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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Una revelación (en tres actos). Primero.


1.

Esto tiene que ser una broma, pensé. Pero no, ahí estaba, justo frente a mí, flotando inmóvil en el cielo azul de agosto, resplandeciendo y tronando en miles de voces que glorificaban al padre celestial. Había cientos de personas salidas de quién sabe qué lugar, la calle estaba repleta y todos señalaban al cielo y estoy seguro que cuchicheaban y murmuraban, porque movían sus bocas, pero yo no los podía escuchar, ¡ni siquiera ellos se podían escuchar!, tanto era el ruido de los cantos y de las trompetas y de todo lo que parecía una orquesta acompañando los coros. Para ese momento mi sorpresa había pasado, así que me puse a grabar con el celular, pensando en poder probar mi historia cuando la contara o qué se yo. Utilicé el zoom y me di cuenta que el objeto era un trono, un pequeño trono dorado, una silla pues, que flotaba en la nada y que lanzaba brillos y destellos y música de loas. Era uno de los muchos tronos que se vieron en el cielo por toda la tierra ese martes catorce de agosto, y que se quedaron ahí hasta hoy, ya tantos años después.

Lo sé, parecería surreal que hubiera sillas rimbombantes flotando por todo el mundo. Como de película. Eran unas sillitas doradas, brillando tanto que llegaban a lastimar los ojos si se veían con fijeza mucho tiempo; parecían de oro y no tenían detalles ni relieves, eran como unas simples placas de metal formando el asiento, pero su respaldo alto y su posa brazos le daban un aire de superioridad, de jerarquía. Eran, sin duda, mucho más grandes que cualquier silla terrestre, como si estuvieran esperando que un gigante las ocupara. Y además había muchos tronos, miles de ellos. En las noticias pasaron reportes desde las ciudades más importantes de la tierra. Las apariciones fueron hechas para que desde cualquier punto del globo se viera al menos uno de los asientos.  Era fantástico.

Y la música... Música sacra, espeluznante y medieval. Ponía los pelos de punta. Los primeros tres días, como si los tronos quisieran notarse y que nadie se quedara sin advertir su presencia, la música sonó sin cesar, no dejaba dormir, no dejaba hablar, y no había lugar en el mundo donde se pudiera estar a salvo de ella. Era como un ataque, como si las sillitas nos atacaran de una forma que no pudiésemos defendernos. Pero no, al tercer día exacto cesó. Y en su lugar cada seis horas comenzaba una letanía, una oración, en un idioma desconocido y que los noticieros no tardaron en informarnos era arameo. Por lo demás, el rezo no decía gran cosa y era muy similar al padre nuestro. Ahora, lo interesante de verdad, suponiendo que todo lo antes dicho sea normal, era lo que estaba por venir.

La sociedad fue el caos. La gente comenzó a actuar de forma incoherente. Debo corregir: las personas siempre han actuado de forma incoherente y, por otro lado, ¿cuál era la forma coherente de actuar ante el fenómeno que presenciábamos? Hubo saqueos, hubo disturbios, la economía se paralizó, las religiones se radicalizaron, y ni contarles de la ola de suicidios que hubo; los gobiernos perdieron el control de sus países durante meses, surgieron profetas y guías mesiánicos, y todo fue el caos. Dentro de todo, algunos sectores de la sociedad guardaron la calma. A saber, el día de hoy se cuenta con registros de las primeras investigaciones hechas por científicos sobre los tronos. Son sorprendentes. Nunca se pudo llegar a ellos, a los tronos me refiero. Cuando se intentaban alcanzar flotaban más alto. La música no tenía origen, no provenía de los tronos y se escuchaba con la misma intensidad desde cualquier punto de la tierra. Las sillas no emitían radiación alguna, ni magnetismo ni nada cuantificable o mesurable. Se cree que llegaban a medir hasta 100 metros de alto, pero el dato no es exacto. Sólo desprendían luz. Mucha luz de alguna fuente de energía oculta. Y eso fue todo antes que el caos paralizara las investigaciones.

Luego comenzaron los juicios y las ejecuciones. Empezó como un rumor, luego fue una realidad tangible. Había personas elegidas entre nosotros. Personas elegidas por Dios para enjuiciarnos, para calificar nuestra vida en base a nuestras acciones y darnos un juicio, una sentencia, ya fuera de vida o de muerte. No había castigo, no había prisión; era vivir o morir. Todo inició muy discreto, pero se formalizó en el seno de la Iglesia Católica. Miles de personas comenzaron a tener el mismo sueño, eran visiones donde se les llamaba para cumplir con la tarea santa de enjuiciar a sus semejantes y se les explicaba que los tronos eran una muestra de la presencia de Dios y de la segunda venida del Cristo. Estos, los que soñaron, fueron los elegidos, los que después serían conocidos como ejecutores. Se les daba total libertad para juzgar, con sabiduría divina, y para sentenciar con crueldad humana. Pudieron pasar por locos pero fueron tantos y se multiplicaban tan rápido que la Iglesia los terminó acogiendo y se volvieron una de los más poderosos brazos católicos. Todos íbamos a ser visitados por uno de ellos, en algún momento; llegarían, nos saludarían y acto seguido nos dirían el veredicto. Si éramos hallados faltos nos matarían, si nos hallaban aptos simplemente seguiríamos.

Rebeca Rammer. Nueva República Cubana, Sierra Maestra.
¡Claro que fue el gobierno! El gobierno de Estados Unidos y todos sus amiguitos de siempre, los mismos lame culos que les apoyan sus estupideces todo el tiempo: Inglaterra, Francia, España, los países de segunda que buscan un poco de la gloria que cae de la mesa de sus amos y otros muchos países igual de ambiciosos. Ese montaje telenovelesco de los tronos y la música no fue mas que el pretexto perfecto para asesinar a sus enemigos con apoyo público. ¿O cómo explicar que los primeros en morir, en ser asesinados, fueron musulmanes? Esa provocación fue la que nos llevó a la Cruzada Moderna. Allá andaban los Estados Unidos y sus compinches dando guerra a los países árabes. Disfrazaron todo de religión pero como siempre, había intereses económicos y de poder. Petróleo. Hegemonía. Economía. Lo de siempre. Y luego la famosa alianza con la Iglesia Católica y sus ejecutores. Eso de darle luz verde a sus asesinos fanáticos para eliminar homosexuales, prostitutas, ateos, cultos menores, científicos y todo lo que no fuera católico, fue el acabose. Lo bueno es que para entonces yo ya había establecido contacto con el grupo de resistencia. Aún no teníamos nombre pero teníamos muchas ideas y ganas de darle paz al mundo. Es decir, no estábamos contaminados con ideas dogmáticas, no éramos como los locos de la bomba en el Vaticano, no, nosotros sólo queríamos regresar las cosas a como eran o incluso mejorarlas. No teníamos un plan de gobierno ni de nada. En serio que fuimos la única esperanza de la humanidad en esos tiempos tan raros.

Mientras los países estaban en guerra y mientras no nos visitaban los ejecutores, nos organizamos, nos armamos, reclutamos gente y nos lanzamos a hacer guerrilla. Pero no éramos un grupo local, cuando digo que nos organizamos me refiero a que en todos los países teníamos células que nos coordinábamos con precisión quirúrgica. Éramos una resistencia global, con presencia en todo el mundo. El plan era abrirles los ojos a las personas y detener a los ejecutores. Por fortuna los gobiernos no nos prestaban atención enfrascados en su Cruzada como estaban, pero la Iglesia católica sí organizó grupos de limpieza con sus verdugos. Fueron buenos combates, y siempre salíamos airosos. Digamos que con la Iglesia llevamos empate técnico.

Hoy las cosas se han calmado mucho. Todo mundo se sigue peleando con todo mundo, pero ya hay países enteros, pequeños pero enteros, que hemos liberado y que resisten a la Iglesia y su perrito de batalla, los Estados Unidos; gracias a los gobiernos provisionales que establecimos. Nos siguen atacando, y ya es una guerra formal, ya no somos una simple guerrilla, pero eso mismo nos hace más fuertes. Tener apoyo y esas cosas. Tener amigos, compañeros. Nos hace creer que se puede ganar.

A veces aún les disparo a los tronos sólo por diversión. Dicen que no hay forma de destruirlos. Pero a mí me da igual, de todas formas les disparo. Es relajante.

Esteban Franco. Madrid, España.
Primero me atacaban, me preguntaban por la autoridad para hacer lo que hacía. Se les hacía increíble que un ex convicto pudiera juzgarlos y ejercerles sentencia. Pero mis pecados yo ya los había pagado, y por eso fui elegido. Me lo dijo Dios en el sueño, me dijo que los asaltos y los asesinatos, e incluso la violación, ya las había pagado en la cárcel. Y que por eso me seleccionaba. Recuerdo que mi primer juicio fue un vecino, era Testigo de Jehová, y aquélla tarde me encontraba bebiendo cerveza y mirando el trono desde el porche de mi casa. Creo que ya lo esperaba o puede que al verlo haya entendido. Yo ya había tenido los sueños durante meses, y no perdí la cordura como muchos, sino que me sentí digno de la misión. Entonces lo vi, lo vi llegar muy contento con su trajecito y su corbata y su maletín de revistas y esas porquerías. Recuerdo que me levanté con un entendimiento interno y una claridad de ideas que nunca tuve en toda mi vida. De verdad que era la voz de Dios la que salía desde mi alma y me daba tranquilidad y me serenaba en mis acciones. Entonces fui y antes que entrara a su casa -pasó primero su esposa y su hija- lo saludé y le dije que tenía un mensaje de Dios. Le dije que había sido pesado en balanza y había sido hallado falto, esas palabras se me vinieron a la boca. Luego creo que me preguntó algo o me miró con extrañeza o las dos cosas. Como sea, le solté un disparo en la frente con mi vieja amiga de correrías, mi Beretta 92. Después entré e hice lo mismo con su esposa e hija. Pensé en quemar su propaganda pagana e incluso su casa, pero me dije: si esto fuera voluntad del señor no tendría duda en hacerlo. Y mejor no lo hice. 

