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martes, 20 de diciembre de 2011

Para llorar.

Es para llorar que buscamos nuestros ojos
Para sostener nuestras lágrimas allá arriba
En sus sobres nutridos de nuestros fantasmas
Es para llorar que apuntamos los fusiles sobre el día
Y sobre nuestra memoria de carne
Es para llorar que apreciamos nuestros huesos y a la muerte sentada junto a la novia
Escondemos nuestra voz de todas las noches
Porque acarreamos la desgracia
Escondemos nuestras miradas bajo las alas de las piedras
Respiramos más suavemente que el cielo en el molino
Tenemos miedo

Nuestro cuerpo cruje en el silencio
Como el esqueleto en el aniversario de su muerte
Es para llorar que buscamos palabras en el corazón
En el fondo del viento que hincha nuestro pecho
En el milagro del viento lleno de nuestras palabras

La muerte está atornillada a la vida
Los astros se alejan en el infinito y los barcos en el mar
Las voces se alejan en el aire vuelto hacia la nada
Los rostros se alejan entre los pinos de la memoria
Y cuando el vacío está vacío bajo el aspecto irreparable
El viento abre los ojos de los ciegos
Es para llorar para llorar

Nadie comprende nuestros signos y gestos de largas raíces
Nadie comprende la paloma encerrada en nuestras palabras
Paloma de nube y de noche
De nube en nube y de noche en noche
Esperamos en la puerta el regreso de un suspiro
Miramos ese hueco en el aire en que se mueven los que aún no han nacido

Ese hueco en que quedaron las miradas de los ciegos estatuarios
Es para poder llorar es para poder llorar
Porque las lagrimas deben llover sobre las mejillas de la tarde

Es para llorar que la vida es tan corta
Es para llorar que la vida es tan larga

El alma salta de nuestro cuerpo
Bebemos en la fuente que hace ver los ojos ausentes
La noche llega con sus corderos y sus selvas intraducibles
La noche llega a paso de montaña
Sobre el piano donde el árbol brota
Con sus mercancías y sus signos amargos
Con sus misterios que quisiera enterrar en el cielo
La ciudad cae en el saco de la noche
Desvestida de gloria y de prodigios
El mar abre y cierra su puerta
Es para llorar para llorar
Porque nuestras lágrimas no deben separarse del buen camino

Es para llorar que buscamos la cuna de la luz
Y la cabellera ardiente de la dicha
Es la noche de la nadadora que sabe transformarse en fantasma
Es para llorar que abandonamos los campos de las simientes
En donde el árbol viejo canta bajo la tempestad como la estatua del mañana

Es para llorar que abrimos la mente a los climas de impaciencia
Y que no apagamos el fuego del cerebro

Es para llorar que la muerte es tan rápida
Es para llorar que la muerte es tan lenta.

Vicente Huidobro.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Bien bellos son los pájaros.

Bien bellos son los pájaros que a las doce de la noche cantan
en autobúses abandonados
y bella la pequeña luz de algún bar
para que tú digas que tienes 18 años, para que yo
me tropiece con el júbilo disfrazado de Mandrake el Mago
para oír tus historias de árboles y bicicletas
todo en llamas el barrio; saber que vives
con un poeta adolescente, en su cama dura, entre sus brazos
     tatuados por la muerte, y entonces bajo qué canto
puedo amarte, bajo qué luz puedo pasar mis dedos
por tus labios, en qué tierra revolcarme desnudo contigo y
     hacerte el amor

                      si yo sé
que te vas a quedar mirándome como si fuera el viento
     o lloviera
sobre los zoológicos, sobre las flores, sobre las sillas de
     fierro, sobre nuestras mentes casi dispuestas
si yo sé
     que te vas a ir mordiéndote los labios
mirando tu cuerpo reflejado en las vitrinas, más sola
que Juana de Arco
niña de pelo negro, historias de muchachos asombrados
niña de boca blanda, el humo de nuestros cigarros, colmando la
     noche de tu ternura.


Roberto Bolaño.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Heces.

Esta tarde llueve, como nunca; y no
tengo ganas de vivir, corazón.

Esta tarde es dulce. ¿Por qué no ha de ser?
Viste de gracia y pena; viste de mujer.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo
las cavernas crueles de mi ingratitud;
mi bloque de hielo sobre su amapola,
más fuerte que su "No seas así!"

Mis violentas flores negras; y la bárbara
y enorme pedrada; y el trecho glacial.
Y pondrá el silencio de su dignidad
con óleos quemantes el punto final.

Por eso esta tarde, como nunca, voy
con este búho, con este corazón.

