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lunes, 21 de noviembre de 2011

2003


Debió ser por septiembre de 2003. O quizás era octubre. Seguro era 2003 y seguro fue después de agosto, aún hacía calor, no del sofocante y húmedo sino del bochornoso. Pongamos octubre. Yo tenía diecisiete años y cursaba el primer semestre de la universidad en Tampico. Me encontraba solo y lejos de casa por primera vez en mi vida (sin contar vacaciones o los días que mis padres se ausentaban por algún tiempo). Todo era tan reciente que aún tenía la inseguridad y la emoción de la completa libertad (me tomo la osadía de una pequeña cursilería adolescente en honor a los años pasados). Libertad que, lógico, estaba mal empleando. Nos dirigíamos al departamento de una compañera de grupo que se encontraba a espaldas del otrora tan glorioso Estadio Tamaulipas, hogar de la alguna vez mítica Jaiba Brava, y que  ya en ese entonces mostraba los síntomas del deterioro que habría de gobernarlo sólo unos años más tarde. Después de una calle larga y de terracería que bordeaba el conjunto habitacional, se llegaba a la entrada de los edificios estilo infonavit con escalera en medio y los departamentos distribuidos a los lados. Blanca vivía en la última construcción, de manera que había que desandar parte del camino pero ahora por dentro del conjunto; después había que subir hasta el tercer y último piso, y torcer hasta la primera puerta de la izquierda. Entrando estaba la sala-comedor, a un costado la cocineta dividida por la barra del desayunador; al fondo las dos puertas de los cuartos y perpendicular a ellas la puerta del baño. Los lavaderos y un pequeño patiecito estaban atravesando una puerta de la cocina.

A pesar de la hora (no era ni medio día) llevábamos algunas botellas de tequila, tres o cuatro. En lo particular el tequila nunca me ha agradado, es demasiado caliente y dulce, pero no era momento de ponerse exigente, máxime que el objetivo era apendejarse y para eso cualquier bebida alcohólica se presta. Como decía, éramos siete: dos amigas, cuatro amigos y yo. Comenzamos a beber y a platicar, nos movíamos por todo el departamento a nuestras anchas y como hiperactivos, sin para de reír ni de hablar ni de tomar; y era un verdadero jolgorio, como si celebráramos estar vivos y estar ahí, o el habernos conocido tan jóvenes, o quizás era mi imaginación y eran unas simples ganas de tomar endemoniadas. En algún punto Julio le confesaba su amor a Sara, Reynaldo hacía piruetas en las escaleras fuera del departamento, Blanca se miraba como estúpida en un espejo y el resto los observábamos divertidos  y tomábamos. Luego Julio salió a los lavaderos a vomitar. Blanca intentó razonar con Reynaldo sobre lo peligroso que es mezclar escaleras con alcohol, y yo me incorporé (estábamos sentados en el piso, la mudanza era tan reciente que aún no había sillas o siquiera cojines) y salí a los lavaderos a echar un ojo a Julio quien había tardado demasiado y temía se encontrara dormido. Aún estaba vomitando por lapsos y con espasmos, como si su estómago seleccionara con precisión quirúrgica lo que habría de desechar y lo que habría de conservar, haciéndolo lanzar estertores mezclados de hipos y eructos. Por desgracia estaba ensuciando todo el lavadero, un lavadero muy curioso por cierto, porque era de piedra pero contrario a la mayoría, no tenía las muescas y ondulaciones talladas en el material sino que tenía pegado un cristal texturizado que, supongo, servía para el mismo fin de tallar la ropa. Lamenté la triste sorpresa que se llevaría Blanca al ver su lavadero sucio, y creo que estaba más preocupado por eso y por evitar que Julio siguiera recargando su cabeza sobre el vómito que por escuchar la entrecortada historia sobre sus sentimientos hacia Sara y el rechazo recién sufrido. Luego hubo otro lapso donde todos nos calmamos, algunos se fueron a dormir, los demás volvimos a concentrarnos en el suelo de la sala-comedor, sentados en corro como si en medio hubiera alguna fogata (sólo había refrescos y algunas frituras) o como si estuviéramos en algún ritual de iniciación o en un aquelarre o como si fuéramos a ponernos a rezar de repente. Puede que haya sido una especie de defensa, de pequeño fuerte circular, defendido por nuestros cuerpos y por lo que nos ligaba los unos a los otros, que en ese tiempo aún no era amistad sino más bien compañerismo; ese compañerismo básico de saber que nos necesitaríamos para lo que se avecinaba y que al final del todo no habría nadie a nuestro lado más que nosotros mismos. Creo que platicamos sobre nuestras vidas, sobre todos los sucesos que nos llevaron hasta ahí. Luego, como sucede cuando se habla del pasado, empezamos a platicar del futuro y de lo que queríamos, porque nuestros deseos aún tenían mucho sentido en aquél año: ignorábamos lo desviado que nuestro camino sería y lo caprichoso que puede ser el tiempo a la hora de repartir destinos. Después comenzó a entrar la penumbra con ese naranja de sol que pierde poder, pero que en Tampico (y nunca he podido explicarlo bien) pareciera seguir amarillo, es decir, como si el sol de mediodía se estuviera ocultando y no el sol abatido del atardecer. Sólo Tampico tiene esos atardeceres naranjas por color y amarillos por alma. Como sea, para ese momento el círculo estaba roto o más bien ya no era un círculo, los refrescos y las frituras seguían siendo el centro alrededor del que orbitábamos pero ya algunos estaban acostados, otros se recargaban en las piernas del de al lado, y estábamos todos hacinados como en una orgía asexual, dándonos fuerza con la cercanía física o dándonos valor o un poco de las dos. Entonces David nos contó una historia. Una suerte de cuento y confesión. 