Me arrestaron y me llevaron a la comisaría pero nunca tuve miedo, siempre supe que Dios estaría conmigo. En unos cuantos días vino un cura a liberarme y fue quien me llevó con los demás ejecutores. Estaban organizados y en aquél grupo de buenas personas por primera vez me sentí en casa y, más importante, tenía un objetivo en la vida. De la noche a la mañana nos volvimos famosos, aunque la gente que me conocía de mi vida pasada todavía me recriminaba mis errores. Pero yo estoy en paz con Dios, sé que ya he pagado y sufrido lo suficiente. Mucha gente, incluso, me mira con odio antes de morir. No los entiendo. Está el tipo del que hablaron el domingo en misa, el tal Saulo que también tuvo que perseguir a sus hermanos antes de ser un apóstol y un santo. Él después consiguió una gran gloria, gloria que yo sé tendré y que ninguno de todos esos pecadores que he ajusticiado tendrá nunca jamás.

Mujahid Hakim. Cerca de Jerusalén.
Sólo salimos a defender la gloria de Alá. Nosotros también teníamos sus tronos flotando sobre nuestras cabezas, pero sabíamos que era obra de los infieles. Han venido queriendo guerra desde siempre, y se la dimos. Los cristianos no lo entienden, ellos siempre tendrás sus casas y sus familias y su dinero y sus cosas. Nosotros sólo tenemos fe, fe en Alá y en su profeta. Por eso venceremos. Sus tronos no nos asustan, es una obra de su iglesia, nos quieren confundir y atemorizar. Pero nos hemos preparado para esta guerra desde los tiempos de Mahoma, nacimos para defender a Alá y a nuestra fe, y para esparcirla por todo el mundo civilizado. 

No somos como los de la resistencia que buscan traer el comunismo y el socialismo, otros males de la humanidad, ni somos cristianos atacando cristianos, como los de la bomba en el Vaticano; nosotros no pararemos ante nada hasta barrer con los infieles que han venido a profanar nuestras costumbres y nuestras ciudades. Han insultado al cielo con sus espejismos y su música sacra, y han insultado la tierra con su apostasía y su liberalismo. Creen que venimos perdiendo la guerra porque cedemos terreno y nos lanzamos a las montañas a defendernos. Pero no hemos perdido nada, no perderemos nada, soltaremos las bombas en nuestro mismo suelo de ser necesario, barreremos con todo y con todos. Esa es la voluntad de Alá. Esos tronos ya son historia.


bplg.

lunes, 21 de noviembre de 2011

2003


Debió ser por septiembre de 2003. O quizás era octubre. Seguro era 2003 y seguro fue después de agosto, aún hacía calor, no del sofocante y húmedo sino del bochornoso. Pongamos octubre. Yo tenía diecisiete años y cursaba el primer semestre de la universidad en Tampico. Me encontraba solo y lejos de casa por primera vez en mi vida (sin contar vacaciones o los días que mis padres se ausentaban por algún tiempo). Todo era tan reciente que aún tenía la inseguridad y la emoción de la completa libertad (me tomo la osadía de una pequeña cursilería adolescente en honor a los años pasados). Libertad que, lógico, estaba mal empleando. Nos dirigíamos al departamento de una compañera de grupo que se encontraba a espaldas del otrora tan glorioso Estadio Tamaulipas, hogar de la alguna vez mítica Jaiba Brava, y que  ya en ese entonces mostraba los síntomas del deterioro que habría de gobernarlo sólo unos años más tarde. Después de una calle larga y de terracería que bordeaba el conjunto habitacional, se llegaba a la entrada de los edificios estilo infonavit con escalera en medio y los departamentos distribuidos a los lados. Blanca vivía en la última construcción, de manera que había que desandar parte del camino pero ahora por dentro del conjunto; después había que subir hasta el tercer y último piso, y torcer hasta la primera puerta de la izquierda. Entrando estaba la sala-comedor, a un costado la cocineta dividida por la barra del desayunador; al fondo las dos puertas de los cuartos y perpendicular a ellas la puerta del baño. Los lavaderos y un pequeño patiecito estaban atravesando una puerta de la cocina.

A pesar de la hora (no era ni medio día) llevábamos algunas botellas de tequila, tres o cuatro. En lo particular el tequila nunca me ha agradado, es demasiado caliente y dulce, pero no era momento de ponerse exigente, máxime que el objetivo era apendejarse y para eso cualquier bebida alcohólica se presta. Como decía, éramos siete: dos amigas, cuatro amigos y yo. Comenzamos a beber y a platicar, nos movíamos por todo el departamento a nuestras anchas y como hiperactivos, sin para de reír ni de hablar ni de tomar; y era un verdadero jolgorio, como si celebráramos estar vivos y estar ahí, o el habernos conocido tan jóvenes, o quizás era mi imaginación y eran unas simples ganas de tomar endemoniadas. En algún punto Julio le confesaba su amor a Sara, Reynaldo hacía piruetas en las escaleras fuera del departamento, Blanca se miraba como estúpida en un espejo y el resto los observábamos divertidos  y tomábamos. Luego Julio salió a los lavaderos a vomitar. Blanca intentó razonar con Reynaldo sobre lo peligroso que es mezclar escaleras con alcohol, y yo me incorporé (estábamos sentados en el piso, la mudanza era tan reciente que aún no había sillas o siquiera cojines) y salí a los lavaderos a echar un ojo a Julio quien había tardado demasiado y temía se encontrara dormido. Aún estaba vomitando por lapsos y con espasmos, como si su estómago seleccionara con precisión quirúrgica lo que habría de desechar y lo que habría de conservar, haciéndolo lanzar estertores mezclados de hipos y eructos. Por desgracia estaba ensuciando todo el lavadero, un lavadero muy curioso por cierto, porque era de piedra pero contrario a la mayoría, no tenía las muescas y ondulaciones talladas en el material sino que tenía pegado un cristal texturizado que, supongo, servía para el mismo fin de tallar la ropa. Lamenté la triste sorpresa que se llevaría Blanca al ver su lavadero sucio, y creo que estaba más preocupado por eso y por evitar que Julio siguiera recargando su cabeza sobre el vómito que por escuchar la entrecortada historia sobre sus sentimientos hacia Sara y el rechazo recién sufrido. Luego hubo otro lapso donde todos nos calmamos, algunos se fueron a dormir, los demás volvimos a concentrarnos en el suelo de la sala-comedor, sentados en corro como si en medio hubiera alguna fogata (sólo había refrescos y algunas frituras) o como si estuviéramos en algún ritual de iniciación o en un aquelarre o como si fuéramos a ponernos a rezar de repente. Puede que haya sido una especie de defensa, de pequeño fuerte circular, defendido por nuestros cuerpos y por lo que nos ligaba los unos a los otros, que en ese tiempo aún no era amistad sino más bien compañerismo; ese compañerismo básico de saber que nos necesitaríamos para lo que se avecinaba y que al final del todo no habría nadie a nuestro lado más que nosotros mismos. Creo que platicamos sobre nuestras vidas, sobre todos los sucesos que nos llevaron hasta ahí. Luego, como sucede cuando se habla del pasado, empezamos a platicar del futuro y de lo que queríamos, porque nuestros deseos aún tenían mucho sentido en aquél año: ignorábamos lo desviado que nuestro camino sería y lo caprichoso que puede ser el tiempo a la hora de repartir destinos. Después comenzó a entrar la penumbra con ese naranja de sol que pierde poder, pero que en Tampico (y nunca he podido explicarlo bien) pareciera seguir amarillo, es decir, como si el sol de mediodía se estuviera ocultando y no el sol abatido del atardecer. Sólo Tampico tiene esos atardeceres naranjas por color y amarillos por alma. Como sea, para ese momento el círculo estaba roto o más bien ya no era un círculo, los refrescos y las frituras seguían siendo el centro alrededor del que orbitábamos pero ya algunos estaban acostados, otros se recargaban en las piernas del de al lado, y estábamos todos hacinados como en una orgía asexual, dándonos fuerza con la cercanía física o dándonos valor o un poco de las dos. Entonces David nos contó una historia. Una suerte de cuento y confesión. 

Nos dijo, para prepararnos o para captar nuestra atención, que era gay. Más que asombro, y mi asombro hubiera estado justificado pues David era más masculino que la mayoría de los compañeros (yo incluido), creo que agradecí en silencio que Blanca estuviera dormida en uno de los cuartos: se suponía que eran novios, y por lo que intuía ella estaba enamorada. Él nunca lo estuvo pero pensé que buscaba diversión (el cuerpo de Blanca era estupendo). Pero no, no era diversión, era una pantalla que necesitaba sostener. Contó que su padre era muy autoritario y duro, masculino como los combatientes de la Revolución (pensé objetar que en la Revolución seguramente también pelearon homosexuales, pero mi observación no tenía caso) y que durante años David había tenido que fingir ser ultra macho llevando una vida de putería a dos vías: con mujeres de día, con hombres de noche. Nos dijo que su ciudad natal, grande y con industria, era una suerte de Sodoma y Gomorra mexicana (y aquí yo pensé decir que en la República Mexicana sólo dos o tres ciudades podían darse el lujo de no ser emulaciones de Sodoma y Gomorra, no siendo Tampico una de ellas, dicho sea de paso, pero tampoco lo juzgué conveniente) de manera que había suficientes antros y lugares de encuentros nocturnos de ambiente gay. Se podía llevar toda una vida de anonimato rosa porque el tabú compartido del homosexualismo transformaba a los participantes de sus correrías nocturnas en una suerte de cómplices de lo prohibido, como si lo que hicieran fuera una travesura y la sodomía fuera una protesta burlona contra el sistema y la gente y la vida misma; como si se vengaran del rechazo y la presión, y celebraran su preconcebida maldición diurna con la liberación y el placer nocturno, y qué se le va a hacer. Entonces, una de esas noches de correrías, se encontró en un antro con otro hombre joven y guapo (yo, pueblerino hasta la médula, sentía las cosquillas de la pena cuando David describía con amor y gusto a un varón) con quien comenzó a platicar y decidieron salir del lugar porque, dijo, una cosa siempre lleva a la otra. No precisó cómo es que una cosa llevaba a la otra, aunque debo admitir que tenía curiosidad sobre cómo ligaban los homosexuales. En honor a la verdad, tampoco sabía cómo ligaban los heterosexuales. Como fuera, con el paso de los años aumentó la confianza y pudo aclararme muchas dudas, ninguna de ellas útiles para mí en un sentido práctico, pero tranquilizadoras para mi excesivo morbo. Al final (con triste ironía) supe con más claridad cómo se liga a una persona del mismo sexo que a una del sexo contrario. 