Y otras pasan; y viéndome tan triste,
toman un poquito de ti
en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no
tengo ganas de vivir, corazón!

César Vallejo.

jueves, 28 de julio de 2011

Sobre la Máscara de la Muerte Roja.


Edgar Allan Poe.
Cuando era niño una vez me llevaron al dentista y mientras atendían a mi hermana me dediqué a hojear las revistas en la salita de espera. Tomé un ejemplar de la Muy Interesante que traía un artículo principal  sobre la peste negra o peste bubónica. Desde el principio, el nombre -peste negra- me causó una sensación de respeto y violencia, como de algo antiguo y espeluznante; rara vez he vuelto a encontrar una combinación tan bella de palabras que tengan un efecto tan marcado, prolongado y negativo en mí. El artículo -a seis cuartillas si no mal recuerdo- era un breve resumen sobre las características de la enfermedad y su reinado sobre una Europa aún oscura. Leer todos los síntomas de la peste -fiebre, sangre, bubones- fue espantoso; pero la verdadera huella la dejaron las imágenes: eran en su mayoría reproducciones de pinturas renacentistas sobre momentos de la peste en distintas partes del viejo continente. Recuerdo el cuadro principal, con el que iniciaba el artículo y que ocupaba las primeras páginas completas, representaba la plaza principal de un pueblo, rebosante de escaleras, escaleras cuyo fin y principio no recuerdo, y se veían cadáveres recostados en el piso, en los escalones, personas moribundas y solitarias, personas sanas con expresión resignada y sorprendida (¿será una versión de La Plaga en Ashdod que mi mente distorsionó?). Ese primer choque con la muerte, todos esos cadáveres salpicados de sangre, todo ese poder destructor de la peste, como emisario imparable de la muerte; causó una impresión tal que la enfermedad se volvió un tema recurrente en mis temores y pesadillas infantiles, al grado que todos mis monstruos personales siempre portaban los síntomas y las marcas de los enfermos. En ese entonces tenía quizás diez años.

Todo esto viene a propósito del cuento La Máscara de la Muerte Roja de Edgar Allan Poe. Unos cuantos años después, cuando leí el relato, todo su planteamiento hizo resurgir en mi aquélla vieja sensación de cuando descubrí la peste negra. Un reino devastado por una letal, horrorosa y rápida enfermedad. Un ingenuo príncipe, de un nombre aún más ingenuo y positivo, cuyo plan, además de extraño, peca de epicúreo. Poe limita los acontecimientos a un reino, pero en realidad bien puede ser toda la tierra la que se encuentre perdida. Porque, sin duda, la humanidad está perdida. Aunque al principio se nos diga que el país ha resistido mucho tiempo a la enfermedad, poco a poco se deja entrever que ésta ha ganado todo el terreno, y que lo único que viene a futuro es un azote total de la muerte. En éste lugar donde la muerte reina con apenas resistencia alguna, el príncipe Próspero –haciendo Poe uso de un humor negro y cruel, más que de una ironía o de una figura literaria- decide encerrarse con sus amigos en una abadía. Ahí pretende resistir la peste, mientras se dedica a disfrutar la vida pues también lleva consigo bufones, músicos, servidumbre y todo lo necesario para entretener el cuerpo y el alma.

Los síntomas de la enfermedad son descritos con brevedad al inicio, y son en general muy comunes, excepto por el sangrado a través de los poros, que marca como la característica principal de la peste y que se vuelve un motivo de referencia común en toda la historia. Desde el vitral de la habitación negra, que resulta ser de un rojo sangre, a la mortaja salpicada del personaje final, el cuento hace girar a la muerte en torno al escarlata, como si fueran a últimas una misma cosa.

La fortaleza es descrita –y para ello se utiliza todo un párrafo- sólo de manera interior, y sólo de los cuartos que participarán en la acción. Todas estas habitaciones resultan ser muy peculiares, sobre todo la última que es negra en su totalidad a excepción, como ya dije, de sus vitrales. La descripción es un tanto torpe y confusa, pero es necesaria pues sirve como la base para llevar a cabo la alegoría sobre la muerte como dominadora final de todo, incluso lo colorido. Cuenta además con un reloj tétrico en exceso, que con sonidos graves se encarga de realizar un conteo final a los asistentes al baile-mascarada. Y aunque es un conteo final, no es descendente, sino que va creciendo conforme avanza la noche y por ende, la oscuridad.
 