Nos dijo, para prepararnos o para captar nuestra atención, que era gay. Más que asombro, y mi asombro hubiera estado justificado pues David era más masculino que la mayoría de los compañeros (yo incluido), creo que agradecí en silencio que Blanca estuviera dormida en uno de los cuartos: se suponía que eran novios, y por lo que intuía ella estaba enamorada. Él nunca lo estuvo pero pensé que buscaba diversión (el cuerpo de Blanca era estupendo). Pero no, no era diversión, era una pantalla que necesitaba sostener. Contó que su padre era muy autoritario y duro, masculino como los combatientes de la Revolución (pensé objetar que en la Revolución seguramente también pelearon homosexuales, pero mi observación no tenía caso) y que durante años David había tenido que fingir ser ultra macho llevando una vida de putería a dos vías: con mujeres de día, con hombres de noche. Nos dijo que su ciudad natal, grande y con industria, era una suerte de Sodoma y Gomorra mexicana (y aquí yo pensé decir que en la República Mexicana sólo dos o tres ciudades podían darse el lujo de no ser emulaciones de Sodoma y Gomorra, no siendo Tampico una de ellas, dicho sea de paso, pero tampoco lo juzgué conveniente) de manera que había suficientes antros y lugares de encuentros nocturnos de ambiente gay. Se podía llevar toda una vida de anonimato rosa porque el tabú compartido del homosexualismo transformaba a los participantes de sus correrías nocturnas en una suerte de cómplices de lo prohibido, como si lo que hicieran fuera una travesura y la sodomía fuera una protesta burlona contra el sistema y la gente y la vida misma; como si se vengaran del rechazo y la presión, y celebraran su preconcebida maldición diurna con la liberación y el placer nocturno, y qué se le va a hacer. Entonces, una de esas noches de correrías, se encontró en un antro con otro hombre joven y guapo (yo, pueblerino hasta la médula, sentía las cosquillas de la pena cuando David describía con amor y gusto a un varón) con quien comenzó a platicar y decidieron salir del lugar porque, dijo, una cosa siempre lleva a la otra. No precisó cómo es que una cosa llevaba a la otra, aunque debo admitir que tenía curiosidad sobre cómo ligaban los homosexuales. En honor a la verdad, tampoco sabía cómo ligaban los heterosexuales. Como fuera, con el paso de los años aumentó la confianza y pudo aclararme muchas dudas, ninguna de ellas útiles para mí en un sentido práctico, pero tranquilizadoras para mi excesivo morbo. Al final (con triste ironía) supe con más claridad cómo se liga a una persona del mismo sexo que a una del sexo contrario. 