El asunto es que salieron por una puerta trasera (no por preocupación sino para añadirle suspense al asunto) y llegaron a un lote baldío cercado por malla. La pasión (¡Ah! Otro de mis romanticismos adolescentes) los condujo a un rincón, el más oscuro y apartado, donde se pusieron de acuerdo para sostener coito. O quizás no se pusieron de acuerdo y sólo dejaron que la pasión (romántico empedernido que soy) los guiara en el jueguito amoroso. A David, debo reconocer, lo guió mal. Comenzó a darle sexo oral a su compañero (que sólo conocía por nombre, nombre que yo he olvidado) y en el batallar de la saliva y el líquido seminal, fue grabado con un celular o con una cámara, no recuerdo bien, puede que fuera la segunda, en ese tiempo los celulares con cámara no eran tan comunes. ¿No lo notó? ¿Le pareció excitante? Ni idea. Dice que del pene (de su compañero) a la cara (de su compañero) había suficiente distancia para que la penumbra impidiera ver. Sabrá Dios. Pero eso fue lo que pasó aquélla noche, en  aquél lote baldío, en algún punto del inicio de siglo. No hubo nada más, ni besos ni caricias, supongo que ni palabras, o quizás sí, las básicas. Luego la doble vida transcurrió normal. Bueno, lo que se entiende como normalidad para una doble vida. Hasta el día que David recibió una llamada anónima (y aquí sí es seguro que a su celular) donde un hombre lo instaba a revisar su correo, cosa que hizo con presteza y sólo para encontrar el (terrible) video de la felación. Después volvió a recibir otra llamada y fue chantajeado: o soltaba dinero o harían llegar la grabación a sus padres. Qué extrañas formas de chingar encuentra la gente. El resto fue su caída a la desesperación y el temor. Intentó juntar el dinero, pero era a todas luces imposible, intentó negociar, intentó rogar. Al final del lapso se cumplió la amenaza. Su madre, mexicana abnegada como dios manda, sólo lloró y lloró. Su padre le fracturó algunas costillas (dos) y le desvió el tabique nasal. Después lo corrió del hogar mandándolo a Tampico, a seis horas del lecho paterno, escondiéndolo de sus amistades y familiares (del padre) y de sus amantes (de David) con el deseo de evitarle (evitarse) la burla y el escarnio.  Ahora el video lo había vuelto una celebridad local gay y lo había venido a refundir a una ciudad traicionera y violenta. Todo por una felación.  Y esa fue la historia.

Creo que expresamos nuestras más sinceras condolencias, o el símil que se hace en esos casos: no te preocupes, es lo mejor, estarás bien. No recuerdo. No importa. En realidad no importa. 

Luego me fui o nos fuimos o me fui con algunos otros. Llegué a casa y mi mente estaba despejada, ya no sentía el alcohol flotar como nube por el cerebro, ni el cuerpo aletargado ni el tiempo lento. En aquélla época yo rentaba un cuarto atrás de la central de autobuses. En realidad era toda la planta superior de una casa cualquiera, pero cada recámara se rentaba por separado de forma que había que compartir la sala, el baño y la cocina con otros dos inquilinos que, en ese entonces, no existían. Mi cuarto daba a la calle trasera, empolvada y sin pavimento, y a una lámpara del alumbrado público que en las noches resultaba incómoda para dormir. 

Recuerdo que llegué y me senté en la cama mirando por la venta (que, como dije, daba  la calle y a la farola), observando los edificios lejanos y el sol terminando de ocultarse. Era extraño. Estaba casi oscuro pero aún había un poco de luz, sólo un poco, como un cerillo a punto de apagarse, como si el ocaso hubiera durado una eternidad y el sol se negara a morir en paz y a darle paso a la noche. Y de repente sentí pánico. Mucho pánico. De golpe, en el pecho; como si fuera un moderno Giles Corey cargando las piedras que habrían de llevarme a la muerte. Fue tan fuerte y repentino que comencé a jadear y me doble sobre mi estómago. Y por dentro, abriéndose paso poco a poco, como una semilla oscura que germina del alma, sentí miedo. Un miedo visceral, violento. Sentí su dureza en el pecho, su sequedad y amargura en la boca, y su frío en la punta de los dedos. Estaba ahí, era real. Supe que iba a morir pronto, tuve la certeza de que iba a morir pronto. Fue como saber que la noche se acercaba con todas sus tormentas y con todo su poderío y con toda su oscuridad y que yo no estaba preparado para eso. Pensé en todos mis amigos, en mi casa lejana, en mis padres. Pensé que este atardecer era el último de algo, pero no sabía de qué. De algo perdido, de algo irrecuperable e irremplazable. Comprendí que ese miedo jamás me soltaría, que sería mi compañero por siempre y que tendría que vivir con él, como si estuviera adherido a mis huesos o como si fuera una mancha de tinta negra en el centro de mi corazón esperando el momento para extenderse por mis venas y dominarme y dominarlo todo. Pensé en todos nosotros, muchachos extraviados en la oscuridad, huérfanos de hogar, caminantes nocturnos sin rumbo, vagando por las calles de una ciudad hostil como la vida, encontrando a nuestros amigos bajo las lámparas en las esquinas, intercambiando sonrisas, sentimientos, pero condenados  a alejarnos en la penumbra por los siglos de los siglos para cumplir así con una maldición lanzada mucho antes del nacimiento del primer hombre y que corrompería a la humanidad entera hasta su misma destrucción. Y desee con todas mis fuerzas que encontráramos un hogar, que halláramos el camino a casa, que todo estuviera bien. Creo que recé, o lloré, o las dos…

Luego… luego puse música y prendí un cigarrillo y terminé de ver el anochecer. Dejé de sentir miedo y algo había cambiado pero no supe qué. ¿Cómo podría saberlo? Sentado en la oscuridad, fumando y escuchando a Real de Catorce (un disco, digamos, mediocre). Y así acabó aquél día perdido entre todos los que llenaron mi primer año fuera de casa. Asomaron las estrellas, la ciudad subsistía alimentada con luces amarillas, rojas y blancas. Una ciudad que no dormía, que nunca dormiría. Yo sí dormí. Fue un descanso intranquilo. Puede que haya soñado. Puede que no. Ha pasado tanto tiempo…

bplg.

domingo, 9 de octubre de 2011

Los dos hombres.

Este era un hombre que en su juventud resolvió que su vida sería buscar fortuna. Trabajó durante años hasta ganar su primer millón, pero vio que no bastaba. Trabajó cada vez más duro y ganó cada vez más dinero, pero nunca era suficiente. Y murió trabajando, con la sensación de lo inconcluso.

Otro hombre en su juventud resolvió dedicarse a buscar la verdad. Unos años después la encontró y el resto de su vida fue, en general, muy aburrida.

bplg.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Ana (2)


Cambió, se volvió ácida, agresiva y sarcástica. No hubo otro motivo de gozo que el burlarse de los demás. Lo cual, con justo motivo, le trajo muchos problemas en sus relaciones, entendiéndose con ‘relaciones’ al resto de sus amigos (ya que su familia mantenía el castigo del silencio). Como sea, surgieron rencillas y fricciones, con algunos de sus más fieles escuderos peleó para nunca volverse a hablar. Y en este sentido, ‘nunca’ es la palabra perfecta. Con otros sólo se fragmentó la relación, y con el resto no tuvo ningún problema. Yo no estaba entre estos últimos. A pesar de haber sido testigo de su caída. Sabía que estaba herida y que sólo andaba supurando su dolor. Dejando un poco de pena para librarse de ella, en algún punto de la vida. Pero la pena no disminuía, ¿cómo podría disminuir si la causa era externa? 

Así anduvo el resto del tiempo que convivimos, herida de muerte, desangrándose de a poco. Sé que lloraba todas las noches, y que Alberto fingía no escucharla, ahí, echado al lado de ella, a sólo unos centímetros y con el poder de curar su herida. Pero no lo hacía, y nunca lo hizo. Hubiera querido tener yo ese poder de sanarla, pero no estaba en mí. Lo intenté, me esforcé, buscaba hacerla reír, distraerla, ni siquiera era un intento  de buscar su amor, en realidad comprendía su desesperación y quería sacarla de ese infierno. Pero como dicen por ahí,  los caminos de la divinidad son inescrutables.

Conmigo se enojó la fatídica tarde que decidí abordar el tema por completo. Me preparé con anticipación. Escogí las palabras con mucho cuidado y puse en ellas todo el amor que me consumía. Nos acomodamos en su terraza y le dije que Alberto no valía madres, que ella era la mejor mujer de todo el universo (y en ese entonces me lo parecía), y que su noviecito no se la merecía en lo absoluto. Todo aderezado con citas poéticas, palabras rebuscadas y chispazos de sarcasmo y malos chistes, envueltos en un extenso monólogo. No surtió el efecto deseado. Todo lo contrario, me contestó enojada que Alberto era un ser sensible e incomprendido… Soy impreciso, ella nunca hubiera escogido esas palabras. Pero ¿qué más da la elección de palabras, si la cursilería es la misma? En el fondo eso es lo que sentía, a eso se aferraba, a que Alberto la necesitaba a su lado porque sólo ella le daba fortaleza y soporte. Era su torre, su pilar, y sospecho que estaba parafraseando al higadito. Me los imaginé peleando, y luego lo imaginé llorando arrodillado abrazándose a su regazo implorando su perdón y diciéndole que toda la admiración que por él profesaba sólo tendría sentido si ella se quedaba a su lado, pues era su pilar, su torre. Me dio una lástima infinita. Después, terminada su elocución, me corrió entre llantos y gritos y me dijo que nunca quería volver a verme.

