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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Una revelación (en tres actos). Primero.


1.

Esto tiene que ser una broma, pensé. Pero no, ahí estaba, justo frente a mí, flotando inmóvil en el cielo azul de agosto, resplandeciendo y tronando en miles de voces que glorificaban al padre celestial. Había cientos de personas salidas de quién sabe qué lugar, la calle estaba repleta y todos señalaban al cielo y estoy seguro que cuchicheaban y murmuraban, porque movían sus bocas, pero yo no los podía escuchar, ¡ni siquiera ellos se podían escuchar!, tanto era el ruido de los cantos y de las trompetas y de todo lo que parecía una orquesta acompañando los coros. Para ese momento mi sorpresa había pasado, así que me puse a grabar con el celular, pensando en poder probar mi historia cuando la contara o qué se yo. Utilicé el zoom y me di cuenta que el objeto era un trono, un pequeño trono dorado, una silla pues, que flotaba en la nada y que lanzaba brillos y destellos y música de loas. Era uno de los muchos tronos que se vieron en el cielo por toda la tierra ese martes catorce de agosto, y que se quedaron ahí hasta hoy, ya tantos años después.

Lo sé, parecería surreal que hubiera sillas rimbombantes flotando por todo el mundo. Como de película. Eran unas sillitas doradas, brillando tanto que llegaban a lastimar los ojos si se veían con fijeza mucho tiempo; parecían de oro y no tenían detalles ni relieves, eran como unas simples placas de metal formando el asiento, pero su respaldo alto y su posa brazos le daban un aire de superioridad, de jerarquía. Eran, sin duda, mucho más grandes que cualquier silla terrestre, como si estuvieran esperando que un gigante las ocupara. Y además había muchos tronos, miles de ellos. En las noticias pasaron reportes desde las ciudades más importantes de la tierra. Las apariciones fueron hechas para que desde cualquier punto del globo se viera al menos uno de los asientos.  Era fantástico.

Y la música... Música sacra, espeluznante y medieval. Ponía los pelos de punta. Los primeros tres días, como si los tronos quisieran notarse y que nadie se quedara sin advertir su presencia, la música sonó sin cesar, no dejaba dormir, no dejaba hablar, y no había lugar en el mundo donde se pudiera estar a salvo de ella. Era como un ataque, como si las sillitas nos atacaran de una forma que no pudiésemos defendernos. Pero no, al tercer día exacto cesó. Y en su lugar cada seis horas comenzaba una letanía, una oración, en un idioma desconocido y que los noticieros no tardaron en informarnos era arameo. Por lo demás, el rezo no decía gran cosa y era muy similar al padre nuestro. Ahora, lo interesante de verdad, suponiendo que todo lo antes dicho sea normal, era lo que estaba por venir.

La sociedad fue el caos. La gente comenzó a actuar de forma incoherente. Debo corregir: las personas siempre han actuado de forma incoherente y, por otro lado, ¿cuál era la forma coherente de actuar ante el fenómeno que presenciábamos? Hubo saqueos, hubo disturbios, la economía se paralizó, las religiones se radicalizaron, y ni contarles de la ola de suicidios que hubo; los gobiernos perdieron el control de sus países durante meses, surgieron profetas y guías mesiánicos, y todo fue el caos. Dentro de todo, algunos sectores de la sociedad guardaron la calma. A saber, el día de hoy se cuenta con registros de las primeras investigaciones hechas por científicos sobre los tronos. Son sorprendentes. Nunca se pudo llegar a ellos, a los tronos me refiero. Cuando se intentaban alcanzar flotaban más alto. La música no tenía origen, no provenía de los tronos y se escuchaba con la misma intensidad desde cualquier punto de la tierra. Las sillas no emitían radiación alguna, ni magnetismo ni nada cuantificable o mesurable. Se cree que llegaban a medir hasta 100 metros de alto, pero el dato no es exacto. Sólo desprendían luz. Mucha luz de alguna fuente de energía oculta. Y eso fue todo antes que el caos paralizara las investigaciones.