El asunto es que salieron por una puerta trasera (no por preocupación sino para añadirle suspense al asunto) y llegaron a un lote baldío cercado por malla. La pasión (¡Ah! Otro de mis romanticismos adolescentes) los condujo a un rincón, el más oscuro y apartado, donde se pusieron de acuerdo para sostener coito. O quizás no se pusieron de acuerdo y sólo dejaron que la pasión (romántico empedernido que soy) los guiara en el jueguito amoroso. A David, debo reconocer, lo guió mal. Comenzó a darle sexo oral a su compañero (que sólo conocía por nombre, nombre que yo he olvidado) y en el batallar de la saliva y el líquido seminal, fue grabado con un celular o con una cámara, no recuerdo bien, puede que fuera la segunda, en ese tiempo los celulares con cámara no eran tan comunes. ¿No lo notó? ¿Le pareció excitante? Ni idea. Dice que del pene (de su compañero) a la cara (de su compañero) había suficiente distancia para que la penumbra impidiera ver. Sabrá Dios. Pero eso fue lo que pasó aquélla noche, en  aquél lote baldío, en algún punto del inicio de siglo. No hubo nada más, ni besos ni caricias, supongo que ni palabras, o quizás sí, las básicas. Luego la doble vida transcurrió normal. Bueno, lo que se entiende como normalidad para una doble vida. Hasta el día que David recibió una llamada anónima (y aquí sí es seguro que a su celular) donde un hombre lo instaba a revisar su correo, cosa que hizo con presteza y sólo para encontrar el (terrible) video de la felación. Después volvió a recibir otra llamada y fue chantajeado: o soltaba dinero o harían llegar la grabación a sus padres. Qué extrañas formas de chingar encuentra la gente. El resto fue su caída a la desesperación y el temor. Intentó juntar el dinero, pero era a todas luces imposible, intentó negociar, intentó rogar. Al final del lapso se cumplió la amenaza. Su madre, mexicana abnegada como dios manda, sólo lloró y lloró. Su padre le fracturó algunas costillas (dos) y le desvió el tabique nasal. Después lo corrió del hogar mandándolo a Tampico, a seis horas del lecho paterno, escondiéndolo de sus amistades y familiares (del padre) y de sus amantes (de David) con el deseo de evitarle (evitarse) la burla y el escarnio.  Ahora el video lo había vuelto una celebridad local gay y lo había venido a refundir a una ciudad traicionera y violenta. Todo por una felación.  Y esa fue la historia.

Creo que expresamos nuestras más sinceras condolencias, o el símil que se hace en esos casos: no te preocupes, es lo mejor, estarás bien. No recuerdo. No importa. En realidad no importa. 

Luego me fui o nos fuimos o me fui con algunos otros. Llegué a casa y mi mente estaba despejada, ya no sentía el alcohol flotar como nube por el cerebro, ni el cuerpo aletargado ni el tiempo lento. En aquélla época yo rentaba un cuarto atrás de la central de autobuses. En realidad era toda la planta superior de una casa cualquiera, pero cada recámara se rentaba por separado de forma que había que compartir la sala, el baño y la cocina con otros dos inquilinos que, en ese entonces, no existían. Mi cuarto daba a la calle trasera, empolvada y sin pavimento, y a una lámpara del alumbrado público que en las noches resultaba incómoda para dormir. 