Su reacción fue exagerada en demasía. Me desconcertó, pero intenté comprenderla: estaba en dolor. Lo cierto es que cumplió su palabra y nunca contestó mis llamadas ni mensajes, jamás me abrió la puerta de su casa y en un sentido orgulloso se borró de la faz de la tierra (mi tierra) para siempre. Pasaba el tiempo y pasé del desconcierto a la tristeza, luego me puse a racionalizarlo todo, luego me consumió la ira, y por último me resigné. Pasaron meses y dejé de pensar en el asunto. Nunca supe si la justificaba o si de verdad debía comprenderla. Dicen que las relaciones son ciclos con principio y final. La nuestra nunca lo tuvo, quedaron muchas cosas por decirse, me quedó la sensación de fracaso. Eliminé todo lo que se relacionara con ella, excepto una foto pequeña, de esas tomadas en las cabinas de las plazas. Es una serie de cinco fotos en blanco y negro donde yo me dediqué a sonreír y ella a modelar una bufanda azul en cinco posiciones distintas. La puse en resguardo en mi billetera, y ahí se encuentra hasta ahora. Como si guardar un pedazo de corazón en la cartera fuera posible. Igual lo hice. Si perdiese esa foto sería como si me arrancaran un brazo. Ya es parte de mí, Ana es parte de mí, y lo será hasta mi hora definitiva. 

Entonces, guardé esa pieza de corazón, alisté mis maletas y me lancé a la aventura. En realidad sólo me tuve que ir a trabajar fuera de la ciudad. Conocí gente, descubrí cosas, visité lugares. Con el tiempo conocí a una mujer con el divino don del sentido del humor, y ahí eché raíces. Las partículas se asentaron en el fondo, y el agua volvió a ser clara de nuevo.

Un día me topé con Alberto. Fue en la plaza de la ciudad. Estaba con un grupo de jóvenes zarrapastrosos y fodongos, apilados y revueltos entre instrumentos musicales arcaicos y mochilas gordas de contenido incierto. Apenas lo reconocí con la barba de Cristo y la falta de higiene. Para mi asombro, se levantó como resorte para saludarme. En realidad se me abalanzó, jalando de la mano a una muchachita flaca y ojerosa con pinta de no haber estado en sus cinco sentidos la última semana, cuando menos. Me dijo lo obvio, nunca fue un reconocido escritor y había decidido lanzarse a la aventura con ese grupo de neo gitanos. Tenían un niño que se encontraba jugando en algún lugar incierto de la plaza, y esperaban otro. Dicho comentario me hizo notar la barriga de la joven. No me interesaba, intenté preguntarle por Ana sin que se viera la premura. Me dijo que Ana se había suicidado como al año de que me fui, se había clavado un lápiz en el estómago y se había tomado todo el veneno para las ratas. También dijo: yo creo intentó después sacarse el veneno por el hoyo del lápiz, y ese pinche veneno lo único que mató fue a Ana porque ni una sola rata logramos atrapar, y comenzó a reír. No hay dios, y no hay justicia divina, y nunca los habrá. Nos despedimos, me dio un correo que perdí y yo le di un correo falso. Me dijo que estaba enterrada en el panteón familiar, que vaya a saber dios dónde está. De todas maneras nunca intenté localizarlo. 

Algunas noches soñé con su muerte, sola en el sucio y deprimente baño de su cuarto con un lápiz en el estómago y arrugando la foto de Alberto entre dolor y llanto. Muriendo de a poco y mi vida opacándose con su muerte. Quizás guardar un pedazo de corazón en la cartera no sea posible, pero que un pedazo de corazón muera con la muerte de otro, es posible. Es inevitable.

Y eso es todo.

bplg.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Reino de Dios.


Estacionó el coche, dio un portazo y gritó a la casa desde el portón. Una sonrisa amarillenta destelló en la penumbra y a través del umbral. Pásale, mijo, está abierto. Atravesó un patio de tierra, con algunos manchones de zacate seco y pelado, en una esquina una llave de cuello largo con una manguera enrollada, llantas viejas, cacharros, tablones de madera, suciedad. Del otro lado un árbol de mango, el piso alrededor cubierto de frutos pudriéndose al sol, infestados de moscas y de gusanos y exhalando fermentación y putrefacción. Cruzó la entrada sin puerta, tapada a medias con una vieja cortina de estampado floreado apenas visible por el desgaste del sol. Se detuvo disfrutando un segundo la sombra y la ligera frescura que la casa ofrecía. Miró el juego de sala, el sillón más pequeño cubierto en su totalidad por ropa sin ningún orden, los otros dos tapados con sabanas raídas, rotas y manchadas de comida de mucho tiempo atrás, picados en sus patas y posa brazos. Enfrente un librero con una televisión cubierta de estampas y un estéreo gris con diseño ridículo y en aparente desuso, libros infantiles, una vieja enciclopedia con tomos faltantes, portarretratos con figuras y colores y con imágenes amarillentas y cuarteadas de antiguas felicidades, polvo. Paredes con pintura sobre la pintura y aun así con partes donde se vislumbraba el block de la construcción, rayones de crayolas como laberintos y marcas de zapatos y manchas de tierra. Un foco colgante apagado en el centro del cuarto, como un ahorcado. Empezó a notar el olor a humedad y a grasa y a mugre.

La mujer salió por una de las puertas laterales, con un vestido ajado y sucio de un verde chillón y con un mandil azul y zapatos de tela. Era chaparra y gorda, morena en contraste con su vestido, y por el cebo en su cabello parecía no haberse bañado en días. Siéntate, ahorita sale, ¿quieres agua? Aceptó, y la mujer volvió a desaparecer. Se sentó sobre la sábana de uno de los muebles, apenas en el borde del asiento. Esperó y la mujer regresó con un vaso de vidrio con figuras semejantes a lianas y flores amorfas pero de un penetrante amarillo. Cuando lo tomó notó que la mano de la mujer y el vaso estaban mojados. De otro cuarto apareció un joven, la mujer se fue y los dos hombres se saludaron. Apuró el vaso y lo dejó sobre el librero. Salieron.

Comenzaba a atardecer. Subieron al carro y partieron.

Es de noche y ya son cuatro. Van dos mujeres atrás. El carro rompe la noche en las calles pequeñas y quebradas sin iluminación. Sus faros guían como si atravesaran un mundo post apocalíptico. Alrededor construcciones muertas y oscuras, rayadas con mensajes ilegibles. Alguna ventana iluminada, una en medio de la nada. Puertas, rejas, entradas, todo cerrado como si dentro de sus muros se cometiera un crimen, una violación, una muerte, como si encerraran todo el horror en una gran caja de pandora, aquí y de verdad. Poco a poco las afueras comienzan a transformarse en el centro, primero una lámpara, luego otra, colgando tristes de sus postes. Una persona, dos; un carro, más carros. Como llegar a un oasis. Y motores, gritos, risas, pláticas, de ningún lugar pero por todos lados. Se detienen frente a un local brillante, ruidoso. Descienden riendo, los esperan cuatro hombres de mirada perdida. Los registran, les cobran. Entran.

Caos, todo es un caos. Cuerpos sin rostros en la oscuridad a veces rota por flashazos de luz blanca, verde, azul, roja. Sudor, mucho sudor, olor a cigarro, a alcohol. Y los cuerpos son una provocación, un llamado al instinto, una punzada a la naturaleza; retorciéndose y tallándose unos con otros, invitando como alguna danza ritual destinada a convocar dioses olvidados. No tienen ojos, y por lo que se ve, pueden no tener alma. Beben, ríen, fuman, se gritan; pero sus gritos no son escuchados, ni sus ruegos, ni por ellos ni por su dios. Y está el ruido, endemoniado, feroz, salvaje, primitivo, invasivo como una violación auditiva; repetitivo, básico, sexual, insidioso. Está en todos lados, taladra la cabeza, destroza los oídos, vibra en el pecho. Y es sólo basura, pero este lugar no podría tener otra música pues es la descripción de todas las almas que se contonean en él como si estuvieran en el infierno y la música fuera el fuego mismo del adversario; este ruido es el mundo y es su resultado y vaticina su destrucción, como un profeta corrupto, sucio e innoble.

Pasado un rato acude al baño.

Cuando cruza la puerta el ruido queda atrás sordo, pero aún se siente en el pecho. Hay luz, mucha luz blanca, lastima los ojos acostumbrados a la penumbra exterior. Huele a cloro y a heces y a orines. Son tres privados con sus puertas abiertas, una de las tazas está sucia. Papeles por todos lados, hechos un nudo. En las paredes se adivinan los mensajes pornográficos, los dibujos arcaicos de mujeres desnudas y expectantes, destinados a satisfacer un deseo que nunca cesa sino que quema y consume y corrompe. Orina en uno de los mingitorios. Se para frente al espejo, se lava las manos, mira su rostro y sonríe. Sale de nuevo al mundo, que lo recibe con negrura y ruido y odio. Y la puerta se cierra a sus espaldas y queda el blanco y el agua pálida, pues los orines y la pureza ya son uno.

Está de pie, cansado de bailar, cuando empieza como un murmullo que se expande desde la entrada hasta su mesa. Es la gente, es el miedo, pues el miedo logra callar el ruido y el murmullo se vuelve más grande y el miedo más poderoso y no hay rincón que no se entere que algo sucede y que no puede ser bueno. Un impulso recorre su espina, es la tensión de la manada, la sensación de peligro, la sobrevivencia que inyecta adrenalina y nunca se volverá a sentir igual de vivo. Se escuchan detonaciones, retumban como las trompetas del juicio por todo el lugar, y se extienden clamores y su pecho se torna caliente y húmedo, y sólo alcanza a mirar hacia los fogonazos, pero sus ojos lo abandonan y poco a poco sólo ve su caer, su desplome, y el techo. Ya no hay ruido, ha cesado, ya no ve, sólo la negrura que lo vuelve a recibir ahora y para siempre. Muere ahí, tirado en la alfombra, bañado en alcohol y pedazos de vidrio, sin pensar nada, sin decir nada. Ni una queja, ni un sonido. Nada. Ni un recuerdo. Nada.

bplg.

jueves, 18 de agosto de 2011

Ana (1)


Cuando la conocí supe que era peligrosa. No necesitaba hablarle siquiera, era un sano y bellísimo ejemplar de lo que gustaba llamar ‘los eternamente jóvenes’, todas esas personas que aún mantienen la revolución y la imaginación siendo adultos. Era desenfadada, sarcástica, ácida y tenía un serio problema con la autoridad. Por mi parte, estaba en un momento de la vida muy plano, tenía un trabajo sin futuro, hacía el amor de vez en cuando con una chica que me amaba y a quien yo no amaba,  rumiaba el dolor de haber perdido lo que en ese tiempo consideraba el amor de mi vida; y  gastaba el tiempo libre entre ensamblar una decente banda de rock y el ocio. A pesar de ir aún a la deriva, ya no me encontraba tan a la deriva. Ya no era tan joven, y la revolución y la imaginación terminaron conquistadas por el sistema. 

