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lunes, 21 de noviembre de 2011

2003


Debió ser por septiembre de 2003. O quizás era octubre. Seguro era 2003 y seguro fue después de agosto, aún hacía calor, no del sofocante y húmedo sino del bochornoso. Pongamos octubre. Yo tenía diecisiete años y cursaba el primer semestre de la universidad en Tampico. Me encontraba solo y lejos de casa por primera vez en mi vida (sin contar vacaciones o los días que mis padres se ausentaban por algún tiempo). Todo era tan reciente que aún tenía la inseguridad y la emoción de la completa libertad (me tomo la osadía de una pequeña cursilería adolescente en honor a los años pasados). Libertad que, lógico, estaba mal empleando. Nos dirigíamos al departamento de una compañera de grupo que se encontraba a espaldas del otrora tan glorioso Estadio Tamaulipas, hogar de la alguna vez mítica Jaiba Brava, y que  ya en ese entonces mostraba los síntomas del deterioro que habría de gobernarlo sólo unos años más tarde. Después de una calle larga y de terracería que bordeaba el conjunto habitacional, se llegaba a la entrada de los edificios estilo infonavit con escalera en medio y los departamentos distribuidos a los lados. Blanca vivía en la última construcción, de manera que había que desandar parte del camino pero ahora por dentro del conjunto; después había que subir hasta el tercer y último piso, y torcer hasta la primera puerta de la izquierda. Entrando estaba la sala-comedor, a un costado la cocineta dividida por la barra del desayunador; al fondo las dos puertas de los cuartos y perpendicular a ellas la puerta del baño. Los lavaderos y un pequeño patiecito estaban atravesando una puerta de la cocina.

A pesar de la hora (no era ni medio día) llevábamos algunas botellas de tequila, tres o cuatro. En lo particular el tequila nunca me ha agradado, es demasiado caliente y dulce, pero no era momento de ponerse exigente, máxime que el objetivo era apendejarse y para eso cualquier bebida alcohólica se presta. Como decía, éramos siete: dos amigas, cuatro amigos y yo. Comenzamos a beber y a platicar, nos movíamos por todo el departamento a nuestras anchas y como hiperactivos, sin para de reír ni de hablar ni de tomar; y era un verdadero jolgorio, como si celebráramos estar vivos y estar ahí, o el habernos conocido tan jóvenes, o quizás era mi imaginación y eran unas simples ganas de tomar endemoniadas. En algún punto Julio le confesaba su amor a Sara, Reynaldo hacía piruetas en las escaleras fuera del departamento, Blanca se miraba como estúpida en un espejo y el resto los observábamos divertidos  y tomábamos. Luego Julio salió a los lavaderos a vomitar. Blanca intentó razonar con Reynaldo sobre lo peligroso que es mezclar escaleras con alcohol, y yo me incorporé (estábamos sentados en el piso, la mudanza era tan reciente que aún no había sillas o siquiera cojines) y salí a los lavaderos a echar un ojo a Julio quien había tardado demasiado y temía se encontrara dormido. Aún estaba vomitando por lapsos y con espasmos, como si su estómago seleccionara con precisión quirúrgica lo que habría de desechar y lo que habría de conservar, haciéndolo lanzar estertores mezclados de hipos y eructos. Por desgracia estaba ensuciando todo el lavadero, un lavadero muy curioso por cierto, porque era de piedra pero contrario a la mayoría, no tenía las muescas y ondulaciones talladas en el material sino que tenía pegado un cristal texturizado que, supongo, servía para el mismo fin de tallar la ropa. Lamenté la triste sorpresa que se llevaría Blanca al ver su lavadero sucio, y creo que estaba más preocupado por eso y por evitar que Julio siguiera recargando su cabeza sobre el vómito que por escuchar la entrecortada historia sobre sus sentimientos hacia Sara y el rechazo recién sufrido. Luego hubo otro lapso donde todos nos calmamos, algunos se fueron a dormir, los demás volvimos a concentrarnos en el suelo de la sala-comedor, sentados en corro como si en medio hubiera alguna fogata (sólo había refrescos y algunas frituras) o como si estuviéramos en algún ritual de iniciación o en un aquelarre o como si fuéramos a ponernos a rezar de repente. Puede que haya sido una especie de defensa, de pequeño fuerte circular, defendido por nuestros cuerpos y por lo que nos ligaba los unos a los otros, que en ese tiempo aún no era amistad sino más bien compañerismo; ese compañerismo básico de saber que nos necesitaríamos para lo que se avecinaba y que al final del todo no habría nadie a nuestro lado más que nosotros mismos. Creo que platicamos sobre nuestras vidas, sobre todos los sucesos que nos llevaron hasta ahí. Luego, como sucede cuando se habla del pasado, empezamos a platicar del futuro y de lo que queríamos, porque nuestros deseos aún tenían mucho sentido en aquél año: ignorábamos lo desviado que nuestro camino sería y lo caprichoso que puede ser el tiempo a la hora de repartir destinos. Después comenzó a entrar la penumbra con ese naranja de sol que pierde poder, pero que en Tampico (y nunca he podido explicarlo bien) pareciera seguir amarillo, es decir, como si el sol de mediodía se estuviera ocultando y no el sol abatido del atardecer. Sólo Tampico tiene esos atardeceres naranjas por color y amarillos por alma. Como sea, para ese momento el círculo estaba roto o más bien ya no era un círculo, los refrescos y las frituras seguían siendo el centro alrededor del que orbitábamos pero ya algunos estaban acostados, otros se recargaban en las piernas del de al lado, y estábamos todos hacinados como en una orgía asexual, dándonos fuerza con la cercanía física o dándonos valor o un poco de las dos. Entonces David nos contó una historia. Una suerte de cuento y confesión. 