Recuerdo que llegué y me senté en la cama mirando por la venta (que, como dije, daba  la calle y a la farola), observando los edificios lejanos y el sol terminando de ocultarse. Era extraño. Estaba casi oscuro pero aún había un poco de luz, sólo un poco, como un cerillo a punto de apagarse, como si el ocaso hubiera durado una eternidad y el sol se negara a morir en paz y a darle paso a la noche. Y de repente sentí pánico. Mucho pánico. De golpe, en el pecho; como si fuera un moderno Giles Corey cargando las piedras que habrían de llevarme a la muerte. Fue tan fuerte y repentino que comencé a jadear y me doble sobre mi estómago. Y por dentro, abriéndose paso poco a poco, como una semilla oscura que germina del alma, sentí miedo. Un miedo visceral, violento. Sentí su dureza en el pecho, su sequedad y amargura en la boca, y su frío en la punta de los dedos. Estaba ahí, era real. Supe que iba a morir pronto, tuve la certeza de que iba a morir pronto. Fue como saber que la noche se acercaba con todas sus tormentas y con todo su poderío y con toda su oscuridad y que yo no estaba preparado para eso. Pensé en todos mis amigos, en mi casa lejana, en mis padres. Pensé que este atardecer era el último de algo, pero no sabía de qué. De algo perdido, de algo irrecuperable e irremplazable. Comprendí que ese miedo jamás me soltaría, que sería mi compañero por siempre y que tendría que vivir con él, como si estuviera adherido a mis huesos o como si fuera una mancha de tinta negra en el centro de mi corazón esperando el momento para extenderse por mis venas y dominarme y dominarlo todo. Pensé en todos nosotros, muchachos extraviados en la oscuridad, huérfanos de hogar, caminantes nocturnos sin rumbo, vagando por las calles de una ciudad hostil como la vida, encontrando a nuestros amigos bajo las lámparas en las esquinas, intercambiando sonrisas, sentimientos, pero condenados  a alejarnos en la penumbra por los siglos de los siglos para cumplir así con una maldición lanzada mucho antes del nacimiento del primer hombre y que corrompería a la humanidad entera hasta su misma destrucción. Y desee con todas mis fuerzas que encontráramos un hogar, que halláramos el camino a casa, que todo estuviera bien. Creo que recé, o lloré, o las dos…

Luego… luego puse música y prendí un cigarrillo y terminé de ver el anochecer. Dejé de sentir miedo y algo había cambiado pero no supe qué. ¿Cómo podría saberlo? Sentado en la oscuridad, fumando y escuchando a Real de Catorce (un disco, digamos, mediocre). Y así acabó aquél día perdido entre todos los que llenaron mi primer año fuera de casa. Asomaron las estrellas, la ciudad subsistía alimentada con luces amarillas, rojas y blancas. Una ciudad que no dormía, que nunca dormiría. Yo sí dormí. Fue un descanso intranquilo. Puede que haya soñado. Puede que no. Ha pasado tanto tiempo…

bplg.

domingo, 9 de octubre de 2011

Los dos hombres.

Este era un hombre que en su juventud resolvió que su vida sería buscar fortuna. Trabajó durante años hasta ganar su primer millón, pero vio que no bastaba. Trabajó cada vez más duro y ganó cada vez más dinero, pero nunca era suficiente. Y murió trabajando, con la sensación de lo inconcluso.

Otro hombre en su juventud resolvió dedicarse a buscar la verdad. Unos años después la encontró y el resto de su vida fue, en general, muy aburrida.

bplg.

sábado, 2 de julio de 2011

Dos sueños.


En el primer sueño estoy acostado en mi cama. El cuarto se encuentra en penumbra pero de algún lado llega una luz ligera y azul, la puerta no está cerrada. Salgo al pasillo y descubro que la luz viene de un televisor que se encuentra en el último cuarto del corredor y se escuchan murmullos. Llego hasta esa habitación, veo la tele frente a mí y a mis padres dándome la espalda mirándola. En la pantalla una comentarista anuncia que una epidemia domina el mundo, una enfermedad maligna, extraña, veloz e incurable. Afuera todo es caos y muerte. Me estremezco de miedo en la oscuridad y me acerco a mis padres buscando seguridad. Ellos se voltean: tienen sus rostros deformados, como derretidos, plagados de burbujas supurantes. Sé que tienen la enfermedad y sé que me la han contagiado. Despierto. 