Respecto a la belleza de Ana debo decir que no lo era en un sentido común. Más bien era curiosa. Tenía unas piernas larguísimas y preciosas, era delgada en extremo y tan blanca que con la luz del sol llegaba a deslumbrar, usaba el pelo largo, apenas abjo de la nuca, y fumaba como si quisiera suicidarse. También tenía su cara demasiado fina, una nariz pequeña y redonda, y sus pies y manos eran un completo descuido. A pesar de todo el conjunto era muy atractivo, demasiado atractivo, tenía el no sé qué que qué se yo que hace volvernos locos a los hombres; era, y no hay mejor definición, lo que Poe llamaría ‘una virgen radiante’. Y en primera instancia locura no fue lo que sentí. Más bien una implacable curiosidad, me daba la impresión que tenía algo que decir que yo no había escuchado antes y que nadie más podría decirme. Era como si tuviera un secreto valioso y extraño. 

Comenzamos a salir. Íbamos al cine, a cenar, a convenciones, o sólo a hablar. Era una gran conversadora y tenía mucha cultura, podíamos empezar discutiendo sobre Pereira y terminar destrozando a García Márquez–destrozándolo yo, ella era fan-. Era una gran mujer. Ahora a la distancia me doy cuenta que nuestras conversaciones siempre eran sobre gustos, críticas o vivencias cotidianas. Nunca llegamos a hablar de temas personales, ni de sentimientos, no porque yo no quisiera, sino porque tocar el punto sería obligarla a entrar en un lugar en el que con seguridad no quería estar. Todo lo que supe fue lo que logré armar de frases soltadas aquí y allá. Además, yo ya sabía que tenía novio. 

Vivía con un escritor de poesía y prosa llamado Alberto en una pequeña azotea del centro de la ciudad. Era un tipo moreno y chaparro, de pelo largo, con excéntrico gusto para vestir y facciones que lo hacían parece una señora o un travesti mal arreglado. En resumen, era muy feo. Pero era agradable, pacífico y tenía mucha labia, aunque me doliera aceptarlo, pues sabía un poco de libros y de cine, no le daba pena hablar de sus conocimientos o sus ideas y aprovechaba estas ventajas para ligarse mujeres. Nunca llegué a leer un poema suyo, pero sus cuentos no eran malos y se podía ver el diamante en bruto. Lo triste es que nunca logró querer a Ana.

Habían abandonado la universidad para emprender su matrimonio no legal, perdiendo el apoyo de sus padres en el proceso, pero siguiendo su corazón como románticos empedernidos que eran; así que por las mañanas se la pasaban haciendo el amor, comiendo o conversando. Después, mientras Alberto se dedicaba a ‘crear’ –término que ellos utilizaban para referirse al huevón arte de escribir-, Ana pasaba sus tardes fotografiando niños en un estudio, ganando apenas lo suficiente para la renta del cuarto, para tener un poco de comida en casa, y para los cigarrillos de ella -Alberto no fumaba y era un vegetariano estricto-. Muchas tardes pasamos intentando hacer reír bebés que con su mirada histriónica nos recordaban lo intrascendente del acto. Ana lo hacía feliz, entre risas y bromas, parecía divertirse. Yo no estaba seguro de querer estar ahí. Como fuera, una sensación de injusticia y celos me coqueteaba cuando la veía todos los días acudir a su trabajo mientras su novio se dedicaba a dormir y a leer. Nunca dije nada porque sabía la fe que tenía en el escritor. Creía que algún día alguien notaría el talento de su pareja, y le publicarían sus libros, se haría famoso y viajarían por toda América ayudando niños hambrientos y defendiendo a los indígenas de las injusticias de este añejo e insensible mundo capitalista. Su novio, como suele pasar, tenía planes muy diferentes. 

Recuerdo la primera vez que la engañó, fue un catorce de agosto. Lo recuerdo con mucha claridad porque también fue cuando supe que la amaba. La historia es muy sencilla, salió del estudio, pasó a comprar las frutas que cenarían -¿quién cena frutas?- y llegó al cuarto para encontrar a Alberto en posiciones non sanctas con una amiga en común y en un colchón que terminaría de pagar con otros seis meses de bebés histriónicos. La escena terminó como telenovela con las frutas en el piso, una mujer tapándose las desnudeces con una sábana rota y sucia, y un Alberto persiguiendo a una Ana mientras recita frases incoherentes y comunes. En realidad llevaba meses engañándola y fue la mejor manera que se le ocurrió para abrirle los ojos, nadie atrapa a nadie de una forma tan estúpida. O eso quiero pensar. Como fuese, recibí su mensaje no muy entrada la noche, y acudí a su llamado. Nos vimos en una banca de las que bordean el río, justo frente a una de las farolas blancas del bulevar. Estaba destrozada, sentada completamente sola con la cara entre las manos y sin poder parar de llorar. Nunca he sido muy bueno para ese tipo de situaciones así que solo le eché un brazo al hombro y esperé que ella diera el primer paso. Fue media hora de sollozos y moqueos. Después paró, dudó un momento, se quitó las manos y me miró. Recuerdo sus ojos, sus preciosos ojos negros, y fue como si todos los poemas del mundo me golpearan el cerebro al mismo tiempo, como si todas las canciones sonaran en mi mente y así cumplieran la misión para la que fueron creadas, como si el amor y la belleza se definieran y se explicaran en ese preciso momento con esa precisa mirada,  como si todas las pinturas jamás hechas perdieran su valor ante tanta hermosura y se volvieran tristes imitaciones opacas de la vida, fue el alfa y el omega, el todo y la nada. También fue un momento muy doloroso para ella, sentada ahí tan patéticamente sola, con el faro evidenciando su rostro desencajado e hinchado por el llanto. Comenzó a contarme el episodio, a grandes rasgos y sacudida por repentinos moqueos, mientras yo buscaba en mi enciclopedia mental de frases alguna que pudiera reducir su carga y aliviar un poco su dolor. Lo que fuera, un chiste, un consejo. Algo. Pero nada vino, y continuamos sentados ahí, yo escuchándola y ella haciendo catarsis. Del dolor pasó al coraje y luego a la resignación. Fue una noche larga, pero nunca me sentí tan cerca de ella como entonces, y nunca lo volví a estar.

A raíz del incidente comencé a albergar algunas esperanzas en mi corazón. Intenté aprovechar la situación llamándola y procurándola. Alberto se había ido para cuando Ana regresó al cuarto, así que pude ir a visitarla en su azotea algunas noches. Era un bonito lugar, se podía ver el río y la ciudad y además estaba ella, con aire triste y de regaño, pero confiaba que con tiempo estaría mejor. Cociné muchas veces, ella no sabía cocinar, y me quedaba hasta tarde viendo películas. 

Nunca intenté nada por miedo, pero me justificaba la cobardía diciéndome que seguía el viejo código samurái y que respetaba el luto de una dama. Me arrepiento. Ana parecía ir mejorando, incluso llegué a pensar que por mí, hasta que descubrí que mantenía contacto con Alberto por mensajes o que incluso se habían visto en ocasiones. Cerca de tres semanas después del incidente llegué a la azotea y lo encontré instalado de nuevo. La decepción fue tremenda, los poemas abandonaron mi mente, la música cesó, las pinturas recuperaron su color. Por fortuna el alfa y el omega, el todo y la nada, siguieran siendo el alfa y el omega y el todo y la nada. Por desgracia, eso inauguraba los ciclos de separación que Ana y Alberto llevaban a cabo con escalofriante exactitud: él metía mujeres al cuarto para que ella los encontrara, luego ella lo perdonaba y comenzaba el ciclo de nuevo.

bplg.

domingo, 17 de julio de 2011

Presagios.

Año 12-Casa. Profetizaron los magos con las luces del cielo. Mucho tiempo se les vio.  Del lado donde muere el sol, de ahí salieron y vinieron a caer donde nace, con un ruido como de cascabeles. Causó desazón y miedo, hablaba la gente. Fue por el lado de Tlatelolco, hacía allá fuimos los guerreros del día, hacía allá fueron los guerreros de la noche, allá llegamos y buscamos. En sus ojos atemorizados estaban los tlatelolcas, y nos decían: ‘Vuélvanse mexicanos, mal presagio’ y nos hacían señas y nos daban de gritos. 

Tres piedras como cristales fueron los que cayeron, y tres tlatelolcas las tomaron. De la casa de Calcotl: su mujer, su hijo y el mismo Calcotl. Perdimos a los grandes pero al joven lo seguimos hasta la ciudad y avanzando en la carrera su cuerpo se prendió de llamas, pero no se consumía sino que se mantenía corriendo. Y los guerreros de la noche se daban valor entre ellos, pero todos temíamos pues nada así habíase visto antes. A la casa de Hitzilopochtli entró y por sus llamas la hizo arder. Se daban voces los mexicanos para apagar el fuego, pero no hubo agua que lo calmara sino que consumió todo, todo el templo devoró. El muchacho seguía corriendo.

Axayácatl, orgulloso guerrero de la noche, guerrero Jaguar, lo derrotó. Todos los dardos usamos pero ningún daño le hacíamos, como si lo protegiera el fuego, como si lo cuidara la roca. Lo atravesaban las lanzas, lo herían las macanas pero no caía sino que peleaba. Caían los águilas, caían los jaguares abrasados por su fuego, y se plagó el lugar de un olor como a carne quemada. Hasta que con su mazo lo separó de la piedra el jaguar Axayácatl , de un solo salto. Al templo de Xiuhtecuhtli fue a caer, tan fuerte fue el golpe del guerrero que vino a ser su caída como un rayo que hería el templo. Las llamas consumieron al muchacho, nada de él quedo, ni intestino ni hueso. La piedra en el suelo, pero ninguno la tomaba sino que se decían: ‘Llamen al sacerdote, hay que llamar a los sacerdotes’.

