis celos, de tus colores, del arcoíris que enarbolas como bandera para los combates que nunca libras conmigo. Cansancio de dios, del pecado, de la maldad, de la rutina. De la mala música, de las pláticas insípidas, de la educación, de la gente y de todo lo que está vivo. De la violencia y del sexo; y del sexo violento. De la esperanza que no abandona, de la luz y de la oscuridad. De la hipocresía, de la honestidad, del humor negro, del destino, del humor cruel del karma, de defender lo indefendible, de ver triunfar lo increíble. De la falta de asombro, de la falta de imaginación. De sonreír, de aguantar, de pelear, de levantarme. Del paso de los días y los años. Del día, de la noche, de este miedo que consume, que germina en el centro del pecho, que recorre las venas como si fuera la tinta más oscura. De este baile ridículo que no quiero bailar, de los protocolos y las reglas. Del humo. Del dinero y de su carencia. De mi hipocresía. De todo lo que tengo que decir cuando no quiero decir nada, de todo lo que no digo cuando quiero decirlo todo. De engañarte cuando las cosas no tienen remedio, porque nunca lo tienen. Del ruido y de la lluvia y del calor. De caer al frío, y del frío, y de este hielo que bombea eso que ya no debe bombear. De fingir que me importa lo que no me importa, de esconderme preocupado por lo que merece preocuparse. De que no me escuches, de que no me entiendas, porque a veces ni yo me entiendo. De lo que cuenta, de que ignoren lo que cuenta. Del sonido, del silencio, de la lluvia y de que todos los caminos nos conduzcan a la muerte, y de la muerte, cansado de tanta muerte…

Pero sobretodo, de esta adolescencia que no termina. 

miércoles, 6 de junio de 2012

Fragmento 3


-La semana pasada soñé con todos. Tenía rato sin pensar en ellos. Estábamos aquí en el DF, pero teníamos la edad de cuando nos conocimos allá en Tampico. Bien curioso porque al principio sólo veía la avenida… ¿Te acuerdas del vips al que fuimos después del concierto de los Smashing? Pues ese mismo veía en mi sueño, pero desde el otro lado de la avenida. Y era de madrugada, no sé cómo lo sabía, pero estaba segura. Supongo que por la oscuridad y por el frío, ya sabes, ese frío tan del DF, tan triste e indiferente.  No pasaba ni un carro ni un alma, pero había luces tenues, del alumbrado, que lanzaban pequeños manchones amarillos por la calle. Era extraño, porque parecía como si la escena no fuera parte de la ciudad. Todo alrededor, todas las luces lejanas de las casas y de los anuncios y de los carros y de los departamentos, todo era un lugar aparte, un lugar externo y distante. Luego estaba este callejoncito oscuro del que salíamos, pero nos íbamos formando poco a poco, como si antes de la luz no existiéramos, como si fuéramos un vaho al que la luz esculpe. Y ya de repente ahí estábamos: José Luis, Héctor, Arturo, Giovanna… ¡hasta Ana (¿te acuerdas de Ana?)! Éramos tan jóvenes, nos veía nuestras caritas de jóvenes hermosos... Yo estaba muy feliz, muy feliz. Me reía sin sentido porque en realidad no decíamos nada, sólo reíamos y nos empujábamos unos contra otros nada más por tocarnos y sentirnos un poco y quitarnos el frío. Luego cruzábamos el periférico corriendo y entrábamos al vips como loquitos. Apenas entrando sentía el calorcito del resguardo. El lugar estaba muy iluminado, como cualquier vips, y había comensales: algunas parejas aquí y allá, algunos grupitos tomando café y platicando. Ahora que lo pienso, todos se veían muy despiertos en esa madrugada del DF. Incluso los meseros no parecían cansados.