Nos dijo, para prepararnos o para captar nuestra atención, que era gay. Más que asombro, y mi asombro hubiera estado justificado pues David era más masculino que la mayoría de los compañeros (yo incluido), creo que agradecí en silencio que Blanca estuviera dormida en uno de los cuartos: se suponía que eran novios, y por lo que intuía ella estaba enamorada. Él nunca lo estuvo pero pensé que buscaba diversión (el cuerpo de Blanca era estupendo). Pero no, no era diversión, era una pantalla que necesitaba sostener. Contó que su padre era muy autoritario y duro, masculino como los combatientes de la Revolución (pensé objetar que en la Revolución seguramente también pelearon homosexuales, pero mi observación no tenía caso) y que durante años David había tenido que fingir ser ultra macho llevando una vida de putería a dos vías: con mujeres de día, con hombres de noche. Nos dijo que su ciudad natal, grande y con industria, era una suerte de Sodoma y Gomorra mexicana (y aquí yo pensé decir que en la República Mexicana sólo dos o tres ciudades podían darse el lujo de no ser emulaciones de Sodoma y Gomorra, no siendo Tampico una de ellas, dicho sea de paso, pero tampoco lo juzgué conveniente) de manera que había suficientes antros y lugares de encuentros nocturnos de ambiente gay. Se podía llevar toda una vida de anonimato rosa porque el tabú compartido del homosexualismo transformaba a los participantes de sus correrías nocturnas en una suerte de cómplices de lo prohibido, como si lo que hicieran fuera una travesura y la sodomía fuera una protesta burlona contra el sistema y la gente y la vida misma; como si se vengaran del rechazo y la presión, y celebraran su preconcebida maldición diurna con la liberación y el placer nocturno, y qué se le va a hacer. Entonces, una de esas noches de correrías, se encontró en un antro con otro hombre joven y guapo (yo, pueblerino hasta la médula, sentía las cosquillas de la pena cuando David describía con amor y gusto a un varón) con quien comenzó a platicar y decidieron salir del lugar porque, dijo, una cosa siempre lleva a la otra. No precisó cómo es que una cosa llevaba a la otra, aunque debo admitir que tenía curiosidad sobre cómo ligaban los homosexuales. En honor a la verdad, tampoco sabía cómo ligaban los heterosexuales. Como fuera, con el paso de los años aumentó la confianza y pudo aclararme muchas dudas, ninguna de ellas útiles para mí en un sentido práctico, pero tranquilizadoras para mi excesivo morbo. Al final (con triste ironía) supe con más claridad cómo se liga a una persona del mismo sexo que a una del sexo contrario. 