Tampoco quisieron tocarla, tampoco quisieron levantarla. Ya bailaban y cantaban y recitaban, pero no sabían qué hacer. Se quedaron deliberando, conversaban, discutían sobre lo que harían con la roca.  Fuimos los guerreros tras los otros, la mujer y Calcotl. Nos dividimos la ciudad, cada quien su zona, cada quien su área, los Águilas y los Jaguares. Cayó la noche y entre las casas seguía la búsqueda, pero algunos fuimos a la casa del Águila a comer y a beber, a remendar los escudos, a afilar las lanzas, y a tomar los dardos. Apenas probábamos bocado y de afuera llegaron gritos como de una mujer que decía ‘¡Hijos míos, ¿qué será de ustedes?!’ y decía ‘Ahora que llega el fin ¿a dónde los llevaré? ‘, y los gritos eran tan tristes que nos tardó en regresar el coraje y el valor al cuerpo. Y nos mirábamos entre nosotros y unos decían: ‘Es un fantasma’ y otros: ‘No salgamos, guerreros, no salgamos’. Nuestro capitán dijo: ‘Guerreros mexicanos, tengan valor y sean fuertes pues de lo que hagan y resulte esta noche de eso han de hablar sus hijos, así es como serán recordados. Somos mexicanos, somos águilas’, y afuera salimos gritando.

Señas nos hacía la gente, a la mujer hallamos, y andaba como si flotara, como si no tocaran sus pies el suelo, la perseguimos por calles, por los callejones. Guerreros de luz que igualarían en velocidad al venado pero no acortábamos distancia, sino que al llegar al lago desapareció. Y la gente que lo miró gritaba, y veíamos el agua pero en ella no estaba.  Del lado del Ixtapalapa llegaron susurros, que se volvieron rumos y gritos. Tenían capturada a la mujer los Jaguar. Hacía allá fuimos y nos preguntábamos cómo había llegado y si sería la misma mujer. Llegando la vimos y comprobamos que eran la misma, en la calle la tenían y la rodeaban y le preguntaban cosas, pero la mujer no contestaba sino que se abrazaba el vientre pues cargaba un guerrero en ella.

A nosotros vinieron mexicanos, Calcotl se encontraba en el lago. Se llevaron a la mujer presa y los guerreros acudimos al llamado. El lago comenzaba a subir, además, hervía, estaba caliente, todo el lago. Se desbordó y cubrió la calzada, las casas, todo lo mojó muy rápido. No paró la inundación hasta que Calcotl salió del agua. Ya cuando amanecía enfrente de nosotros salió. Pero su cuerpo se encontraba cambiado, era gris como de carne muerta y le salían unas como plumas negras de algunas partes. Vino agonizando y a nuestros pies murió. Buscando la piedra lo registramos pero no estaba. Lo llevamos ante Montecuhzoma y los magos, en la Casa de  lo Negro. Ahí lo abrieron los magos y encontraron la piedra. Cuando se la dieron al señor Moctecuhzoma dijo ver un cometa y las estrellas, pero a la segunda mirada le pareció ver gente que venía en lontananza montada como en venados y haciendo la guerra. Pero nada veíamos cuando la mirábamos los demás, sino negrura.

Se decidió matar a la mujer ese mismo día. No en sacrificio, pues su carne ya no era buena. En la misma Casa de la Negrura fue tomada por los magos. Cuando se sacó el guerrero de ella se vio que venía deforme, pues tenía dos cabezas. Mas ya estaba muerto. Se decidió callarlo todo, y las piedras fueron enterradas por los magos en un lugar donde sólo ellos supieron.

Ésto diez años antes de la venida de los hombres de Castilla.

bplg.

jueves, 30 de junio de 2011

El navío.

 Cierto mes de octubre me encontraba embarcado en un antiguo navío con un destino que mi memoria ha decidido olvidar. Llevaba al menos cuatro meses de travesía cuando los días cambiaron de manera abrupta, de mañanas soleadas y claras, a mañanas de densa bruma que hacían parecer el barco como un animal ciego y  moribundo que se arrastra por el mar buscando un lugar para morir; las tardes, antes calurosas y brillantes, se tornaron nubladas, grises como lo inanimado  y provocaban la ilusión de parar el tiempo pues resultaban larguísimas, casi eternas, además de frías a causa de un extraño viento surgido de algún punto del horizonte, viento que prensaba los huesos como si pudiera colarse por los poros de la piel; las noches breves, alegres y vivas se volvieron retratos de lo que debe ser el limbo, pues el barco flotaba a través de un cielo oscuro y sin estrellas con una pesadez que el navío parecía detenerse por momentos, como si el oleaje y el tiempo fueran pausados por capricho de antiguos y bromistas dioses.

Eran éstas las circunstancias a mediados de ese maldito octubre. Mi extrañeza por el cambio repentino del clima, y del ambiente en general, no afectó mi rutina: me despertaba temprano, tomaba frugales comidas y el resto del tiempo lo dividía entre leer, pintar y escribir; había encontrado que la nueva situación, por demás tétrica y lúgubre, me exaltaba la fantasía volviéndome un creador más prolífico.
Mi camarote se encontraba al final de unas empinadas escaleras que iniciaban en cubierta, por el lado de babor, y corrían paralelas a la quilla, de forma que el recinto se encontraba enclavado dentro del casco. Mi cuarto medía tres metros de largo por tres de ancho, y al entrar a sólo unos pasos se encontraba un pequeño ojo de buey que apenas rebasaba la línea de flotación; del lado izquierdo estaba mi cama y al fondo la mesa  y la silla, únicos muebles que me servían para leer o escribir; para pintar prefería el exterior pues la iluminación era más propicia y me encontraba enfrascado en plasmar momentos del paisaje marino.

Cierta noche me encontraba a punto de conciliar el sueño, recostado en el colchón mi mente daba vueltas por recuerdos y sonidos pasados, pero no lograba asir ninguno de ellos, no lograba materializar nada, sólo una sucesión interminable de imágenes fijas y de murmullos y de voces. De repente algo golpeó a mis pies. En realidad fueron cuatro o tres golpes quedos pero brillantes, tan rápidos que parecían haber sido sólo uno. Me incorporé y encendí la lámpara del escritorio que, lejos de provocar una iluminación excesiva, llegaba lánguidamente hasta la puerta del alojamiento donde se desvanecía sin ofrecer resistencia a la oscuridad. Me quede un momento observando la ventanilla y la puerta, orígenes del sonido y muy cercanas entre ellas, pero lejanas a mi pues se encontraban a mis pies. No pasó nada, y con un poco de tiempo obtuve el valor para acercarme con cuidado al orificio. Por un efecto óptico no lograba ver  nada, todo era oscuridad a través del ojo de buey. Abrí la puerta, quizás había equivocado la dirección del ruido, pero de nuevo sólo negrura. Me sentí muy sólo. Más sólo que ninguna vez en mi vida. Cerré la puerta y volví a sentarme en la cama.

Apagué la luz y me quedé meditando, pensando en mí, en mi vida. De pronto escuché el sonido brillante una vez más. Me encontraba más alerta y pude precisar con seguridad que el ruido provenía de la ventana. Me acerqué con miedo y gracias a la oscuridad exteriro pude distinguir una mancha rosácea que cubría casi todo el cristal. Mis ojos y mi cerebro buscaban con desesperación la forma necesaria  para otorgarle un nombre al objeto. Acerqué mi cara con lentitud buscando captar algún detalle y percibí, de repente y con toda seguridad, que lo que fuera esa mancha rosácea se encontraba viva. Sentí algo cercano al pánico. Me petrifiqué. Mis ojos y mi cerebro encontraron la respuesta, era una cara. Un rostro humano.

Era una persona, o parecía serlo. No distinguía sus rasgos, pero los juegos de sombras lograban darme una idea de dónde se encontraban sus ojos, su nariz, su boca. Pareció alejarse unos segundos del vidrio, como si buscara mirarme mejor, después con su mano tamborileó los dedos sobre el vidrio y se ocultó, como si se dejara caer. Ese había sido el sonido que dos veces me había perturbado. Con una velocidad increíble sopesé todas las posibilidades ¿hombre al agua? ¿un animal? Viejas historias de sirenas y marineros emergieron del olvido. ¿Qué hacer? Con precipitación y sin siquiera tomar un abrigo, subí a cubierta y me incliné sobre el barandal en el punto en que calculaba debía estar la ventana de mi cuarto.

Ni un movimiento, ni un sonido. El mar parecía espeso, viscoso, inmóvil, sin oleaje. El casco y la cubierta eran un cementerio. Seguí observando hacía abajo, alternando a mis lados, a cubierta, al hoyo de la escalera. Nada. Estaba seguro de no haberlo soñado, y de no estar loco. Mientras miraba fijamente el agua, me pareció percibir sombras extrañas sobre su superficie. Eran partes oscuras que se encontraban en posiciones ajenas a las que la luz de la luna proyectaría sobre las olas. Intenté buscar alguna forma humana entre ellas, pensando que quizás se trataba del hombre o mujer que había visto en la ventanilla de mi camarote, pero era inútil, parecían sombras aleatorias y caprichosas. Noté con interés que dichas sombras sólo se extendían unos cuantos metros más allá del casco, persiguiendo al navío en su lento vaivén, pues no había forma de dejarlas atrás. Un rápido vistazo por los alrededores me permitió ver que tenían completamente rodeado el bote. Me encontraba tan ensimismado en mis pesquisas que casi podría decirse que había olvidado el suceso del camarote, pero un nuevo evento me despertó de mi curiosidad: las sombras comenzaron a hacerse más intensas, y no tardé en notar que eran sólo la imagen de algo que buscaba salir a superficie de las entrañas de la negrura.