Luego comenzaron los juicios y las ejecuciones. Empezó como un rumor, luego fue una realidad tangible. Había personas elegidas entre nosotros. Personas elegidas por Dios para enjuiciarnos, para calificar nuestra vida en base a nuestras acciones y darnos un juicio, una sentencia, ya fuera de vida o de muerte. No había castigo, no había prisión; era vivir o morir. Todo inició muy discreto, pero se formalizó en el seno de la Iglesia Católica. Miles de personas comenzaron a tener el mismo sueño, eran visiones donde se les llamaba para cumplir con la tarea santa de enjuiciar a sus semejantes y se les explicaba que los tronos eran una muestra de la presencia de Dios y de la segunda venida del Cristo. Estos, los que soñaron, fueron los elegidos, los que después serían conocidos como ejecutores. Se les daba total libertad para juzgar, con sabiduría divina, y para sentenciar con crueldad humana. Pudieron pasar por locos pero fueron tantos y se multiplicaban tan rápido que la Iglesia los terminó acogiendo y se volvieron una de los más poderosos brazos católicos. Todos íbamos a ser visitados por uno de ellos, en algún momento; llegarían, nos saludarían y acto seguido nos dirían el veredicto. Si éramos hallados faltos nos matarían, si nos hallaban aptos simplemente seguiríamos.

Rebeca Rammer. Nueva República Cubana, Sierra Maestra.
¡Claro que fue el gobierno! El gobierno de Estados Unidos y todos sus amiguitos de siempre, los mismos lame culos que les apoyan sus estupideces todo el tiempo: Inglaterra, Francia, España, los países de segunda que buscan un poco de la gloria que cae de la mesa de sus amos y otros muchos países igual de ambiciosos. Ese montaje telenovelesco de los tronos y la música no fue mas que el pretexto perfecto para asesinar a sus enemigos con apoyo público. ¿O cómo explicar que los primeros en morir, en ser asesinados, fueron musulmanes? Esa provocación fue la que nos llevó a la Cruzada Moderna. Allá andaban los Estados Unidos y sus compinches dando guerra a los países árabes. Disfrazaron todo de religión pero como siempre, había intereses económicos y de poder. Petróleo. Hegemonía. Economía. Lo de siempre. Y luego la famosa alianza con la Iglesia Católica y sus ejecutores. Eso de darle luz verde a sus asesinos fanáticos para eliminar homosexuales, prostitutas, ateos, cultos menores, científicos y todo lo que no fuera católico, fue el acabose. Lo bueno es que para entonces yo ya había establecido contacto con el grupo de resistencia. Aún no teníamos nombre pero teníamos muchas ideas y ganas de darle paz al mundo. Es decir, no estábamos contaminados con ideas dogmáticas, no éramos como los locos de la bomba en el Vaticano, no, nosotros sólo queríamos regresar las cosas a como eran o incluso mejorarlas. No teníamos un plan de gobierno ni de nada. En serio que fuimos la única esperanza de la humanidad en esos tiempos tan raros.

Mientras los países estaban en guerra y mientras no nos visitaban los ejecutores, nos organizamos, nos armamos, reclutamos gente y nos lanzamos a hacer guerrilla. Pero no éramos un grupo local, cuando digo que nos organizamos me refiero a que en todos los países teníamos células que nos coordinábamos con precisión quirúrgica. Éramos una resistencia global, con presencia en todo el mundo. El plan era abrirles los ojos a las personas y detener a los ejecutores. Por fortuna los gobiernos no nos prestaban atención enfrascados en su Cruzada como estaban, pero la Iglesia católica sí organizó grupos de limpieza con sus verdugos. Fueron buenos combates, y siempre salíamos airosos. Digamos que con la Iglesia llevamos empate técnico.

Hoy las cosas se han calmado mucho. Todo mundo se sigue peleando con todo mundo, pero ya hay países enteros, pequeños pero enteros, que hemos liberado y que resisten a la Iglesia y su perrito de batalla, los Estados Unidos; gracias a los gobiernos provisionales que establecimos. Nos siguen atacando, y ya es una guerra formal, ya no somos una simple guerrilla, pero eso mismo nos hace más fuertes. Tener apoyo y esas cosas. Tener amigos, compañeros. Nos hace creer que se puede ganar.

A veces aún les disparo a los tronos sólo por diversión. Dicen que no hay forma de destruirlos. Pero a mí me da igual, de todas formas les disparo. Es relajante.