¡Nos dábamos un atracón! No pedíamos nada pero en cuantos nos sentábamos, en una de las mesas pegadas a los ventanales, los meseros comenzaban a desfilar con platos y platos de comida y de postres.  Todos le entrábamos como si lleváramos días sin comer. Puro masticar como desesperados en silencio, bebiendo café y jugo. Luego nos poníamos a fumar, igual, callados. Mirando en los ventanales nuestros reflejos. Todos pensando, menos yo. Yo los veía, ausentes y tristes, y me ponía triste yo también. Les miraba sus ojos y me daban ganas de llorar. Luego Héctor decía: ‘Vámonos,’ y con esa palabra despertaba a todos. Nos levantábamos en automático, como si hubiéramos estado esperando la orden.

Pero de repente ya no quería irme. No sé por qué. A través de la puerta de vidrio el exterior se veía muy oscuro, como si no hubiera nada afuera, como si la avenida y sus luces hubieran desaparecido mientras cenábamos. Y recuerdo que Héctor me jalaba del brazo porque creía que bromeaba, pero no. De verdad me daba miedo salir. Mucho miedo. Y Héctor me soltaba y me decía que entonces me iba a quedar ahí sola, como si fuera una niña. Pero me volteaba y era verdad: el vips estaba vacío, todos habían desaparecido. Entonces ellos salían corriendo y riendo, y yo me quedaba ahí parada viendo cómo las puertas se cerraban lentamente y escuchando el murmullo de las risas alejarse hasta quedar en silencio. Me entraban unas ganas cabronas de llorar, y entonces se apagaban las luces y me quedaba en la oscuridad.-

-¿Y luego?-

-Luego nada. Me desperté. Me fui al trabajo. Fui a ver una película, una comedia. Luego anduve vagando por Reforma ya en la noche. Comencé a pensar en mi sueño y no sé por qué recordé lo que me dijo Héctor la última vez que lo vi, antes de que se viniera a buscar a Ana. Me dijo: ‘¿Cómo pudimos fallar tanto, Susana? ¿Cómo nos pudieron derrotar de esta manera?’ No recuerdo a propósito de qué, a veces pienso que lo dijo de repente, a propósito de nada. No sé. De verdad no sé. -

bplg.

viernes, 23 de marzo de 2012

Fragmento 2


En una de esas nos pareció buena idea ir al Naturista, un hospital que se encuentra en la playa, cerca de la orilla, y, según dicen, por las noches se aparece el fantasma de una enfermera a la que llaman ‘La Quemada’, aunque no sé por qué el apodo. La cosa es que Arturo Arango pidió la camioneta a sus padres, una Durango nuevecita, de lujo, que nos daba la oportunidad de invitar más personas. Héctor, como siempre, invitó a Ana; a Arturo y a mi la idea nos chocaba, pero nos aguantamos porque el Héctor es camarada. Yo no invité a nadie porque no tenía ganas y porque Arturo me dijo que invitaría a Giovanna Gil, que a su vez invitaría a Susana Rosales, una muchacha un poco más joven que estaba enamoradísima de mi. Incluso se podría decir que intentaba ligarme: me coqueteaba, me invitaba a salir y me procuraba demasiado; pero no tenía mucha cultura, ni era muy brillante, diferíamos en casi todo, desde gustos hasta ideas, y físicamente tampoco era mi tipo. No es que fuera fea, pero tenía su quijada demasiado cuadrada, no tenía nada de nalgas y tenía un poco de pancita. Como sea, sus pechos eran grandes aunque algo aguados, y pues sí pasaba un poco. Además me evitaría estar haciendo mal tercio con las demás parejas.

La noche que elegimos fue perfecta para la excursión: despejada y fresca. Cargamos una hielera con cervezas y algunas botellas de agua, compramos botana y cigarros, y después pasamos por las chicas. Ana, para variar, tardó horas en salir y cuando lo hizo traía puestos unos trapos de esos jipis, autóctonos, feísimos. Luego fuimos por Giovanna y Susana que ya estaban listas. Y luego nos fuimos al hospital.