El segundo sueño es más extraño, y sólo guardo algunos fragmentos. Estoy en mi cuarto. Éste se encuentra en el segundo piso y tiene dos puertas: una al pasillo y otra a un balcón. Escucho gritos de una mujer enojada. Son gritos violentos, agresivos, de ira, pero no distingo las palabras. Vienen del balcón. Salgo. Es de noche y hace frío. Me asomo por el barandal y veo a una mujer de edad, vestida con sólo un camisón que me recuerda mucho a uno de mi madre. Es una señora pequeña, morena, gorda. Está despeinada y descalza. Me ve y comienza a maldecirme, a insultarme, a prometer que me matará. Despierto.

bplg.

miércoles, 8 de junio de 2011

Sobrevivencia.

Mi nombre es Despertar; Yahvé tu Dios me ha mandado por ti. El Armagedón está llegando a su fin, el Adversario será derrotado y destruido, y el Reino de Dios se instaurará en la Tierra por la eternidad. Has sido llamado  porque tienes una misión que cumplir en la batalla decisiva. No es cualquier misión, es una misión divina, pronunciada por la mismísima boca de Yahvé. Escucha, pronto se te harán llegar las instrucciones, pronto todo será revelado. Deberás tener fe, y a cambio tendrás el cuidado y la bendición del cielo, serás recompensado y tu alma será salvada. No debes tener miedo al cumplir tu tarea y tu brazo no debe flaquear. Ahora despierta, guerrero. Es hora.

El reverendo despertó de golpe. Su mente trató de atrapar algo, de aferrarse a un pensamiento escurridizo. Anotar. Recordar. Buscó al lado, en su mesita de noche, tomó la pluma y la libreta preparadas para la ocasión. Garabateó todo lo que podía recordar del sueño, debía aprovechar mientras los recuerdos se mantuvieran frescos, antes que el transcurrir del día sepultara las palabras del ángel. Porque tras cinco días de vislumbrar al ser luminoso y lánguido, que hablaba con autoridad y que repetía el mensaje una y otra vez sin cambiar una sola palabra, el reverendo se había convencido a sí mismo de que se encontraba ante la presencia de un ángel. 

Se giró sobre la cama para ponerse sus pantuflas. A pesar de sus setenta años, el reverendo aún conservaba cierta agilidad. Miro su libreta, había escrito lo mismo que el día anterior, con ligeras variaciones. Era difícil recordar las palabras exactas, pero la idea era la misma. Una misión. Meditó un momento. A través de las paredes de su cuarto, el rumor de movimiento en el monasterio se filtraba y lo hacía tener la sensación de ir tarde, de haberse quedado dormido. Pero el reloj de pared marcaba apenas las siete. -La visita, quedan pocos días- murmuró y se levantó para cumplir con sus oraciones antes del almuerzo. Era un hombre con demasiada fe.

El monasterio, una vieja fortaleza anterior a los días de la guerra, se encontraba en la parte más alta de la montaña que coronaba la ciudad y a pesar de lo difícil que era su acceso, cruzando una estrecha carretera plagada de curvas y voladeros, había sido seleccionado para la celebración del convenio entre la Federación Norte  y la Iglesia Neocristiana. Al principio corrió el rumor de que el líder de la federación acudiría, pero el paso de los días confirmó que sería su primer ministro quien tendría el honor de representarlo. Por el lado de la iglesia Neocristiana, su líder máximo, el Profeta Vivo, había confirmado su presencia al acto.

