sábado, 29 de septiembre de 2012
Las aves en llamas.
En uno de los charcos había un ave, una paloma. Jugueteaba con el agua. Cuando me acerqué irguió la cabeza y se puso atenta. Luego voló. Pensé no tenías que irte, no iba a hacerte daño, pero la paloma ya estaba lejos, perdida en el cielo.
domingo, 12 de agosto de 2012
Las calles de México.
La ciudad de México y yo tenemos una historia accidentada. He sido su visitante desde pequeño. La he visitado en viajes relámpagos y también he ido por meses; pero nunca he residido en ella. De niño la ciudad me imponía y me atemorizaba. Más tarde descubrí las ventajas de una ciudad que lo tiene todo, quizás cuando ya no podía disfrutarlas. Debió ser en el viaje del dos mil seis, cuando mi entonces novia y yo solíamos dar largas caminatas por la avenida Reforma.
Nunca he sido muy bueno para ubicarme por las calles, estaciones del metro o puntos principales del DF, ni para calcular sus distancias ni sus tiempos; la avenida Reforma era para mi un camino sin principio ni final, un continuo aparador de edificios, personas y autos; y por las noches un festín de luces y frío. Caminando de la mano de Claudia descubrí las calles de México, y les tomé gusto.
El siguiente descubrimiento fueron las calles peatonales del centro histórico, que encontré aún más tarde. Fueron varias noches de caminar con amigos entrando y saliendo de bares, platicando, fumando y riendo. Conocimos lo inverosímil y lo bizarro, fuimos testigos de muchas incoherencias. Nos perdíamos entre las multitudes de jóvenes que se acumulaban en los locales para cobijarse de la oscuridad y el frío. En esas calles descubrí todo lo que se agazapa en la noche de una ciudad sobrepoblada. Y también le tomé gusto.
El asunto es que la avenida Reforma y el centro histórico sólo tienen magia de noche. En el día son nada, sólo vías para transitar, para llegar a un lugar. Son caminos odiosos, pesados y muertos. No tienen alma. Su vida llega con la oscuridad, cuando la luz artificial inunda Reforma. Se transforma en una vía eterna de colores, rodeada de calles oscuras, y creo que ese es el punto: uno sabe por dónde caminar, no hay peligro, sólo se debe seguir la luz y es como tomar el camino correcto. Se puede andar por Reforma mientras se mira las calles perpendiculares y paralelas, todas en penumbra, y pensar que se está librando de un mal, que se ha evitado un peligro y que mientras la luz sea la guía todo estará bien.
En cambio, el centro histórico es mágico por su silencio y su oscuridad. Primero no lo comprendía. Había algo atrayente y triste en esas calles. Se podía caminar por ellas un tiempo, sólo un tiempo, antes de que la tristeza te inundara y tuvieras que entrar a un bar o a un restaurante, únicos oasis de luz y vida a esas horas. El secreto estaba, como dije, en el silencio y en la oscuridad. No son vías iluminadas, y no pasan autos por ellas. Te topas con un camino en el que hay nada mas que viento y frío, y quizás algunos esporádicos murmullos lejanos o música de algún bar. Puedes caminar por el centro histórico y te descubrirás deseando toparte con alguien, quien sea, una pareja perdida, un grupo de amigos ebrios, cualquier persona. O tus pasos te guiarán sin opción a la luz de los locales, donde se congregan más semejantes, y buscarás la protección primaria de la manada. Después de un rato, habiendo probado la tragedia de las personas, saldrás a la calle a vagar hasta que sea tiempo de buscar otro oasis.
jueves, 9 de agosto de 2012
La adolescencia que no termina.
No es una derrota. La batalla me asalta a cada paso que doy.
El enemigo me mira a los ojos, pero mi alma se ha quebrado ya.
Estoy cansado. Cansado
del deseo que no acaba, de tu indiferencia, de mis celos, de tus colores, del arcoíris
que enarbolas como bandera para los combates que nunca libras conmigo.
Cansancio de dios, del pecado, de la maldad, de la rutina. De la mala música,
de las pláticas insípidas, de la educación, de la gente y de todo lo que está
vivo. De la violencia y del sexo; y del sexo violento. De la esperanza que no
abandona, de la luz y de la oscuridad. De la hipocresía, de la honestidad, del
humor negro, del destino, del humor cruel del karma, de defender lo
indefendible, de ver triunfar lo increíble. De la falta de asombro, de la falta
de imaginación. De sonreír, de aguantar, de pelear, de levantarme. Del paso de
los días y los años. Del día, de la noche, de este miedo que consume, que
germina en el centro del pecho, que recorre las venas como si fuera la tinta
más oscura. De este baile ridículo que no quiero bailar, de los protocolos y
las reglas. Del humo. Del dinero y de su carencia. De mi hipocresía. De todo lo
que tengo que decir cuando no quiero decir nada, de todo lo que no digo cuando
quiero decirlo todo. De engañarte cuando las cosas no tienen remedio, porque
nunca lo tienen. Del ruido y de la lluvia y del calor. De caer al frío, y del
frío, y de este hielo que bombea eso que ya no debe bombear. De fingir que me
importa lo que no me importa, de esconderme preocupado por lo que merece
preocuparse. De que no me escuches, de que no me entiendas, porque a veces ni
yo me entiendo. De lo que cuenta, de que ignoren lo que cuenta. Del sonido, del
silencio, de la lluvia y de que todos los caminos nos conduzcan a la muerte, y
de la muerte, cansado de tanta muerte…
Pero sobretodo, de esta adolescencia que
no termina.