En fin, que todo sirve para el momento culminante en el que un personaje ataviado de muerto aparece en la fiesta, mata al príncipe y se revela como heraldo de la Muerte Roja, pues es la muerte personificada. Creo que Poe siempre rozó con la idea de un muerto viviente en muchos de sus cuentos –La caída de la Casa Usher, por ejemplo- y bien podría ser éste un ejemplo de ello. Los invitados logran apresar al personaje y al quitarle sus túnicas y su máscara no encuentran nada. Es entonces la peste la que iba disfrazada.

El párrafo final incluye otra ironía-broma de Poe, pues describe la venida de la Muerte Roja tal y como es descrita la venida del Cristo en la Biblia: como ladrón en la noche. Al final, las tinieblas, la corrupción y la Muerte Roja lo dominan todo.

 *     *     *

El cuento me fascinó, y aunque a mi parecer no es el mejor de Poe ni el más logrado, siempre he guardo un cariño muy especial a él, un cariño como el que se le tiene a los objetos que nos regalan seres queridos o a los objetos que nos acompañaron durante momentos claves en nuestra vida. El cuento significó la realización, al menos literaria, de mis pesadillas sobre la peste negra, y creo que por tanto me sirvió como una válvula para liberar un poco de la ansiedad que me inspiraba la enfermedad en ese tiempo. La Máscara de la Muerte Roja es una gran historia, es oscura, es tétrica y es corta. Tiene la simplicidad suficiente para continuar provocando escalofríos. Sirva este escrito como pequeño homenaje y agradecimiento a los dioses del terror por habernos dado a Poe y su Muerte Roja. Amén.

bplg.

martes, 19 de julio de 2011

Mar Eterno.

Digamos que no tiene comienzo el mar
empieza donde lo hallas por vez primera
y te sale al encuentro por todas partes.


José Emilio Pacheco.

domingo, 3 de julio de 2011

Si muriera esta noche.

Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin clemencia
abrazo sin piedad
beso sin tregua
alcanzara su colmo y se aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera.

Idea Vilariño.

lunes, 13 de junio de 2011

Nocturno Mar.

Ni tu silencio duro cristal de dura roca,
ni el frío de la mano que me tiendes,
ni tus palabras secas, sin tiempo ni color,
ni mi nombre, ni siquiera mi nombre
que dictas como cifra desnuda de sentido;
            
ni la herida profunda, ni la sangre
que mana de sus labios, palpitante,
ni la distancia cada vez más fría
sábana nieve de hospital invierno
tendida entre los dos como la duda;
            
nada, nada podrá ser más amargo
que el mar que llevo dentro, solo y ciego,
el mar, antiguo edipo que me recorre a tientas
desde todos los siglos,
cuando mi sangre aún no era mi sangre,
cuando mi piel crecía en la piel de otro cuerpo,
cuando alguien respiraba por mí que aún no nacía.
            
El mar que sube mudo hasta mis labios,
el mar que me satura
con el mortal veneno que no mata
pues prolonga la vida y duele más que el dolor.
El mar que hace un trabajo lento y lento
forjando en la caverna de mi pecho
el puño airado de mi corazón.
            
Mar sin viento ni cielo,
sin olas, desolado,
nocturno mar sin espuma en los labios,
nocturno mar sin cólera, conforme
con lamer las paredes que lo mantienen preso
y esclavo que no rompe sus riberas
y ciego que no busca la luz que le robaron
y amante que no quiere sino su desamor.
            
Mar que arrastra despojos silenciosos,
olvidos olvidados y deseos,
sílabas de recuerdos y rencores,
ahogados sueños de recién nacidos,
perfiles y perfumes mutilados,
fibras de luz y náufragos cabellos.
            
Nocturno mar amargo
que circula en estrechos corredores
de corales arterias y raíces
y venas y medusas capilares.
            
Mar que teje en la sombra su tejido flotante,
con azules agujas ensartadas
con hilos nervios y tensos cordones.
            
Nocturno mar amargo
que humedece mi lengua con su lenta saliva,
que hace crecer mis uñas con la fuerza
de su marca oscura.
            
Mi oreja sigue su rumor secreto,
oigo crecer sus rocas y sus plantas
que alargan más y más sus labios dedos.
            
Lo llevo en mí como un remordimiento,
pecado ajeno y sueño misterioso
y lo arrullo y lo duermo
y lo escondo y lo cuido y le guardo el secreto.

Xavier Villaurrutia.

No es nada de tu cuerpo.

No es nada de tu cuerpo,
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca —tu boca
que es igual que tu sexo—,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo, en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada —¿qué es una mirada?—
triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un gramo, ni un momento:

Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.
Jaime Sabines.