El asunto es que salieron por una puerta trasera (no por preocupación sino para añadirle suspense al asunto) y llegaron a un lote baldío cercado por malla. La pasión (¡Ah! Otro de mis romanticismos adolescentes) los condujo a un rincón, el más oscuro y apartado, donde se pusieron de acuerdo para sostener coito. O quizás no se pusieron de acuerdo y sólo dejaron que la pasión (romántico empedernido que soy) los guiara en el jueguito amoroso. A David, debo reconocer, lo guió mal. Comenzó a darle sexo oral a su compañero (que sólo conocía por nombre, nombre que yo he olvidado) y en el batallar de la saliva y el líquido seminal, fue grabado con un celular o con una cámara, no recuerdo bien, puede que fuera la segunda, en ese tiempo los celulares con cámara no eran tan comunes. ¿No lo notó? ¿Le pareció excitante? Ni idea. Dice que del pene (de su compañero) a la cara (de su compañero) había suficiente distancia para que la penumbra impidiera ver. Sabrá Dios. Pero eso fue lo que pasó aquélla noche, en  aquél lote baldío, en algún punto del inicio de siglo. No hubo nada más, ni besos ni caricias, supongo que ni palabras, o quizás sí, las básicas. Luego la doble vida transcurrió normal. Bueno, lo que se entiende como normalidad para una doble vida. Hasta el día que David recibió una llamada anónima (y aquí sí es seguro que a su celular) donde un hombre lo instaba a revisar su correo, cosa que hizo con presteza y sólo para encontrar el (terrible) video de la felación. Después volvió a recibir otra llamada y fue chantajeado: o soltaba dinero o harían llegar la grabación a sus padres. Qué extrañas formas de chingar encuentra la gente. El resto fue su caída a la desesperación y el temor. Intentó juntar el dinero, pero era a todas luces imposible, intentó negociar, intentó rogar. Al final del lapso se cumplió la amenaza. Su madre, mexicana abnegada como dios manda, sólo lloró y lloró. Su padre le fracturó algunas costillas (dos) y le desvió el tabique nasal. Después lo corrió del hogar mandándolo a Tampico, a seis horas del lecho paterno, escondiéndolo de sus amistades y familiares (del padre) y de sus amantes (de David) con el deseo de evitarle (evitarse) la burla y el escarnio.  Ahora el video lo había vuelto una celebridad local gay y lo había venido a refundir a una ciudad traicionera y violenta. Todo por una felación.  Y esa fue la historia.

Creo que expresamos nuestras más sinceras condolencias, o el símil que se hace en esos casos: no te preocupes, es lo mejor, estarás bien. No recuerdo. No importa. En realidad no importa. 

Luego me fui o nos fuimos o me fui con algunos otros. Llegué a casa y mi mente estaba despejada, ya no sentía el alcohol flotar como nube por el cerebro, ni el cuerpo aletargado ni el tiempo lento. En aquélla época yo rentaba un cuarto atrás de la central de autobuses. En realidad era toda la planta superior de una casa cualquiera, pero cada recámara se rentaba por separado de forma que había que compartir la sala, el baño y la cocina con otros dos inquilinos que, en ese entonces, no existían. Mi cuarto daba a la calle trasera, empolvada y sin pavimento, y a una lámpara del alumbrado público que en las noches resultaba incómoda para dormir. 