miércoles, 6 de junio de 2012
Fragmento 3
-La semana pasada soñé con todos. Tenía rato sin pensar en
ellos. Estábamos aquí en el DF, pero teníamos la edad de cuando nos conocimos
allá en Tampico. Bien curioso porque al principio sólo veía la avenida… ¿Te
acuerdas del vips al que fuimos después del concierto de los Smashing? Pues ese
mismo veía en mi sueño, pero desde el otro lado de la avenida. Y era de
madrugada, no sé cómo lo sabía, pero estaba segura. Supongo que por la
oscuridad y por el frío, ya sabes, ese frío tan del DF, tan triste e
indiferente. No pasaba ni un carro ni un
alma, pero había luces tenues, del alumbrado, que lanzaban pequeños manchones
amarillos por la calle. Era extraño, porque parecía como si la escena no fuera
parte de la ciudad. Todo alrededor, todas las luces lejanas de las casas y de los
anuncios y de los carros y de los departamentos, todo era un lugar aparte, un
lugar externo y distante. Luego estaba este callejoncito oscuro del que salíamos,
pero nos íbamos formando poco a poco, como si antes de la luz no existiéramos,
como si fuéramos un vaho al que la luz esculpe. Y ya de repente ahí estábamos:
José Luis, Héctor, Arturo, Giovanna… ¡hasta Ana (¿te acuerdas de Ana?)! Éramos
tan jóvenes, nos veía nuestras caritas de jóvenes hermosos... Yo estaba muy
feliz, muy feliz. Me reía sin sentido porque en realidad no decíamos nada, sólo
reíamos y nos empujábamos unos contra otros nada más por tocarnos y sentirnos
un poco y quitarnos el frío. Luego cruzábamos el periférico corriendo y entrábamos
al vips como loquitos. Apenas entrando sentía el calorcito del resguardo. El
lugar estaba muy iluminado, como cualquier vips, y había comensales: algunas
parejas aquí y allá, algunos grupitos tomando café y platicando. Ahora que lo
pienso, todos se veían muy despiertos en esa madrugada del DF. Incluso los
meseros no parecían cansados.
¡Nos dábamos un atracón! No pedíamos nada pero en cuantos
nos sentábamos, en una de las mesas pegadas a los ventanales, los meseros
comenzaban a desfilar con platos y platos de comida y de postres. Todos le entrábamos como si lleváramos días
sin comer. Puro masticar como desesperados en silencio, bebiendo café y jugo.
Luego nos poníamos a fumar, igual, callados. Mirando en los ventanales nuestros
reflejos. Todos pensando, menos yo. Yo los veía, ausentes y tristes, y me ponía
triste yo también. Les miraba sus ojos y me daban ganas de llorar. Luego Héctor
decía: ‘Vámonos,’ y con esa palabra despertaba a todos. Nos levantábamos en
automático, como si hubiéramos estado esperando la orden.
Pero de repente ya no quería irme. No sé por qué. A través
de la puerta de vidrio el exterior se veía muy oscuro, como si no hubiera nada
afuera, como si la avenida y sus luces hubieran desaparecido mientras cenábamos.
Y recuerdo que Héctor me jalaba del brazo porque creía que bromeaba, pero no.
De verdad me daba miedo salir. Mucho miedo. Y Héctor me soltaba y me decía que
entonces me iba a quedar ahí sola, como si fuera una niña. Pero me volteaba y
era verdad: el vips estaba vacío, todos habían desaparecido. Entonces ellos
salían corriendo y riendo, y yo me quedaba ahí parada viendo cómo las puertas
se cerraban lentamente y escuchando el murmullo de las risas alejarse hasta
quedar en silencio. Me entraban unas ganas cabronas de llorar, y entonces se
apagaban las luces y me quedaba en la oscuridad.-
-¿Y luego?-
-Luego nada. Me desperté. Me fui al trabajo. Fui a ver una
película, una comedia. Luego anduve vagando por Reforma ya en la noche. Comencé
a pensar en mi sueño y no sé por qué recordé lo que me dijo Héctor la última
vez que lo vi, antes de que se viniera a buscar a Ana. Me dijo: ‘¿Cómo pudimos
fallar tanto, Susana? ¿Cómo nos pudieron derrotar de esta manera?’ No recuerdo
a propósito de qué, a veces pienso que lo dijo de repente, a propósito de nada.
No sé. De verdad no sé. -
bplg.
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