Cuando llegamos, atravesando un breve camino de arena, el lugar estaba vacío. Al menos en apariencia. La construcción era más grande de lo que creía y su fachada daba al mar. Era un edificio de tres pisos en forma de L con una piscina vacía en el espacio de la escuadra. No sé dónde estaba la entrada porque, a pesar de la luz de la luna y las estrellas, el lugar estaba horriblemente oscuro. Hasta donde daban las luces de la camioneta se podían apreciar pintas de bandas y el deterioro general del inmueble, pero más allá todo se perdía en la negrura y sólo se alcanzaba a adivinar la forma de las cosas.

Abrimos la cajuela y nos pusimos a beber alrededor de la camioneta, como para agarrar valor y también porque era muy temprano. Héctor y Ana se pusieron a discutir a los pocos minutos, costumbre que aplicaban hasta en los lugares más increíbles. Los demás nos quedamos platicando. En algún punto de la conversación Arturo y Giovanna se sustrajeron y comenzaron a cuchichear entre ellos: andaban quedando. Así que estaba yo, y Susana; yo de pie, ella sentada en la cajuela.
- Y qué onda, ¿por qué ya no te dejas ver?
Sabía que lo primero sería un reclamo: ese reclamo. Y era verdad, me había estado haciendo el desaparecido porque la verdad me daba hueva verla.
-Es que he andado algo ocupado, ando ayudándole a mi papá en las obras y ya llego todo madreado a la casa. Pero luego te veo conectada.
-Ai, pero no es lo mismo, y luego ni me contestas los mensajes. Ya hasta siento que te acoso. Si no me quieres hablar pues mejor dime, no me voy a ofender ni nada.
Lo dijo en un tono como insinuando una falta de hombría, como si no tuviera el valor para mandarla a la chingada; pero en eso también se equivocaba: no quería cerrar la oportunidad de cogérmela por si algún día se me antojaba, y bueno, también me daba flojera tener una plática seria con ella. Porque, en realidad, no se podía tener ni siquiera una plática coherente con ella.
-Nombre, para nada, no me molestas.
-Pues pareciera. Yo siempre te ando buscando y todo, y tú nada. Muy a fuerzas me contestas los mensajes y en el facebook me saludas cuando quieres. O de plano no te gusto, o te pegan.
-¿Quién me va a pegar? No tengo quien me pegue. En facebook sí te saludo, de hecho apenas el fin que estabas en casa de tu hermana platicamos.
-¿Platicamos? No manches, te desconectaste bien rápido, ni nos dijimos nada. Yo quería poner la cámara para que mi hermana te conociera y tú ya ni estabas conectado. Pero te presenté por foto, y me dijo que le caíste bien.
-Creo que falló el internet, no recuerdo, pero dile que a mi también me cayó bien.
-¿Cómo te va a caer bien? Si ni platicaron, te digo que sólo vio tu foto.
-Era un chiste… olvídalo. Pásame un cigarro.
Pasó algo muy extraño. Susana traía una blusa blanca, de esas con tirantes delgaditos y que se pegan al cuerpo. Cuando se agachó a un costado, pude ver sus pechos que se resaltaron con el movimiento. Luego miré su piel, su brazo y la forma en que éste se unía con su seno, grandísimo, flácido. Me dieron unas ganas terribles de cogérmela, de lamerla toda, de penetrarla por todas partes. Y sabía que podía hacerlo.
-Toma.
-Gracias. Saqué el encendedor, y me puse a fumar mirando el cielo, expulsando el humo como si lo disfrutara mucho. La verdad no se me ocurría qué decir. Arturo acudió al rescate.
-Yo digo que entremos de una vez antes de ponernos pedos. Luego ni vamos a poder salir.
Pensé que era un pretexto para quedarse con Giovanna a solas, y el pretexto me cayó perfecto también. Acordamos que iríamos en parejas. A estas alturas Arturo ya era consciente del plan, y las muchachas también. Héctor y Ana seguían alegando. La verdad es que nos preocupaban poco, siempre era lo mismo.

