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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Bien bellos son los pájaros.

Bien bellos son los pájaros que a las doce de la noche cantan
en autobúses abandonados
y bella la pequeña luz de algún bar
para que tú digas que tienes 18 años, para que yo
me tropiece con el júbilo disfrazado de Mandrake el Mago
para oír tus historias de árboles y bicicletas
todo en llamas el barrio; saber que vives
con un poeta adolescente, en su cama dura, entre sus brazos
     tatuados por la muerte, y entonces bajo qué canto
puedo amarte, bajo qué luz puedo pasar mis dedos
por tus labios, en qué tierra revolcarme desnudo contigo y
     hacerte el amor

                      si yo sé
que te vas a quedar mirándome como si fuera el viento
     o lloviera
sobre los zoológicos, sobre las flores, sobre las sillas de
     fierro, sobre nuestras mentes casi dispuestas
si yo sé
     que te vas a ir mordiéndote los labios
mirando tu cuerpo reflejado en las vitrinas, más sola
que Juana de Arco
niña de pelo negro, historias de muchachos asombrados
niña de boca blanda, el humo de nuestros cigarros, colmando la
     noche de tu ternura.


Roberto Bolaño.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Ana (2)


Cambió, se volvió ácida, agresiva y sarcástica. No hubo otro motivo de gozo que el burlarse de los demás. Lo cual, con justo motivo, le trajo muchos problemas en sus relaciones, entendiéndose con ‘relaciones’ al resto de sus amigos (ya que su familia mantenía el castigo del silencio). Como sea, surgieron rencillas y fricciones, con algunos de sus más fieles escuderos peleó para nunca volverse a hablar. Y en este sentido, ‘nunca’ es la palabra perfecta. Con otros sólo se fragmentó la relación, y con el resto no tuvo ningún problema. Yo no estaba entre estos últimos. A pesar de haber sido testigo de su caída. Sabía que estaba herida y que sólo andaba supurando su dolor. Dejando un poco de pena para librarse de ella, en algún punto de la vida. Pero la pena no disminuía, ¿cómo podría disminuir si la causa era externa? 

Así anduvo el resto del tiempo que convivimos, herida de muerte, desangrándose de a poco. Sé que lloraba todas las noches, y que Alberto fingía no escucharla, ahí, echado al lado de ella, a sólo unos centímetros y con el poder de curar su herida. Pero no lo hacía, y nunca lo hizo. Hubiera querido tener yo ese poder de sanarla, pero no estaba en mí. Lo intenté, me esforcé, buscaba hacerla reír, distraerla, ni siquiera era un intento  de buscar su amor, en realidad comprendía su desesperación y quería sacarla de ese infierno. Pero como dicen por ahí,  los caminos de la divinidad son inescrutables.

Conmigo se enojó la fatídica tarde que decidí abordar el tema por completo. Me preparé con anticipación. Escogí las palabras con mucho cuidado y puse en ellas todo el amor que me consumía. Nos acomodamos en su terraza y le dije que Alberto no valía madres, que ella era la mejor mujer de todo el universo (y en ese entonces me lo parecía), y que su noviecito no se la merecía en lo absoluto. Todo aderezado con citas poéticas, palabras rebuscadas y chispazos de sarcasmo y malos chistes, envueltos en un extenso monólogo. No surtió el efecto deseado. Todo lo contrario, me contestó enojada que Alberto era un ser sensible e incomprendido… Soy impreciso, ella nunca hubiera escogido esas palabras. Pero ¿qué más da la elección de palabras, si la cursilería es la misma? En el fondo eso es lo que sentía, a eso se aferraba, a que Alberto la necesitaba a su lado porque sólo ella le daba fortaleza y soporte. Era su torre, su pilar, y sospecho que estaba parafraseando al higadito. Me los imaginé peleando, y luego lo imaginé llorando arrodillado abrazándose a su regazo implorando su perdón y diciéndole que toda la admiración que por él profesaba sólo tendría sentido si ella se quedaba a su lado, pues era su pilar, su torre. Me dio una lástima infinita. Después, terminada su elocución, me corrió entre llantos y gritos y me dijo que nunca quería volver a verme.