Recuerdo que llegué y me senté en la cama mirando por la venta (que, como dije, daba  la calle y a la farola), observando los edificios lejanos y el sol terminando de ocultarse. Era extraño. Estaba casi oscuro pero aún había un poco de luz, sólo un poco, como un cerillo a punto de apagarse, como si el ocaso hubiera durado una eternidad y el sol se negara a morir en paz y a darle paso a la noche. Y de repente sentí pánico. Mucho pánico. De golpe, en el pecho; como si fuera un moderno Giles Corey cargando las piedras que habrían de llevarme a la muerte. Fue tan fuerte y repentino que comencé a jadear y me doble sobre mi estómago. Y por dentro, abriéndose paso poco a poco, como una semilla oscura que germina del alma, sentí miedo. Un miedo visceral, violento. Sentí su dureza en el pecho, su sequedad y amargura en la boca, y su frío en la punta de los dedos. Estaba ahí, era real. Supe que iba a morir pronto, tuve la certeza de que iba a morir pronto. Fue como saber que la noche se acercaba con todas sus tormentas y con todo su poderío y con toda su oscuridad y que yo no estaba preparado para eso. Pensé en todos mis amigos, en mi casa lejana, en mis padres. Pensé que este atardecer era el último de algo, pero no sabía de qué. De algo perdido, de algo irrecuperable e irremplazable. Comprendí que ese miedo jamás me soltaría, que sería mi compañero por siempre y que tendría que vivir con él, como si estuviera adherido a mis huesos o como si fuera una mancha de tinta negra en el centro de mi corazón esperando el momento para extenderse por mis venas y dominarme y dominarlo todo. Pensé en todos nosotros, muchachos extraviados en la oscuridad, huérfanos de hogar, caminantes nocturnos sin rumbo, vagando por las calles de una ciudad hostil como la vida, encontrando a nuestros amigos bajo las lámparas en las esquinas, intercambiando sonrisas, sentimientos, pero condenados  a alejarnos en la penumbra por los siglos de los siglos para cumplir así con una maldición lanzada mucho antes del nacimiento del primer hombre y que corrompería a la humanidad entera hasta su misma destrucción. Y desee con todas mis fuerzas que encontráramos un hogar, que halláramos el camino a casa, que todo estuviera bien. Creo que recé, o lloré, o las dos…

Luego… luego puse música y prendí un cigarrillo y terminé de ver el anochecer. Dejé de sentir miedo y algo había cambiado pero no supe qué. ¿Cómo podría saberlo? Sentado en la oscuridad, fumando y escuchando a Real de Catorce (un disco, digamos, mediocre). Y así acabó aquél día perdido entre todos los que llenaron mi primer año fuera de casa. Asomaron las estrellas, la ciudad subsistía alimentada con luces amarillas, rojas y blancas. Una ciudad que no dormía, que nunca dormiría. Yo sí dormí. Fue un descanso intranquilo. Puede que haya soñado. Puede que no. Ha pasado tanto tiempo…

bplg.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Sobre Crisis Final.


Soy un lector ocasional de cómics. En realidad, sólo leo los que descargo o los que me prestan. No soy un comprador regular porque las historias son tan complejas y van tan avanzadas que es necesario haber leído todos los números y tie-ins anteriores para comprender un personaje o suceso. Aún así, poco a poco he armado el rompecabezas y tengo una imagen vaga sobre los héroes y sus historias más importantes. Sigo con más interés el universo DC porque en Marvel a menudo los personajes me parecen de telenovela.

El punto es que leí hace tiempo Crisis Final, un eveto importante de DC. La primera vez que lo leí me quedé perplejo y debo admitir que a ratos me aburrió. Era caótico y un tanto incomprensible. Y aún así, me quedé con la sensación de haber leído algo grande a un nivel subcosciente. Es decir, había una verdadera historia que no había logrado comprender.

Decidí lanzarme a la aventura de releerlo con más calma. Ya pasado tiempo, lo he leído fácil unas seis o siete veces: es genial. Es caótico e incomprensible, sí, pero también es paranoico, alucinante, trepidante, es como si Phlip K. Dick se hubiera metido una sobredosis de LSD y se hubiera puesta a contar una historia de Batman y Superman, de Linterna Verde y la mujer Maravilla. No he podido comprenderlo en su totalidad, y no creo hacerlo nunca, pero eso es lo que lo hace tan genial.Hasta Crisis Final creo que no comprendí el verdadero poder que el cómic tiene y que lo hace diferente al cine o al libro. El cine está limitado por el presupuesto y la teconología, los libros por la capacidad del escritor, pero en el cómic todo es imaginación. 