El reverendo terminó sus oraciones y no necesitó mirar el reloj. Sabía que se había demorado cuarenta y cinco minutos, siempre fue así, incluso en los peores días de la guerra; mantener la rutina había sido una válvula de escape para no enloquecer. Además, era su manera de rendir honor a los caídos. Después, un poco de ejercicio y darían las ocho. Tiempo suficiente para ponerse el uniforme y reunirse en el comedor.

Cerró la puerta de su cuarto, y comenzó a recorrer los pasillos. A su derecha, adornando las paredes grises, se proyectaban imágenes ampliadas de la guerra. La caída de Canadá, la reconquista de México, la batalla de Texas. Se detuvo ante esta última proyección. En la imagen, los soldados federales resistían atrincherados el ataque del ejército musulmán. Eso había sido antes del contraataque, cuando EUA había caído. Tocó la imagen. Él había estado ahí, había resistido con los últimos combatientes hasta que sonó la retirada. Larga noche. Retiró la mano y continuó su camino.

Más tarde, el reverendo se encontraba en su despacho, absorto en la traducción de la Nueva Biblia Neocristiana comentada por el profeta Buck. La tarde había llegado, podía notar el paso del tiempo por los ventanales de su despacho. Afuera, el patio soleado y amplio era pura tranquilidad, pero no tardaría en cambiar: a las 4 el monasterio abriría la puerta al personal de la Federación que se encargaría de organizar el evento de la siguiente semana. Es increíble la cantidad de cambios que se dan en poco tiempo, pensó, tuvimos que derrotar a los fanáticos para entender que lo mejor es encontrarnos del mismo lado la Federación y la Iglesia; y ahora en un momento clave de la historia puede que me esté volviendo loco. Suspiró. Se quitó las gafas y se recostó en el sillón. A su mente volvieron las imágenes del sueño, había meditado sobre él cada uno de los días que lo había tenido, y aún no podía decirse que tuviera una idea clara al respecto. Tras la revelación al profeta Buck era común escuchar historias de personas a las que la divinidad se les revelaba. La mayoría resultaban ciertas, aunque no faltaban los charlatanes. Pero sus años de experiencia le habían enseñado a guardar humildad y, sobre todo, a pensar antes de actuar. No quería ser la burla de la Junta Disciplinaria.

Se sobresaltó con los golpes en la puerta. Alcanzó a acomodarse antes de que la mujer atravesara completamente el umbral. Era blanca, muy blanca, pequeña, llenita, quizás apenas pasando los treinta años. Sus ojos tenían el brillo que tienen los ojos de los niños cuando el mundo aún es nuevo para ellos. Vestía extraño, un estilo anterior a la guerra, un estilo demasiado liberal: falda larga hasta los tobillos, una camisa delgada, de un amarillo pálido, sandalias cafés amarradas con un delgado broche y un pequeño morral de cuero. Mientras entraba se quitaba los lentes de sol.

Sonrío, y el reverendo pensó que era la sonrisa más franca que había visto en años. –Espero que no le moleste mi falta de educación, es que he esperado mucho para conocerlo, reverendo- estiró la mano a través del escritorio y después del saludo se sentó frente a él.
El reverendo salió de su asombro –¿Usted viene con la gente de la Federación? ¿Ya son las 4? Pierdo la noción del tiempo cuando me pongo a trabajar- y comenzó a guardar los apuntes y los libros en su cajón.
–Sí, en cierta forma es algo relacionado con ellos. Aún no son las 4 pero logré que me dejaran entrar. Son muy estrictos sus compañeros, pero no son inmunes a una mujer- contestó la visitante y después lanzó una risita.
–Es cierto, no somos de piedra- respondió el reverendo y forzó una sonrisa educada –Disculpe no haber acudido a recibirla- continuó - no esperábamos a nadie tan… temprano- intentó velar la acusación mirando el reloj del escritorio, apenas pasaban las tres.
–Sí, lo sé, los civiles no somos tan estrictos como ustedes. Tenemos muchas malas costumbres- respondió la mujer mientras seguía sonriendo –de todas maneras no llegué temprano para hablar del evento. Mi nombre es Ruth, mi apellido es mejor que no lo sepa y, bueno, no sé cómo abordar el tema, pero a mí también me ha visitado un ángel- su rostro se petrificó. La confesión dejó helado al reverendo. Clavó los ojos en los de ella, y una oleada de miedo sacudió su espina vertebral.