Su reacción fue exagerada en demasía. Me desconcertó, pero intenté comprenderla: estaba en dolor. Lo cierto es que cumplió su palabra y nunca contestó mis llamadas ni mensajes, jamás me abrió la puerta de su casa y en un sentido orgulloso se borró de la faz de la tierra (mi tierra) para siempre. Pasaba el tiempo y pasé del desconcierto a la tristeza, luego me puse a racionalizarlo todo, luego me consumió la ira, y por último me resigné. Pasaron meses y dejé de pensar en el asunto. Nunca supe si la justificaba o si de verdad debía comprenderla. Dicen que las relaciones son ciclos con principio y final. La nuestra nunca lo tuvo, quedaron muchas cosas por decirse, me quedó la sensación de fracaso. Eliminé todo lo que se relacionara con ella, excepto una foto pequeña, de esas tomadas en las cabinas de las plazas. Es una serie de cinco fotos en blanco y negro donde yo me dediqué a sonreír y ella a modelar una bufanda azul en cinco posiciones distintas. La puse en resguardo en mi billetera, y ahí se encuentra hasta ahora. Como si guardar un pedazo de corazón en la cartera fuera posible. Igual lo hice. Si perdiese esa foto sería como si me arrancaran un brazo. Ya es parte de mí, Ana es parte de mí, y lo será hasta mi hora definitiva. 

Entonces, guardé esa pieza de corazón, alisté mis maletas y me lancé a la aventura. En realidad sólo me tuve que ir a trabajar fuera de la ciudad. Conocí gente, descubrí cosas, visité lugares. Con el tiempo conocí a una mujer con el divino don del sentido del humor, y ahí eché raíces. Las partículas se asentaron en el fondo, y el agua volvió a ser clara de nuevo.

Un día me topé con Alberto. Fue en la plaza de la ciudad. Estaba con un grupo de jóvenes zarrapastrosos y fodongos, apilados y revueltos entre instrumentos musicales arcaicos y mochilas gordas de contenido incierto. Apenas lo reconocí con la barba de Cristo y la falta de higiene. Para mi asombro, se levantó como resorte para saludarme. En realidad se me abalanzó, jalando de la mano a una muchachita flaca y ojerosa con pinta de no haber estado en sus cinco sentidos la última semana, cuando menos. Me dijo lo obvio, nunca fue un reconocido escritor y había decidido lanzarse a la aventura con ese grupo de neo gitanos. Tenían un niño que se encontraba jugando en algún lugar incierto de la plaza, y esperaban otro. Dicho comentario me hizo notar la barriga de la joven. No me interesaba, intenté preguntarle por Ana sin que se viera la premura. Me dijo que Ana se había suicidado como al año de que me fui, se había clavado un lápiz en el estómago y se había tomado todo el veneno para las ratas. También dijo: yo creo intentó después sacarse el veneno por el hoyo del lápiz, y ese pinche veneno lo único que mató fue a Ana porque ni una sola rata logramos atrapar, y comenzó a reír. No hay dios, y no hay justicia divina, y nunca los habrá. Nos despedimos, me dio un correo que perdí y yo le di un correo falso. Me dijo que estaba enterrada en el panteón familiar, que vaya a saber dios dónde está. De todas maneras nunca intenté localizarlo. 

Algunas noches soñé con su muerte, sola en el sucio y deprimente baño de su cuarto con un lápiz en el estómago y arrugando la foto de Alberto entre dolor y llanto. Muriendo de a poco y mi vida opacándose con su muerte. Quizás guardar un pedazo de corazón en la cartera no sea posible, pero que un pedazo de corazón muera con la muerte de otro, es posible. Es inevitable.

Y eso es todo.

bplg.

jueves, 18 de agosto de 2011

Ana (1)


Cuando la conocí supe que era peligrosa. No necesitaba hablarle siquiera, era un sano y bellísimo ejemplar de lo que gustaba llamar ‘los eternamente jóvenes’, todas esas personas que aún mantienen la revolución y la imaginación siendo adultos. Era desenfadada, sarcástica, ácida y tenía un serio problema con la autoridad. Por mi parte, estaba en un momento de la vida muy plano, tenía un trabajo sin futuro, hacía el amor de vez en cuando con una chica que me amaba y a quien yo no amaba,  rumiaba el dolor de haber perdido lo que en ese tiempo consideraba el amor de mi vida; y  gastaba el tiempo libre entre ensamblar una decente banda de rock y el ocio. A pesar de ir aún a la deriva, ya no me encontraba tan a la deriva. Ya no era tan joven, y la revolución y la imaginación terminaron conquistadas por el sistema. 