Esteban Franco. Madrid, España.
Primero me atacaban, me preguntaban por la autoridad para hacer lo que hacía. Se les hacía increíble que un ex convicto pudiera juzgarlos y ejercerles sentencia. Pero mis pecados yo ya los había pagado, y por eso fui elegido. Me lo dijo Dios en el sueño, me dijo que los asaltos y los asesinatos, e incluso la violación, ya las había pagado en la cárcel. Y que por eso me seleccionaba. Recuerdo que mi primer juicio fue un vecino, era Testigo de Jehová, y aquélla tarde me encontraba bebiendo cerveza y mirando el trono desde el porche de mi casa. Creo que ya lo esperaba o puede que al verlo haya entendido. Yo ya había tenido los sueños durante meses, y no perdí la cordura como muchos, sino que me sentí digno de la misión. Entonces lo vi, lo vi llegar muy contento con su trajecito y su corbata y su maletín de revistas y esas porquerías. Recuerdo que me levanté con un entendimiento interno y una claridad de ideas que nunca tuve en toda mi vida. De verdad que era la voz de Dios la que salía desde mi alma y me daba tranquilidad y me serenaba en mis acciones. Entonces fui y antes que entrara a su casa -pasó primero su esposa y su hija- lo saludé y le dije que tenía un mensaje de Dios. Le dije que había sido pesado en balanza y había sido hallado falto, esas palabras se me vinieron a la boca. Luego creo que me preguntó algo o me miró con extrañeza o las dos cosas. Como sea, le solté un disparo en la frente con mi vieja amiga de correrías, mi Beretta 92. Después entré e hice lo mismo con su esposa e hija. Pensé en quemar su propaganda pagana e incluso su casa, pero me dije: si esto fuera voluntad del señor no tendría duda en hacerlo. Y mejor no lo hice. 

Me arrestaron y me llevaron a la comisaría pero nunca tuve miedo, siempre supe que Dios estaría conmigo. En unos cuantos días vino un cura a liberarme y fue quien me llevó con los demás ejecutores. Estaban organizados y en aquél grupo de buenas personas por primera vez me sentí en casa y, más importante, tenía un objetivo en la vida. De la noche a la mañana nos volvimos famosos, aunque la gente que me conocía de mi vida pasada todavía me recriminaba mis errores. Pero yo estoy en paz con Dios, sé que ya he pagado y sufrido lo suficiente. Mucha gente, incluso, me mira con odio antes de morir. No los entiendo. Está el tipo del que hablaron el domingo en misa, el tal Saulo que también tuvo que perseguir a sus hermanos antes de ser un apóstol y un santo. Él después consiguió una gran gloria, gloria que yo sé tendré y que ninguno de todos esos pecadores que he ajusticiado tendrá nunca jamás.

Mujahid Hakim. Cerca de Jerusalén.
Sólo salimos a defender la gloria de Alá. Nosotros también teníamos sus tronos flotando sobre nuestras cabezas, pero sabíamos que era obra de los infieles. Han venido queriendo guerra desde siempre, y se la dimos. Los cristianos no lo entienden, ellos siempre tendrás sus casas y sus familias y su dinero y sus cosas. Nosotros sólo tenemos fe, fe en Alá y en su profeta. Por eso venceremos. Sus tronos no nos asustan, es una obra de su iglesia, nos quieren confundir y atemorizar. Pero nos hemos preparado para esta guerra desde los tiempos de Mahoma, nacimos para defender a Alá y a nuestra fe, y para esparcirla por todo el mundo civilizado. 

No somos como los de la resistencia que buscan traer el comunismo y el socialismo, otros males de la humanidad, ni somos cristianos atacando cristianos, como los de la bomba en el Vaticano; nosotros no pararemos ante nada hasta barrer con los infieles que han venido a profanar nuestras costumbres y nuestras ciudades. Han insultado al cielo con sus espejismos y su música sacra, y han insultado la tierra con su apostasía y su liberalismo. Creen que venimos perdiendo la guerra porque cedemos terreno y nos lanzamos a las montañas a defendernos. Pero no hemos perdido nada, no perderemos nada, soltaremos las bombas en nuestro mismo suelo de ser necesario, barreremos con todo y con todos. Esa es la voluntad de Alá. Esos tronos ya son historia.


bplg.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Sobre Crisis Final.