Todo sucedió tan rápido. Me encontraba doblado sobre el barandal cuando tuve la certeza de reconocer formas surgiendo del agua. Eran rostros, cientos de rostros humanos que me miraban, que se aproximaban a la superficie pero que a unos cuantos centímetros de ella se detuvieron, y se quedaron ahí, contemplándome. Después me aventé a ellos. ¿Por qué lo hice? No lo sé. En ese momento mi alma ya no tenía aplomo suficiente, se encontraba en un estado deplorable y los rostros… los rostros eran una invitación, una salvación.

Ahora estoy aquí abajo, en el frío y lo oscuro, mirando hacia arriba junto a ellos. Este es mi lugar, aquí pertenezco, por siempre.

bplg.

viernes, 17 de junio de 2011

El Elefante Azul.

–No se trata de creer –dijo Ansky–, se trata de comprender y después de cambiar.
Roberto Bolaño, 2666.

La tablilla era antiquísima y decía: ‘Voz del elefante azul: si una persona repite tres veces la palabra uka será llevado ante la divinidad’. 

El primer debate surgió sobre el tipo de elefante: asiático  o africano, después sobre su edad, su sexo, su lugar de nacimiento. Pronto hubo grupos de apoyo para todo tipos de elefantes de todas las edades y nacidos en lugares inverosímiles del mundo. 

Los científicos, por otro lado, discutían la posibilidad de que un elefante fuera azul. Una parte decía que se podía, otra que no. Esto agravó la situación, pues algunos argumentaban que el elefante era azul celeste y otros azul marino. También comenzaron a preguntarse el significado de la palabra mágica, el volumen con que debía pronunciarse, la entonación, la hora para decirse, y muchas otras variables.
Al paso del tiempo los grupos se enfrentaron buscando realzar la gloria del mítico elefante. En esa primera guerra el ganador fue el grupo del elefante azul cielo de 2 años, nacido en África, defensores de que la palabra uka debía pronunciarse a un volumen moderado los lunes a las tres de la mañana durante todo el mes de octubre. 

En realidad, no importa quién triunfó, con el paso del tiempo volvían a surgir más y más partidarios de diversas corrientes. Y así sigue siendo hasta el día de hoy.

De vez en cuando alguna que otra persona era tomada por la divinidad, pero como nunca se les escuchaba decir las palabras no lograron esclarecer el misterio sobre la pronunciación, volumen y circunstancias correctas. Se les dejaba morir en el olvido, y se continuaba la discusión.

bplg.

domingo, 12 de junio de 2011

El honor y el tiempo.

Muchos se preguntarán cómo es que inició todo. Yo no sé cómo inició, sé cómo va a terminar. Y ese es el legado que dejo, no a futuras generaciones, porque no las hay, sino a cualquier civilización que pueda encontrarse con la ceniza de lo que alguna vez fue el espíritu de nuestra cultura. Ésta es la historia de los últimos humanos,  de su última batalla y  de cómo al final no hubo ni vencedor ni vencido, sino que el bien y el mal fueron un parpadeo en el tiempo.

Corre el año 333 del Tercer Ciclo, venimos combatiendo a las  fuerzas de la Resistencia desde Atrenda, nuestro hogar; combatimos en Efinyo, en Ópalus; uno a uno los planetas del enemigo, sus satélites, su vida fueron conquistados. Luchamos en las lejanas estepas del Sol, y logramos llegar a las mismísimas puertas de su ciudad, Lezeia; antes alma del mundo civilizado ahora sólo ruinas, podredumbre y dolor.

El sitio duró meses. Dentro de los muros devoraron lo que pudieron, devoraron a sus hijos, a sus amigos, a sus mascotas, a sus compañeros. Bebieron su orina, bebieron su sangre. Cuando la energía se agotó y las armas pararon, soltaron las bombas. Pero no a nosotros. Arrasaron con todo lo que había detrás: nuestras casas, nuestras esposas, nuestro pueblo, nuestros planetas. Luego abrieron las murallas y nos enfrentaron. Peleamos cuerpo a cuerpo, con cuchillos, con lanzas, con nuestros puños y con nuestros dientes. Peleamos por la vida, pero a la vez, peleamos por el fin de ella. Cuando el humo y la bruma se disiparon, cuando el grito y el llanto cesaron, cuando la sangre se coaguló y los gusanos brotaron de los cuerpos; entonces nos detuvimos y miramos. No quedaba nada, ni luz ni vida, sólo hombres solitarios, asustados, y la oscuridad. 

Esa noche nos reagrupamos. Veíamos las luces de su campamento. Quien ganara regiría el universo conocido. Los rebeldes decidieron huir. Partieron a las estrellas, atravesaron todos los sistemas conocidos y, como parte de una irónica profecía, llegaron hasta el planeta Tierra, alguna vez origen de nuestra raza, hoy otro cementerio antiguo y olvidado. Los seguimos por toda la galaxia. Fue una carrera alocada, frenética, sin sentido. Sabíamos que no habría retorno. Nuestra civilización había sellado su destino años atrás. Era el fin. 

En un intento desesperado los fugitivos activaron su máquina de tiempo, la persecución continuó en el flujo temporal. Su energía se agotó y nos detuvimos en un pasado remoto, el año 1942 E. C., fecha del Primer Ciclo. Abajo, nuestros antepasados peleaban contra las pesadillas de sus tiempos. Arriba peleábamos con las nuestras. Nuestro Omega.

La historia tiende a repetirse de manera cíclica. Es lo que dicen los sabios. Es lo que nos enseñó el tiempo. Si éste es nuestro fin ¿en quién se repetirá la historia? Es un viaje sin retorno, ninguna nave tiene energía para volver. En cierta forma fue un suicidio, estábamos demasiado cansados. Mañana moriremos sin que nuestros antepasados sepan que su fin está ocurriendo. Ellos seguirán soñando y profetizando su extinción futura, pero estará ocurriendo justo encima de sus cabezas. Nosotros… nosotros sólo tenemos el honor y el orgullo, y esa implacable necedad que nos obliga a extinguirnos en un gran lamento, en un festín de luz y poder. Extinguirnos como se extinguen los soles.

bplg.

miércoles, 8 de junio de 2011

Sobrevivencia.

Mi nombre es Despertar; Yahvé tu Dios me ha mandado por ti. El Armagedón está llegando a su fin, el Adversario será derrotado y destruido, y el Reino de Dios se instaurará en la Tierra por la eternidad. Has sido llamado  porque tienes una misión que cumplir en la batalla decisiva. No es cualquier misión, es una misión divina, pronunciada por la mismísima boca de Yahvé. Escucha, pronto se te harán llegar las instrucciones, pronto todo será revelado. Deberás tener fe, y a cambio tendrás el cuidado y la bendición del cielo, serás recompensado y tu alma será salvada. No debes tener miedo al cumplir tu tarea y tu brazo no debe flaquear. Ahora despierta, guerrero. Es hora.

El reverendo despertó de golpe. Su mente trató de atrapar algo, de aferrarse a un pensamiento escurridizo. Anotar. Recordar. Buscó al lado, en su mesita de noche, tomó la pluma y la libreta preparadas para la ocasión. Garabateó todo lo que podía recordar del sueño, debía aprovechar mientras los recuerdos se mantuvieran frescos, antes que el transcurrir del día sepultara las palabras del ángel. Porque tras cinco días de vislumbrar al ser luminoso y lánguido, que hablaba con autoridad y que repetía el mensaje una y otra vez sin cambiar una sola palabra, el reverendo se había convencido a sí mismo de que se encontraba ante la presencia de un ángel. 

Se giró sobre la cama para ponerse sus pantuflas. A pesar de sus setenta años, el reverendo aún conservaba cierta agilidad. Miro su libreta, había escrito lo mismo que el día anterior, con ligeras variaciones. Era difícil recordar las palabras exactas, pero la idea era la misma. Una misión. Meditó un momento. A través de las paredes de su cuarto, el rumor de movimiento en el monasterio se filtraba y lo hacía tener la sensación de ir tarde, de haberse quedado dormido. Pero el reloj de pared marcaba apenas las siete. -La visita, quedan pocos días- murmuró y se levantó para cumplir con sus oraciones antes del almuerzo. Era un hombre con demasiada fe.

El monasterio, una vieja fortaleza anterior a los días de la guerra, se encontraba en la parte más alta de la montaña que coronaba la ciudad y a pesar de lo difícil que era su acceso, cruzando una estrecha carretera plagada de curvas y voladeros, había sido seleccionado para la celebración del convenio entre la Federación Norte  y la Iglesia Neocristiana. Al principio corrió el rumor de que el líder de la federación acudiría, pero el paso de los días confirmó que sería su primer ministro quien tendría el honor de representarlo. Por el lado de la iglesia Neocristiana, su líder máximo, el Profeta Vivo, había confirmado su presencia al acto.

El reverendo terminó sus oraciones y no necesitó mirar el reloj. Sabía que se había demorado cuarenta y cinco minutos, siempre fue así, incluso en los peores días de la guerra; mantener la rutina había sido una válvula de escape para no enloquecer. Además, era su manera de rendir honor a los caídos. Después, un poco de ejercicio y darían las ocho. Tiempo suficiente para ponerse el uniforme y reunirse en el comedor.

Cerró la puerta de su cuarto, y comenzó a recorrer los pasillos. A su derecha, adornando las paredes grises, se proyectaban imágenes ampliadas de la guerra. La caída de Canadá, la reconquista de México, la batalla de Texas. Se detuvo ante esta última proyección. En la imagen, los soldados federales resistían atrincherados el ataque del ejército musulmán. Eso había sido antes del contraataque, cuando EUA había caído. Tocó la imagen. Él había estado ahí, había resistido con los últimos combatientes hasta que sonó la retirada. Larga noche. Retiró la mano y continuó su camino.

Más tarde, el reverendo se encontraba en su despacho, absorto en la traducción de la Nueva Biblia Neocristiana comentada por el profeta Buck. La tarde había llegado, podía notar el paso del tiempo por los ventanales de su despacho. Afuera, el patio soleado y amplio era pura tranquilidad, pero no tardaría en cambiar: a las 4 el monasterio abriría la puerta al personal de la Federación que se encargaría de organizar el evento de la siguiente semana. Es increíble la cantidad de cambios que se dan en poco tiempo, pensó, tuvimos que derrotar a los fanáticos para entender que lo mejor es encontrarnos del mismo lado la Federación y la Iglesia; y ahora en un momento clave de la historia puede que me esté volviendo loco. Suspiró. Se quitó las gafas y se recostó en el sillón. A su mente volvieron las imágenes del sueño, había meditado sobre él cada uno de los días que lo había tenido, y aún no podía decirse que tuviera una idea clara al respecto. Tras la revelación al profeta Buck era común escuchar historias de personas a las que la divinidad se les revelaba. La mayoría resultaban ciertas, aunque no faltaban los charlatanes. Pero sus años de experiencia le habían enseñado a guardar humildad y, sobre todo, a pensar antes de actuar. No quería ser la burla de la Junta Disciplinaria.