Respecto a la belleza de Ana debo decir que no lo era en un sentido común. Más bien era curiosa. Tenía unas piernas larguísimas y preciosas, era delgada en extremo y tan blanca que con la luz del sol llegaba a deslumbrar, usaba el pelo largo, apenas abjo de la nuca, y fumaba como si quisiera suicidarse. También tenía su cara demasiado fina, una nariz pequeña y redonda, y sus pies y manos eran un completo descuido. A pesar de todo el conjunto era muy atractivo, demasiado atractivo, tenía el no sé qué que qué se yo que hace volvernos locos a los hombres; era, y no hay mejor definición, lo que Poe llamaría ‘una virgen radiante’. Y en primera instancia locura no fue lo que sentí. Más bien una implacable curiosidad, me daba la impresión que tenía algo que decir que yo no había escuchado antes y que nadie más podría decirme. Era como si tuviera un secreto valioso y extraño. 

Comenzamos a salir. Íbamos al cine, a cenar, a convenciones, o sólo a hablar. Era una gran conversadora y tenía mucha cultura, podíamos empezar discutiendo sobre Pereira y terminar destrozando a García Márquez–destrozándolo yo, ella era fan-. Era una gran mujer. Ahora a la distancia me doy cuenta que nuestras conversaciones siempre eran sobre gustos, críticas o vivencias cotidianas. Nunca llegamos a hablar de temas personales, ni de sentimientos, no porque yo no quisiera, sino porque tocar el punto sería obligarla a entrar en un lugar en el que con seguridad no quería estar. Todo lo que supe fue lo que logré armar de frases soltadas aquí y allá. Además, yo ya sabía que tenía novio. 

Vivía con un escritor de poesía y prosa llamado Alberto en una pequeña azotea del centro de la ciudad. Era un tipo moreno y chaparro, de pelo largo, con excéntrico gusto para vestir y facciones que lo hacían parece una señora o un travesti mal arreglado. En resumen, era muy feo. Pero era agradable, pacífico y tenía mucha labia, aunque me doliera aceptarlo, pues sabía un poco de libros y de cine, no le daba pena hablar de sus conocimientos o sus ideas y aprovechaba estas ventajas para ligarse mujeres. Nunca llegué a leer un poema suyo, pero sus cuentos no eran malos y se podía ver el diamante en bruto. Lo triste es que nunca logró querer a Ana.

Habían abandonado la universidad para emprender su matrimonio no legal, perdiendo el apoyo de sus padres en el proceso, pero siguiendo su corazón como románticos empedernidos que eran; así que por las mañanas se la pasaban haciendo el amor, comiendo o conversando. Después, mientras Alberto se dedicaba a ‘crear’ –término que ellos utilizaban para referirse al huevón arte de escribir-, Ana pasaba sus tardes fotografiando niños en un estudio, ganando apenas lo suficiente para la renta del cuarto, para tener un poco de comida en casa, y para los cigarrillos de ella -Alberto no fumaba y era un vegetariano estricto-. Muchas tardes pasamos intentando hacer reír bebés que con su mirada histriónica nos recordaban lo intrascendente del acto. Ana lo hacía feliz, entre risas y bromas, parecía divertirse. Yo no estaba seguro de querer estar ahí. Como fuera, una sensación de injusticia y celos me coqueteaba cuando la veía todos los días acudir a su trabajo mientras su novio se dedicaba a dormir y a leer. Nunca dije nada porque sabía la fe que tenía en el escritor. Creía que algún día alguien notaría el talento de su pareja, y le publicarían sus libros, se haría famoso y viajarían por toda América ayudando niños hambrientos y defendiendo a los indígenas de las injusticias de este añejo e insensible mundo capitalista. Su novio, como suele pasar, tenía planes muy diferentes. 