Arturo y Giovanna entrarían por la puerta principal, Susana y yo por la trasera, así que tuvimos que rodear el edificio hasta la parte de la alberca seca, mientras los otros dos se iban a la fachada. Llevábamos las lámparas, pero antes de entrar le dije a Susana que nos tomáramos de las manos para no perdernos. Un poco con maña y otro poco porque sentí de miedo. Tiré el cigarro. Estaba oscuro como la chingada. Comenzamos a recorrer los pasillos. Olía a humedad y a heces, había pintas en las paredes, también había mucho polvo y basura. Íbamos muy lento, no quería toparme con algún mariguano. Empecé a enfilar hacia la azotea, esperando que Arturo no tuviera la misma idea.

Creo que sólo subimos al primer piso, y empezábamos las escaleras para el siguiente cuando jalé a Susana. La besé. Sabía rico, su labial era de manzana. Cuando vio que no sólo era un beso, que iba para largo, se subió un escalón más buscando poder besarnos a gusto. Estuvimos así un rato, jugando con la saliva y la lengua, luego, desde su cintura, moví mis manos hacía su espalda, luego un poco más abajo, hasta donde empezaban las nalgas. Me daba un poco de temor que me rechazara, pero como no lo hizo bajé bien las manos y comencé a estrujarle el trasero con fuerza. Después alternaba entre sus pechos, su trasero, su cuerpo y toda ella. Comenzamos a mordernos los labios, metía las manos bajo su blusa y por el resorte de su falda, acariciándola sobre su calzón, a veces por debajo de él. Estuve así, tallándola, explorándola. Liberé sus senos, jugué con sus pezones duros y sentí una erección. La recliné sobre las escaleras, subí su falda hacia la cintura y deslicé mi mano por toda su pierna buscando en medio de los muslos hasta sentir el calor y la humedad. Le bajé el calzón, me desabroché el cinturón y me bajé el pantalón. Se la metí sin protección porque no traía, y aunque hubiera traído igual se la hubiera metido así. Batallé un poquito porque no estaba tan húmeda, pero luego entré a fondo, a pesar de que me empujaba con sus manos. Supongo que debió dolerle pero se aguantó. Comencé a moverme, las escaleras no eran nada cómodas, pero podía ignorarlas con concentración.

Cuando me entumí, que fue más rápido por la incomodidad, la agarré por las corvas y empujé sus piernas hacia su pecho, logrando que levantara su cadera para penetrarla bien. Supongo que debió dolerle un poco la espalda, o al menos molestarle, el filo de los escalones se le encajaba. Pero no se quejó, y seguí así. Estuvo muy bien: se sentía muy estrecha, más que cualquier mujer que haya probado; incluso pensé que quizás era falta de lubricación, pero no, de verdad estaba estrechísima. Me puse a juguetear, ya saben, le metía sólo la cabeza, luego se la dejaba ir, otro rato sólo la mitad, luego la cabeza, luego se la dejaba ir, y así; cuando escuché que lloraba. No alcanzaba a verle muy bien la cara, a pesar de que la lámpara (que en el desmadre había quedado en el piso, unos escalones abajo) ayudaba a romper la oscuridad. Le pregunté si la estaba lastimando (temí que fuera su espalda). Me dijo que no, que no era eso. Que era otra cosa. Comprendí que debía ser una tontería o algo así, y sentí mucho coraje. No sé por qué. Me enojé con ella, lo estropeaba todo. Me dieron ganas de pegarle y decirle que era estúpida, que no entendía nada, que no tenía chiste y que estaba fea.  Pero no lo hice, prefería seguir metiéndosela, con odio, con furia, buscando lastimarla. Pero no se quejaba, sólo lloraba y aspiraba mocos de vez en cuando. Pensé en detenerme, pero estaba tan enojado con ella que pensé que lo menos que podía hacer era aguantarse y dejarme terminar. Le di otro rato hasta que de la nada me dijo, entre llanto, que le avisara cuando fuera a venirme. Era el colmo, pero me controlé. Le dije que obviamente no pensaba eyacular adentro. Se lo dije con saña, en un tono de fastidio, como si el simple hecho me diera asco, con el tono ese que se usa para hablarle a un retrasado. Por tristeza para mi, que buscaba enfadarla, no dijo nada, pero se movió: enredó sus piernas a mi cadera, y sus brazos a mi cuello y me jaló con todas su fuerzas hacia su cuerpo. La sentí muy cerca, sentí el latido de su corazón y su transpiración a través de la ropa. La podía oler, oler su sudor y la piel de su cuello. Escuchaba su llanto, ya quedito, como disimulándolo, al lado de mi oreja, y escuchaba su respiración entrecortada y sus quejiditos esporádicos.