La tensión se rompió cuando Ruth se levantó, caminó al ventanal, lo abrió y sacó un cigarrillo de su morral. –Supongo que con lo que acabo de decirle… no habrá problema con el cigarro- dijo volviendo a sonreír. Encendió el cigarrillo, fumó y exhaló el humo con placer. Luego se volteó hacia el reverendo, que se había recostado de nuevo en el sillón y la miraba con curiosidad y asombro. Se recargó de espaldas en el alféizar de la ventana y comenzó –Hace más de una semana comenzaron los sueños. Sé que usted los ha tenido también pues la voz me lo dijo y, aunque no lo hubiera hecho, su expresión en este momento basta para saber que es cierto. Era un… ángel jeje… que se identificó como Mensajero. Me dijo que había una batalla, y que tenía una misión que cumplir. Me dijo que tenía que venir a buscarlo a este monasterio y transmitirle la información que me fue dada. Me dijo que usted ya estaría esperándome.- Miró al reverendo esperando una respuesta. Tardó unos segundo en llegar: –Perdón, es que esto es tan… extraño. Sí, he tenido sueños. A mi se me ha aparecido lo que considero un ángel, se llama a si mismo Despertar y me ha advertido de una misión que debo cumplir-
-Bueno, al menos sé que estoy charlando con el reverendo correcto. Sabe, primero creí que estaba enloqueciendo. Como aquélla mujer del sur que afirmaba ver al profeta Buck en su bañera ¿o era en el inodoro? Da igual, de todas maneras tuvieron que hospitalizarla- hizo una pausa -Pero después pensaba en todos los profetas menores que han ido surgiendo y que han establecido una comunicación verdadera con, bueno, Dios-