Recuerdo la primera vez que la engañó, fue un catorce de agosto. Lo recuerdo con mucha claridad porque también fue cuando supe que la amaba. La historia es muy sencilla, salió del estudio, pasó a comprar las frutas que cenarían -¿quién cena frutas?- y llegó al cuarto para encontrar a Alberto en posiciones non sanctas con una amiga en común y en un colchón que terminaría de pagar con otros seis meses de bebés histriónicos. La escena terminó como telenovela con las frutas en el piso, una mujer tapándose las desnudeces con una sábana rota y sucia, y un Alberto persiguiendo a una Ana mientras recita frases incoherentes y comunes. En realidad llevaba meses engañándola y fue la mejor manera que se le ocurrió para abrirle los ojos, nadie atrapa a nadie de una forma tan estúpida. O eso quiero pensar. Como fuese, recibí su mensaje no muy entrada la noche, y acudí a su llamado. Nos vimos en una banca de las que bordean el río, justo frente a una de las farolas blancas del bulevar. Estaba destrozada, sentada completamente sola con la cara entre las manos y sin poder parar de llorar. Nunca he sido muy bueno para ese tipo de situaciones así que solo le eché un brazo al hombro y esperé que ella diera el primer paso. Fue media hora de sollozos y moqueos. Después paró, dudó un momento, se quitó las manos y me miró. Recuerdo sus ojos, sus preciosos ojos negros, y fue como si todos los poemas del mundo me golpearan el cerebro al mismo tiempo, como si todas las canciones sonaran en mi mente y así cumplieran la misión para la que fueron creadas, como si el amor y la belleza se definieran y se explicaran en ese preciso momento con esa precisa mirada,  como si todas las pinturas jamás hechas perdieran su valor ante tanta hermosura y se volvieran tristes imitaciones opacas de la vida, fue el alfa y el omega, el todo y la nada. También fue un momento muy doloroso para ella, sentada ahí tan patéticamente sola, con el faro evidenciando su rostro desencajado e hinchado por el llanto. Comenzó a contarme el episodio, a grandes rasgos y sacudida por repentinos moqueos, mientras yo buscaba en mi enciclopedia mental de frases alguna que pudiera reducir su carga y aliviar un poco su dolor. Lo que fuera, un chiste, un consejo. Algo. Pero nada vino, y continuamos sentados ahí, yo escuchándola y ella haciendo catarsis. Del dolor pasó al coraje y luego a la resignación. Fue una noche larga, pero nunca me sentí tan cerca de ella como entonces, y nunca lo volví a estar.

A raíz del incidente comencé a albergar algunas esperanzas en mi corazón. Intenté aprovechar la situación llamándola y procurándola. Alberto se había ido para cuando Ana regresó al cuarto, así que pude ir a visitarla en su azotea algunas noches. Era un bonito lugar, se podía ver el río y la ciudad y además estaba ella, con aire triste y de regaño, pero confiaba que con tiempo estaría mejor. Cociné muchas veces, ella no sabía cocinar, y me quedaba hasta tarde viendo películas. 

Nunca intenté nada por miedo, pero me justificaba la cobardía diciéndome que seguía el viejo código samurái y que respetaba el luto de una dama. Me arrepiento. Ana parecía ir mejorando, incluso llegué a pensar que por mí, hasta que descubrí que mantenía contacto con Alberto por mensajes o que incluso se habían visto en ocasiones. Cerca de tres semanas después del incidente llegué a la azotea y lo encontré instalado de nuevo. La decepción fue tremenda, los poemas abandonaron mi mente, la música cesó, las pinturas recuperaron su color. Por fortuna el alfa y el omega, el todo y la nada, siguieran siendo el alfa y el omega y el todo y la nada. Por desgracia, eso inauguraba los ciclos de separación que Ana y Alberto llevaban a cabo con escalofriante exactitud: él metía mujeres al cuarto para que ella los encontrara, luego ella lo perdonaba y comenzaba el ciclo de nuevo.

bplg.

martes, 16 de agosto de 2011

La conocí en el mar.


La conocí en el mar.  ¿Podría una historia empezar mejor? No, no podría empezar mejor. Pero sí terminó mal.

Yo era muy joven, apenas empezaba a comprender que nunca comprendería. Ella era lo contrario de mis defectos, yo creía ser lo contrario de los suyos y por eso la veía perfecta. Estuve enamorado mucho tiempo. Era la primera vez. Quiero pensar que en su momento también me quiso. Quizás hasta se enamoró.