Entonces sucedió algo muy extraño. No sé bien cómo explicarlo, pero podría decirse que me fui en ella. Es decir, sentí que estaba más adentro de ella que antes, muy adentro. Luego comenzó a mover su pelvis, y me detuve por la sorpresa. Primero se restregó despacito, tallándome toda su vagina en el pene, con suavidad pero con firmeza, luego más rápido, luego bajaba de intensidad. Pero lo hacía con mucho cuidado, con muchas ganas, ganas de hacerme sentir bien, de que yo disfrutara. Entonces me dijo, con la voz extraña, ronca, y la nariz tapada, que me amaba. Yo alcancé a contestarle que ya me iba a venir. Con esa frase la desperté, me empujó fuera; yo también me salí, un poco fastidiado por la idea de terminar al aire con mi mano; pero en lugar de alejarse de la eyaculación inminente, volvió a lanzarse hundiendo todo mi pene en su boca, más cálida y húmeda que nunca, supongo que por el llanto. Fue uno de los mejores orgasmos de mi vida. La enjundia con que chupaba, esas mamadas firmes que me sacaron como un litro de semen, y el sentir cómo se lo tragaba con dificultad pero sin asco, fueron la gloria. Cuando pasó el orgasmo aun me daba algunas chupadas o lamiditas, hasta que la alejé de los hombros porque la sensibilidad comenzaba a lastimarme. Alcancé a vislumbrar como se relamía la boca para pasarse los restos del semen, y luego la vi limpiarse con el dorso de la mano. Luego ya no la quise ver, me puse a acomodarme la ropa.

Cuando me abroché el cinturón me senté un escalón debajo de ella, dándole la espalda. Por el sonido sé que se acomodó la ropa también. Ya no lloraba. Del pantalón saqué la cajetilla de cigarros.  Con ella le pegué en la rodilla, para invitarle y sentí cómo agarraba uno. Me estiré para tomar la lámpara y la apagué. Otra vez la total negrura. Prendí el encendedor y lo acerqué a donde supuse estaba su rostro. Se estiró un poco, lo suficiente para que el cigarro tocara la flama; pude ver su rímel corrido y su fea cara mojada. Luego prendí el mio y apague el encendedor.

martes, 13 de marzo de 2012

La verdad.

No puedo escribir: ya no estoy enamorado.

La inquisición de la escritura.


Me da pena escribir, me da miedo que me vean escribir. Me escondo en la oficina, me hago un ovillo y comienzo a teclear rápido, omitiendo errores e imprecisiones, alerta, a la espera de que alguien irrumpa y me descubra como quien descubre a otro masturbándose. Preparo coartadas estúpidas, ensayo pretextos, o de plano no escribo. Es la tortura de llevar una doble vida. ¿Por qué? Porque odio la pretensión, y escribir es un acto pretencioso. Porque escribir es un movimiento contra natura en la rutina diaria, es un acto de revolución y de necedad. ¿Qué puede valer la pena contarse como para dedicar tiempo a contarlo? Algo valioso. Pero el escrito no siempre tiene algo valioso que decir. En realidad, pocas veces lo tiene. Escribir es, en su mayoría, catarsis. Es la forma de mantenernos cuerdos los que no fuimos bendecidos con la indiferencia. Sólo por eso deberían dejarnos escribir a la luz del día, permitirnos salir de las cuevas y del exilio. Confío en que algún día, no lejano, los escritores, aficionados o profesionales, dejemos de ser vistos como presumidos y seamos tratados como los enfermos mentales que somos. Quizás hasta nos reserven estacionamientos.

lunes, 12 de marzo de 2012

La Escondida.