Crisis Final es un salto al vacío, es confiar en que todos esos sucesos incoherentes y sin sentido, todos esos brincos de tiempos y todos esos personajes desconocidos encajen en algún tipo de final o de clímax. Y sí, encajan, pero de una manera tan difusa que entiendo por qué tantas críticas negativas. Pero una historia de un dios del mal caído en desgracia que arrastra con su encuación de la antivida a todo el multiverso no puede terminar de otra manera. Es sólo que derrotar a un dioa a puñetazos, o salvar todo el multiverso con una explosión no basta. Se necesita una máquina de milagros, se necesita valor, coraje, heroísmo, compañerismo, se necesita un final para el que los héroes se prepararon desde el alba de la humanidad, se necesitan balas que viajan al pasado y se necesitan hombres más rápidos que la muerte y hombres que puedan dispararle a los dioses. Eso es Crisis Final, es la batalla contra un nuevo tipo de mal, un mal que sobrepasa los golpes y los planes maléficos, y es la historia de lo que se tuvo que hacer para derrotarlo.

martes, 16 de agosto de 2011

La conocí en el mar.


La conocí en el mar.  ¿Podría una historia empezar mejor? No, no podría empezar mejor. Pero sí terminó mal.

Yo era muy joven, apenas empezaba a comprender que nunca comprendería. Ella era lo contrario de mis defectos, yo creía ser lo contrario de los suyos y por eso la veía perfecta. Estuve enamorado mucho tiempo. Era la primera vez. Quiero pensar que en su momento también me quiso. Quizás hasta se enamoró.

Cuando me dejó fue el fin. Al menos así me lo parecía. Rumie mi dolor en cuentos y poemas, la odiaba y la amaba de manera intermitente pasando por cada sentimiento incluso varias veces al día. Mastiqué mi orgullo, racionalicé la perdida, me culpé, me perdoné, me convencí de estar mejor a pesar de estar al borde del colapso. Intenté arrancármela del cuerpo  lastimándome, hiriéndome; y  quise olvidarla pero cada que me decía ‘olvídala’ la recordaba.

Y un día, salí de mi cuarto, vi el día y el sol y supe que ya estaba bien. Lástima que el maldito día tomó una eternidad en llegar.

Todo esto viene a propósito porque me sorprende la forma en que podemos olvidar a las personas. Hoy la veo y no siento nada más que indiferencia. Eso me deprime. ¿Cómo puede ser que ya no sienta nada por alguien a quien pude ofrecerle todo?

Claro que podría llorar. ¿Quién no llora cuando empieza a recordar? Y han pasado muchos años, tantos que cada que hago el recuento me sorprendo. He cambiado. No creo que haya madurado (espero nunca hacerlo, ni por error), tampoco creo haber ganado sabiduría o inteligencia. El tiempo me ha vuelto cínico y desconfiado. Crecer es un acto de perder fe y ganar realismo, por eso es tan duro. A veces pienso hacia delante, me imagino cómo será cuando yo ya no esté. O me imagino cómo será cuando ella no esté; me la imagino en su cama, agonizante, rodeada de la gente que ama, y la imagino dando su último suspiro y su último recuerdo y su última mirada y ninguno de ellos va dirigido a mí. Ni un pensamiento, ni un vistazo. Nada.

 *      *       *

Cuando era niño creía que un día todas las estrellas morirían y que las noches no volverían a tener luz, que cuando todos los planetas se extinguiesen sólo quedaría un universo negro e infinito. Me imaginaba a las estrellas allá afuera en el frío, lejos de cualquier sentimiento, agonizando y muriendo sin nadie que las acompañase; apagando la vida y dejando el reino a la oscuridad. Creo que somos un poco como las estrellas. Naciendo, brillando y muriendo en soledad, en la nada, separados por distancias desmesuradas, atraídos por la débil luz de los demás. Sin un reclamo, sin un grito, sin un dolor. Y esa, en resumen, es toda nuestra tragedia.