Cuando me dejó fue el fin. Al menos así me lo parecía. Rumie mi dolor en cuentos y poemas, la odiaba y la amaba de manera intermitente pasando por cada sentimiento incluso varias veces al día. Mastiqué mi orgullo, racionalicé la perdida, me culpé, me perdoné, me convencí de estar mejor a pesar de estar al borde del colapso. Intenté arrancármela del cuerpo  lastimándome, hiriéndome; y  quise olvidarla pero cada que me decía ‘olvídala’ la recordaba.

Y un día, salí de mi cuarto, vi el día y el sol y supe que ya estaba bien. Lástima que el maldito día tomó una eternidad en llegar.

Todo esto viene a propósito porque me sorprende la forma en que podemos olvidar a las personas. Hoy la veo y no siento nada más que indiferencia. Eso me deprime. ¿Cómo puede ser que ya no sienta nada por alguien a quien pude ofrecerle todo?

Claro que podría llorar. ¿Quién no llora cuando empieza a recordar? Y han pasado muchos años, tantos que cada que hago el recuento me sorprendo. He cambiado. No creo que haya madurado (espero nunca hacerlo, ni por error), tampoco creo haber ganado sabiduría o inteligencia. El tiempo me ha vuelto cínico y desconfiado. Crecer es un acto de perder fe y ganar realismo, por eso es tan duro. A veces pienso hacia delante, me imagino cómo será cuando yo ya no esté. O me imagino cómo será cuando ella no esté; me la imagino en su cama, agonizante, rodeada de la gente que ama, y la imagino dando su último suspiro y su último recuerdo y su última mirada y ninguno de ellos va dirigido a mí. Ni un pensamiento, ni un vistazo. Nada.

 *      *       *

Cuando era niño creía que un día todas las estrellas morirían y que las noches no volverían a tener luz, que cuando todos los planetas se extinguiesen sólo quedaría un universo negro e infinito. Me imaginaba a las estrellas allá afuera en el frío, lejos de cualquier sentimiento, agonizando y muriendo sin nadie que las acompañase; apagando la vida y dejando el reino a la oscuridad. Creo que somos un poco como las estrellas. Naciendo, brillando y muriendo en soledad, en la nada, separados por distancias desmesuradas, atraídos por la débil luz de los demás. Sin un reclamo, sin un grito, sin un dolor. Y esa, en resumen, es toda nuestra tragedia.

Pero por cada estrella muerta, hay una estrella que nace.

bplg.

domingo, 3 de julio de 2011

Si muriera esta noche.

Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin clemencia
abrazo sin piedad
beso sin tregua
alcanzara su colmo y se aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera.

Idea Vilariño.

viernes, 1 de julio de 2011

Herencia.


No recuerdo si antes de ti yo ya era así. Es importante saberlo porque podría medir el daño que dejaste. 

Si me preguntaras si he sido más feliz ahora que no estás, mostraría mi mejor sonrisa de triunfo y diría que claro, sin duda. He hecho cosas sorprendentes, que antes evitaba por no molestarte, he tocado la guitarra como nunca, he aprendido un nuevo instrumento, he leído muchos libros y cómics, he trabajado sin temor a salir tarde, a faltar a un compromiso, he jugado videojuegos, he escrito, he visto todas las películas que he querido, incluso las más aburridas, he escuchado rock sin una pizca de pop… 

En realidad, visto a la distancia, no es nada sorprendente. Me he encerrado en mí, me he vuelto insensible e hiriente con las personas que me rodean. Puedo llegar a decir las palabras más bajas y tristes sólo por lastimar. O quizás ya era así desde antes. Andar de malas todo el tiempo, esa sensación de fastidio y de que nada me llena, consumido por los celos, la ira y la culpa. No recuerdo. 

Puede que siempre haya sido así. Puede ser que sólo sea otro animal herido, herido de ti, herido de muerte. De todas formas si tuviera la oportunidad decidiría igual, no cambiaría nada, soy una causa perdida. ¿Que si te odio? Con toda mi alma. ¿Que si te amo? Cada segundo y con la misma intensidad.

bplg.

lunes, 13 de junio de 2011

No es nada de tu cuerpo.

No es nada de tu cuerpo,
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca —tu boca
que es igual que tu sexo—,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo, en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada —¿qué es una mirada?—
triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un gramo, ni un momento:

Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.
Jaime Sabines.