El reverendo se reincorporó un poco –Es cierto, me pasó lo mismo. He tenido accesos de duda. Las cosas han cambiado mucho desde los tiempos de Buck , su revelación nos trajo una guerra donde la Divinidad misma tuvo que intervenir para ponerle fin a todo ese horror. Fue la primera vez en muchísimos años que Dios se manifestaba al hombre. Y desde entonces no ha parado de hacerlo. Si me pregunta si creo que sea Dios quien nos está hablando, respondería que sí. He visto demasiadas cosas, además soy reverendo, y creo que el Armagedón está por fin a punto de terminar-
Ruth sonrió -¿Y no considera, reverendo, que también puede ser que todo esto de Despertar, de Mensajero y de los sueños sean obra del Adversario?- por un momento la atmosfera pareció tornarse sombría, el reverendo meditó un momento y contestó –El Adversario no se ha comunicado con el hombre desde los tiempos de Adán. Ni siquiera se manifestó cuando Buck reveló que el Armagedón ya había comenzado, que se encontraba en proceso. No, no lo creo. Quizás sepamos quién se está comunicando con nosotros hasta que sepamos sus intenciones-
-Esto le va a encantar, reverendo. Hace dos días otro hombre me visitó. Un ángel había hablado con él. Me llevó un artefacto explosivo, con su detonador y las instrucciones para operarlo. Me dijo que yo sabría qué hacer con él. Y sí, yo ya lo esperaba-. El reverendo junto las cejas, y recargó los codos en el escritorio. Ruth prosiguió –Las instrucciones son entregárselo a usted, y apoyarlo para sabotear el convenio. Tenemos que eliminar al Primer Ministro y al Profeta Vivo- una sonrisa iluminó su rostro.
El reverendo parecía no comprender, titubeó un poco y comenzó a frotar su barbilla. Al final murmuró –No tiene sentido, ¿para qué necesitaría Dios algo así?-
-Bueno, estamos hablando de una guerra, el Armagedón, que comenzó con la caída del imperio romano. Y esas no son palabras mías, es la revelación de Buck. Como ve, el final ha durado demasiado tiempo. Ese no era el plan de Dios, nunca lo fue. Él también tenía planeado un final como el de la vieja iglesia, con fuego y azufre; un final rápido y una victoria segura. Pero no contaba con que el Adversario fuera tan fuerte y nos haría resistir tanto. En realidad, el Adversario es quien nos ha mantenido vivos tanto tiempo, negándonos a cumplir la voluntad de Dios de, bueno, morir-
-Eso ya lo sé. Todo eso fue explicado por Buck. Los grupos religiosos reaccionaron de formas extrañas. Muchos cometieron suicidios o dieron asesorías a sus fieles para quitarse la vida. Los más virulentos se lanzaron a la guerra a cumplir el deseo de Dios de llevarnos a juicio. No de matarnos, un Dios de amor no pensaría nunca en matarnos, sino de llevarnos ante su presencia para tener juicio justo. Por eso tuvimos esta guerra. Por sobrevivencia. Porque pensábamos que cumplíamos la voluntad de Dios al regar la sangre de nuestros hermanos. Así fue asesinado Buck y muchos otros, hasta el día del Gran Lamento cuando Dios se manifestó y pidió detenernos. Él fue muy claro, dijo que nos tomaría cuando fuera su voluntad, y que no necesitaba nuestra ayuda para terminar el Armagedón-
-Todo eso también lo sé, reverendo. Soy joven pero viví los últimos días de la guerra. Lo preocupante es que, según Mensajero, en el día del Gran Lamento no fue Dios quien habló, sino el Adversario-. Guardaron silencio durante un momento. El reverendo comenzó a pasearse por el despacho. Ruth ya no fumaba, sino que miraba el patio con aire de distracción.
-No puedo concebir la idea de un Dios que busca dividir a su creación, que busque enemistarla para que se maten los unos a los otros-
-No para que se maten- interrumpió Ruth –para que sean llevados a juicio- El reverendo la miró un momento y continuó –Este convenio marcaría el inicio de otra etapa de paz, marcaría el inicio de un gran momento histórico. Y usted no puede hacerme creer que Dios desea que volvamos a los días de la guerra, a toda esa muerte -
-No intentaré convencerlo de nada, reverendo. Mi labor es informarle y darle su, bueno, herramienta. El convencerlo o no se lo dejo a su conciencia y a su ‘ángel’. Sólo déjeme preguntarle algo ¿si la voluntad de Dios fuera destruirnos, la aceptaría o no?-
-Uno debe aceptar la voluntad de Dios sobre cualquier…-
-¿Y el Armagedón, cuándo ha sido otra cosa que el holocausto de la humanidad? Piénselo. Mientras…- Sacó del morral un objeto cuadrado de apariencia pesada y otro más pequeño, del tamaño de un dedo –Y asegúrese de ponerlo cerca de los dos, no podemos fallar.

* * *

…del Primer Ministro, quien sobrevivió gracias a la oportuna intervención de su cuerpo de seguridad y a la falla en la manufactura del objeto explosivo. Por otro lado, el Profeta Vivo se encuentra estable en el Hospital Fin de la Agonía del centro de la ciudad, tras la ligera crisis nerviosa presentada después del ataque. La policía arrestó al hombre que detonó el explosivo, al parecer una persona del mismo Monasterio; y se encuentra haciendo las averiguaciones necesarias para encontrar a los cómplices…

Samuel apagó la tele. Se quedó pensativo. –Tu desayuno, se va a enfriar- dijo su mujer con enojo.
-Sí, perdón. Es sólo que… he tenido este sueño. En realidad van dos días que lo tengo. Y veo lo que parece ser un mensajero de Dios, que me advierte sobre todo esto de la bomba. Me dijo que cuando fallaran, la batuta de la batalla me seria pasada a mí. Que se me informaría qué hacer. Loco, ¿no?

bplg.