Se sobresaltó con los golpes en la puerta. Alcanzó a acomodarse antes de que la mujer atravesara completamente el umbral. Era blanca, muy blanca, pequeña, llenita, quizás apenas pasando los treinta años. Sus ojos tenían el brillo que tienen los ojos de los niños cuando el mundo aún es nuevo para ellos. Vestía extraño, un estilo anterior a la guerra, un estilo demasiado liberal: falda larga hasta los tobillos, una camisa delgada, de un amarillo pálido, sandalias cafés amarradas con un delgado broche y un pequeño morral de cuero. Mientras entraba se quitaba los lentes de sol.

Sonrío, y el reverendo pensó que era la sonrisa más franca que había visto en años. –Espero que no le moleste mi falta de educación, es que he esperado mucho para conocerlo, reverendo- estiró la mano a través del escritorio y después del saludo se sentó frente a él.
El reverendo salió de su asombro –¿Usted viene con la gente de la Federación? ¿Ya son las 4? Pierdo la noción del tiempo cuando me pongo a trabajar- y comenzó a guardar los apuntes y los libros en su cajón.
–Sí, en cierta forma es algo relacionado con ellos. Aún no son las 4 pero logré que me dejaran entrar. Son muy estrictos sus compañeros, pero no son inmunes a una mujer- contestó la visitante y después lanzó una risita.
–Es cierto, no somos de piedra- respondió el reverendo y forzó una sonrisa educada –Disculpe no haber acudido a recibirla- continuó - no esperábamos a nadie tan… temprano- intentó velar la acusación mirando el reloj del escritorio, apenas pasaban las tres.
–Sí, lo sé, los civiles no somos tan estrictos como ustedes. Tenemos muchas malas costumbres- respondió la mujer mientras seguía sonriendo –de todas maneras no llegué temprano para hablar del evento. Mi nombre es Ruth, mi apellido es mejor que no lo sepa y, bueno, no sé cómo abordar el tema, pero a mí también me ha visitado un ángel- su rostro se petrificó. La confesión dejó helado al reverendo. Clavó los ojos en los de ella, y una oleada de miedo sacudió su espina vertebral.

La tensión se rompió cuando Ruth se levantó, caminó al ventanal, lo abrió y sacó un cigarrillo de su morral. –Supongo que con lo que acabo de decirle… no habrá problema con el cigarro- dijo volviendo a sonreír. Encendió el cigarrillo, fumó y exhaló el humo con placer. Luego se volteó hacia el reverendo, que se había recostado de nuevo en el sillón y la miraba con curiosidad y asombro. Se recargó de espaldas en el alféizar de la ventana y comenzó –Hace más de una semana comenzaron los sueños. Sé que usted los ha tenido también pues la voz me lo dijo y, aunque no lo hubiera hecho, su expresión en este momento basta para saber que es cierto. Era un… ángel jeje… que se identificó como Mensajero. Me dijo que había una batalla, y que tenía una misión que cumplir. Me dijo que tenía que venir a buscarlo a este monasterio y transmitirle la información que me fue dada. Me dijo que usted ya estaría esperándome.- Miró al reverendo esperando una respuesta. Tardó unos segundo en llegar: –Perdón, es que esto es tan… extraño. Sí, he tenido sueños. A mi se me ha aparecido lo que considero un ángel, se llama a si mismo Despertar y me ha advertido de una misión que debo cumplir-
-Bueno, al menos sé que estoy charlando con el reverendo correcto. Sabe, primero creí que estaba enloqueciendo. Como aquélla mujer del sur que afirmaba ver al profeta Buck en su bañera ¿o era en el inodoro? Da igual, de todas maneras tuvieron que hospitalizarla- hizo una pausa -Pero después pensaba en todos los profetas menores que han ido surgiendo y que han establecido una comunicación verdadera con, bueno, Dios-

El reverendo se reincorporó un poco –Es cierto, me pasó lo mismo. He tenido accesos de duda. Las cosas han cambiado mucho desde los tiempos de Buck , su revelación nos trajo una guerra donde la Divinidad misma tuvo que intervenir para ponerle fin a todo ese horror. Fue la primera vez en muchísimos años que Dios se manifestaba al hombre. Y desde entonces no ha parado de hacerlo. Si me pregunta si creo que sea Dios quien nos está hablando, respondería que sí. He visto demasiadas cosas, además soy reverendo, y creo que el Armagedón está por fin a punto de terminar-
Ruth sonrió -¿Y no considera, reverendo, que también puede ser que todo esto de Despertar, de Mensajero y de los sueños sean obra del Adversario?- por un momento la atmosfera pareció tornarse sombría, el reverendo meditó un momento y contestó –El Adversario no se ha comunicado con el hombre desde los tiempos de Adán. Ni siquiera se manifestó cuando Buck reveló que el Armagedón ya había comenzado, que se encontraba en proceso. No, no lo creo. Quizás sepamos quién se está comunicando con nosotros hasta que sepamos sus intenciones-
-Esto le va a encantar, reverendo. Hace dos días otro hombre me visitó. Un ángel había hablado con él. Me llevó un artefacto explosivo, con su detonador y las instrucciones para operarlo. Me dijo que yo sabría qué hacer con él. Y sí, yo ya lo esperaba-. El reverendo junto las cejas, y recargó los codos en el escritorio. Ruth prosiguió –Las instrucciones son entregárselo a usted, y apoyarlo para sabotear el convenio. Tenemos que eliminar al Primer Ministro y al Profeta Vivo- una sonrisa iluminó su rostro.
El reverendo parecía no comprender, titubeó un poco y comenzó a frotar su barbilla. Al final murmuró –No tiene sentido, ¿para qué necesitaría Dios algo así?-
-Bueno, estamos hablando de una guerra, el Armagedón, que comenzó con la caída del imperio romano. Y esas no son palabras mías, es la revelación de Buck. Como ve, el final ha durado demasiado tiempo. Ese no era el plan de Dios, nunca lo fue. Él también tenía planeado un final como el de la vieja iglesia, con fuego y azufre; un final rápido y una victoria segura. Pero no contaba con que el Adversario fuera tan fuerte y nos haría resistir tanto. En realidad, el Adversario es quien nos ha mantenido vivos tanto tiempo, negándonos a cumplir la voluntad de Dios de, bueno, morir-
-Eso ya lo sé. Todo eso fue explicado por Buck. Los grupos religiosos reaccionaron de formas extrañas. Muchos cometieron suicidios o dieron asesorías a sus fieles para quitarse la vida. Los más virulentos se lanzaron a la guerra a cumplir el deseo de Dios de llevarnos a juicio. No de matarnos, un Dios de amor no pensaría nunca en matarnos, sino de llevarnos ante su presencia para tener juicio justo. Por eso tuvimos esta guerra. Por sobrevivencia. Porque pensábamos que cumplíamos la voluntad de Dios al regar la sangre de nuestros hermanos. Así fue asesinado Buck y muchos otros, hasta el día del Gran Lamento cuando Dios se manifestó y pidió detenernos. Él fue muy claro, dijo que nos tomaría cuando fuera su voluntad, y que no necesitaba nuestra ayuda para terminar el Armagedón-
-Todo eso también lo sé, reverendo. Soy joven pero viví los últimos días de la guerra. Lo preocupante es que, según Mensajero, en el día del Gran Lamento no fue Dios quien habló, sino el Adversario-. Guardaron silencio durante un momento. El reverendo comenzó a pasearse por el despacho. Ruth ya no fumaba, sino que miraba el patio con aire de distracción.
-No puedo concebir la idea de un Dios que busca dividir a su creación, que busque enemistarla para que se maten los unos a los otros-
-No para que se maten- interrumpió Ruth –para que sean llevados a juicio- El reverendo la miró un momento y continuó –Este convenio marcaría el inicio de otra etapa de paz, marcaría el inicio de un gran momento histórico. Y usted no puede hacerme creer que Dios desea que volvamos a los días de la guerra, a toda esa muerte -
-No intentaré convencerlo de nada, reverendo. Mi labor es informarle y darle su, bueno, herramienta. El convencerlo o no se lo dejo a su conciencia y a su ‘ángel’. Sólo déjeme preguntarle algo ¿si la voluntad de Dios fuera destruirnos, la aceptaría o no?-
-Uno debe aceptar la voluntad de Dios sobre cualquier…-
-¿Y el Armagedón, cuándo ha sido otra cosa que el holocausto de la humanidad? Piénselo. Mientras…- Sacó del morral un objeto cuadrado de apariencia pesada y otro más pequeño, del tamaño de un dedo –Y asegúrese de ponerlo cerca de los dos, no podemos fallar.

* * *

…del Primer Ministro, quien sobrevivió gracias a la oportuna intervención de su cuerpo de seguridad y a la falla en la manufactura del objeto explosivo. Por otro lado, el Profeta Vivo se encuentra estable en el Hospital Fin de la Agonía del centro de la ciudad, tras la ligera crisis nerviosa presentada después del ataque. La policía arrestó al hombre que detonó el explosivo, al parecer una persona del mismo Monasterio; y se encuentra haciendo las averiguaciones necesarias para encontrar a los cómplices…

Samuel apagó la tele. Se quedó pensativo. –Tu desayuno, se va a enfriar- dijo su mujer con enojo.
-Sí, perdón. Es sólo que… he tenido este sueño. En realidad van dos días que lo tengo. Y veo lo que parece ser un mensajero de Dios, que me advierte sobre todo esto de la bomba. Me dijo que cuando fallaran, la batuta de la batalla me seria pasada a mí. Que se me informaría qué hacer. Loco, ¿no?

bplg.