Hay en la ciudad, en una de esas calles intransitadas que llevan a ningún lado, una cantina llamada, con ironía, La Escondida. Es una construcción estrecha de dos pisos; su fachada podría ser la de una casa normal, salvo el letrero luminoso con el nombre del establecimiento y el logotipo de una marca de cerveza. El edificio y todo su mobiliario son viejísimos. Si entramos, atravesando primero la protección metálica cubierta de óxido y moho, y luego la puerta de madera podrida, podremos observar un cuarto pequeño de azulejos amarillos. Alrededor de la habitación hay un mundo de cartones, decenas, quizás cientos de ellos, repletos de botellas vacías, polvo y mugre.  De entre el caos sobresalen tres refrigeradores que dejan ver un interior repleto de cerveza; y en medio, en lo que podría tratarse de un claro o un oasis patético, hay una mesa de aluminio, picada y quebradiza, con cuatro sillas de plástico. Al fondo, en una esquina, hay un pequeño altar con flores, una veladora y una figura de la santa muerte. Debajo se encuentra una puerta de la que salen música y risas. Si entráramos veríamos un cuarto más espacioso y menos desordenado que el primero, además de tener más mesas, un acceso a los baños, algunas cantineras y algunos clientes que, a pesar de lo prematuro de la tarde, se encuentran en un estado de suma excitación.

Pero no iremos hasta allá. En el primer cuarto, en el oasis que mencionamos, están una mujer y un hombre sentados cara a cara. Tienen unas cervezas destapadas y algunas botellas vacías desparramadas por la mesa. La mujer debe tener casi treinta años, pero se ve más vieja y cansada. Es pequeña, gorda y morena, muy morena. Tiene la cara hinchada, y flácido todo el cuerpo. Usa el cabello corto, en un estilo casi varonil, y lo tiene teñido de rubio. Viste un diminuto short de mezclilla que resalta sus piernas y su celulitis, una blusa de tirantes por la que se desbordan sus senos negros, y unas chanclas entre las que nadan sus dedos sucios y oscuros. El hombre es un poco mayor, apenas pasados los treinta. Es delgado pero tiene una barriga prominente, su piel es más clara que la de la mujer, y usa un bigote delgado que le da un aire de tonto. Usa un pantalón de vestir azul, unos tenis blancos casi desintegrados por el uso, una playera con el resorte vencido y con rastros apenas visibles de lo que alguna vez fue un estampado, y una gorra de camionero con la visera para atrás. La mujer está inclinada hacia la mesa y con su mano izquierda juega el cuello de una botella, el hombre está recostado sobre la silla, con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los tobillos, y está fumando.