Pero por cada estrella muerta, hay una estrella que nace.

bplg.

domingo, 12 de junio de 2011

El honor y el tiempo.

Muchos se preguntarán cómo es que inició todo. Yo no sé cómo inició, sé cómo va a terminar. Y ese es el legado que dejo, no a futuras generaciones, porque no las hay, sino a cualquier civilización que pueda encontrarse con la ceniza de lo que alguna vez fue el espíritu de nuestra cultura. Ésta es la historia de los últimos humanos,  de su última batalla y  de cómo al final no hubo ni vencedor ni vencido, sino que el bien y el mal fueron un parpadeo en el tiempo.

Corre el año 333 del Tercer Ciclo, venimos combatiendo a las  fuerzas de la Resistencia desde Atrenda, nuestro hogar; combatimos en Efinyo, en Ópalus; uno a uno los planetas del enemigo, sus satélites, su vida fueron conquistados. Luchamos en las lejanas estepas del Sol, y logramos llegar a las mismísimas puertas de su ciudad, Lezeia; antes alma del mundo civilizado ahora sólo ruinas, podredumbre y dolor.

El sitio duró meses. Dentro de los muros devoraron lo que pudieron, devoraron a sus hijos, a sus amigos, a sus mascotas, a sus compañeros. Bebieron su orina, bebieron su sangre. Cuando la energía se agotó y las armas pararon, soltaron las bombas. Pero no a nosotros. Arrasaron con todo lo que había detrás: nuestras casas, nuestras esposas, nuestro pueblo, nuestros planetas. Luego abrieron las murallas y nos enfrentaron. Peleamos cuerpo a cuerpo, con cuchillos, con lanzas, con nuestros puños y con nuestros dientes. Peleamos por la vida, pero a la vez, peleamos por el fin de ella. Cuando el humo y la bruma se disiparon, cuando el grito y el llanto cesaron, cuando la sangre se coaguló y los gusanos brotaron de los cuerpos; entonces nos detuvimos y miramos. No quedaba nada, ni luz ni vida, sólo hombres solitarios, asustados, y la oscuridad. 

Esa noche nos reagrupamos. Veíamos las luces de su campamento. Quien ganara regiría el universo conocido. Los rebeldes decidieron huir. Partieron a las estrellas, atravesaron todos los sistemas conocidos y, como parte de una irónica profecía, llegaron hasta el planeta Tierra, alguna vez origen de nuestra raza, hoy otro cementerio antiguo y olvidado. Los seguimos por toda la galaxia. Fue una carrera alocada, frenética, sin sentido. Sabíamos que no habría retorno. Nuestra civilización había sellado su destino años atrás. Era el fin. 

En un intento desesperado los fugitivos activaron su máquina de tiempo, la persecución continuó en el flujo temporal. Su energía se agotó y nos detuvimos en un pasado remoto, el año 1942 E. C., fecha del Primer Ciclo. Abajo, nuestros antepasados peleaban contra las pesadillas de sus tiempos. Arriba peleábamos con las nuestras. Nuestro Omega.

La historia tiende a repetirse de manera cíclica. Es lo que dicen los sabios. Es lo que nos enseñó el tiempo. Si éste es nuestro fin ¿en quién se repetirá la historia? Es un viaje sin retorno, ninguna nave tiene energía para volver. En cierta forma fue un suicidio, estábamos demasiado cansados. Mañana moriremos sin que nuestros antepasados sepan que su fin está ocurriendo. Ellos seguirán soñando y profetizando su extinción futura, pero estará ocurriendo justo encima de sus cabezas. Nosotros… nosotros sólo tenemos el honor y el orgullo, y esa implacable necedad que nos obliga a extinguirnos en un gran lamento, en un festín de luz y poder. Extinguirnos como se extinguen los soles.

bplg.