Te lo contaré como me lo contó mi madre, dice ella sin mirar al hombre que la observa con dureza, porque es la única forma en la que me la sé. Ella empezó a vivir con mi papá cuando nació mi hermano el mayor, vivían en una casa que la mamá de mi mamá les había prestado allá por el rumbo de la Oriente. Mi papá nunca tuvo trabajo, la verdad es que mi madrecita era la que hacía todo. Se dedicaba a lavar ajeno, a trabajar en casas, a veces hacía gelatinas o cosas así para que nos fuéramos a vender, pero lo que es mi papá nunca hizo ni madres. Era bien huevón el viejo. Y además vicioso, le gustaba mucho tomar y las mujeres. También se metía otras cosas, a veces cosas ya más fuertes, y todos lo sabíamos pero como mi mamá le tenía miedo porque le pegaba sus chingadazos, pues nunca dijimos nada. Y aparte que a nosotros nunca nos tocó, allá era mi madre la que le tocaba aguantarlo. Yo creo lo amaba mucho o le temía mucho o las dos cosas. Sabrá dios. Pero por la época en que mi hermano cumplió dos años, y yo todavía no nacía, mi papá comenzó a juntarse con otro señor que conoció en el vicio y que luego llevaba a la casa. Eran igualitos, yo creo por eso se llevaron tanto. Primero el señor namás pasaba por mi papá, pero ya luego comenzó a ir a la casa y había veces que se quedaba a dormir en la sala o ya en el piso si andaban muy pedos. Luego dice mi mamá que la cosa se puso cabrona porque el otro señor tampoco tenía ni trabajo ni dinero y ella tuvo que empezar a trabajar para los dos. Luego, una noche, el señor se intentó propasar con mi mamá cuando dormía, y pues le intentó meter mano y cuando mi mamá gritó, mi papá en lugar de defenderla le empezó a decir que cogiera con su compadre, porque ya a esas alturas hasta compadres se creían, y que cogiera con él porque le decía que era como si cogiera consigo mismo. Pero mi madre no quiso, y luego entre los dos que la empiezan a madrear y a encuerar y ya se la iban a coger yo creo los dos, cuando llegó mi abuela, que vivía atrás y había escuchado el desmadre, y llegó con los hermanos de mi mamá y pues ya no le hicieron nada. Ya después de eso, mi papá dejaba de ir a veces semanas a la casa. Andaba en el puro viaje y cuando iba namás era a recoger dinero o a pues cogerse a mi mamá. Hasta que una vez que se le muere el compadre, no sé si en una peda o en una pelea o de plano de tanta porquería que se metían los atascados, pero total que se le peló. Y mi mamá se enteró pero mi papá ni sus luces, namás no iba y no iba. Y ya luego que aparece una noche, bien pedo y metiéndose soda ai mero en la sala de la casa, y que comienza a madrear a mi mamá, le pegaba y le decía que por su culpa, que era culpa suya que se hubiera muerto su compadre, y que mejor se hubiera muerto ella y no él. A punta de vergazos se la llevó al cuarto. Ya ahí la tiró, le arrancó la ropa y que se la deja ir. Y dice mi mamá que mientras se la cogía se puso a llorar el muy puto, y a decir el nombre del compadre, y para mi que eran mayates porque luego me contó mi abuela que hasta por la cola se chingó a mi mamá el cabrón, porque luego ai andaba que le salieron unas como bolas en el recto y un pinche desmadre. La cosa es que ya sacando cuentas, dice mi mamá que esa noche fue cuando me concebió.  O sea que yo nací fruto de esa violación, ¿ves?

La mujer hace una pausa y prende un cigarro. El hombre da un trago a la cerveza.  La mujer continúa. Yo creo… te cuento esto porque ahora estoy aquí. He pasado muchas cosas malas y buenas, pero ahora estoy aquí, en este local. Sé cómo me mira la gente allá afuera, sé lo que dicen de mi y lo que piensan. No quiero justificarme por andar de puta. Si te lo cuento es porque tengo miedo. Porque me pregunto si el pecado se hereda. Porque…  Pues no sé por qué, si tú ni oyes. Un día de estos un puto loco me va a meter un tiro o algo y ya está. Estaré frente a dios y ni sé qué le voy a decir. Ni sé si tengo algo que decirle. Por eso no tengo hijos, aparte que ni puedo tenerlos. Porque yo creo que es mejor que esto termine aquí conmigo que ya estoy acostumbrada y que la verdad hasta me gusta. Porque me gusta, porque toda esta chingadera me gusta. Porque, puta madre, ¿a qué infierno manda dios a los que ya estuvieron en él? No, mijo, ya de aquí sólo puede esperarme la nada. Así que vente, papacito, mejor vamos a bailar.

La mujer se levanta de golpe, sobresaltando al hombre, y lo jala de una mano para que se levante. El hombre sonríe y se pega al cuerpo de la mujer, recargando con malicia los genitales en su vientre. Luego le agarra las nalgas como si esa fuera la posición correcta de baile, y comienza a estrujárselas. La mujer lo arrastra a dar vueltas, pero no tienen ritmo ni sincronía. Sólo giran ahí, y se ríen.