Soy un lector ocasional de cómics. En realidad, sólo leo los que descargo o los que me prestan. No soy un comprador regular porque las historias son tan complejas y van tan avanzadas que es necesario haber leído todos los números y tie-ins anteriores para comprender un personaje o suceso. Aún así, poco a poco he armado el rompecabezas y tengo una imagen vaga sobre los héroes y sus historias más importantes. Sigo con más interés el universo DC porque en Marvel a menudo los personajes me parecen de telenovela.

El punto es que leí hace tiempo Crisis Final, un eveto importante de DC. La primera vez que lo leí me quedé perplejo y debo admitir que a ratos me aburrió. Era caótico y un tanto incomprensible. Y aún así, me quedé con la sensación de haber leído algo grande a un nivel subcosciente. Es decir, había una verdadera historia que no había logrado comprender.

Decidí lanzarme a la aventura de releerlo con más calma. Ya pasado tiempo, lo he leído fácil unas seis o siete veces: es genial. Es caótico e incomprensible, sí, pero también es paranoico, alucinante, trepidante, es como si Phlip K. Dick se hubiera metido una sobredosis de LSD y se hubiera puesta a contar una historia de Batman y Superman, de Linterna Verde y la mujer Maravilla. No he podido comprenderlo en su totalidad, y no creo hacerlo nunca, pero eso es lo que lo hace tan genial.Hasta Crisis Final creo que no comprendí el verdadero poder que el cómic tiene y que lo hace diferente al cine o al libro. El cine está limitado por el presupuesto y la teconología, los libros por la capacidad del escritor, pero en el cómic todo es imaginación. 

Crisis Final es un salto al vacío, es confiar en que todos esos sucesos incoherentes y sin sentido, todos esos brincos de tiempos y todos esos personajes desconocidos encajen en algún tipo de final o de clímax. Y sí, encajan, pero de una manera tan difusa que entiendo por qué tantas críticas negativas. Pero una historia de un dios del mal caído en desgracia que arrastra con su encuación de la antivida a todo el multiverso no puede terminar de otra manera. Es sólo que derrotar a un dioa a puñetazos, o salvar todo el multiverso con una explosión no basta. Se necesita una máquina de milagros, se necesita valor, coraje, heroísmo, compañerismo, se necesita un final para el que los héroes se prepararon desde el alba de la humanidad, se necesitan balas que viajan al pasado y se necesitan hombres más rápidos que la muerte y hombres que puedan dispararle a los dioses. Eso es Crisis Final, es la batalla contra un nuevo tipo de mal, un mal que sobrepasa los golpes y los planes maléficos, y es la historia de lo que se tuvo que hacer para derrotarlo.

miércoles, 8 de junio de 2011

Sobrevivencia.

Mi nombre es Despertar; Yahvé tu Dios me ha mandado por ti. El Armagedón está llegando a su fin, el Adversario será derrotado y destruido, y el Reino de Dios se instaurará en la Tierra por la eternidad. Has sido llamado  porque tienes una misión que cumplir en la batalla decisiva. No es cualquier misión, es una misión divina, pronunciada por la mismísima boca de Yahvé. Escucha, pronto se te harán llegar las instrucciones, pronto todo será revelado. Deberás tener fe, y a cambio tendrás el cuidado y la bendición del cielo, serás recompensado y tu alma será salvada. No debes tener miedo al cumplir tu tarea y tu brazo no debe flaquear. Ahora despierta, guerrero. Es hora.

El reverendo despertó de golpe. Su mente trató de atrapar algo, de aferrarse a un pensamiento escurridizo. Anotar. Recordar. Buscó al lado, en su mesita de noche, tomó la pluma y la libreta preparadas para la ocasión. Garabateó todo lo que podía recordar del sueño, debía aprovechar mientras los recuerdos se mantuvieran frescos, antes que el transcurrir del día sepultara las palabras del ángel. Porque tras cinco días de vislumbrar al ser luminoso y lánguido, que hablaba con autoridad y que repetía el mensaje una y otra vez sin cambiar una sola palabra, el reverendo se había convencido a sí mismo de que se encontraba ante la presencia de un ángel. 

Se giró sobre la cama para ponerse sus pantuflas. A pesar de sus setenta años, el reverendo aún conservaba cierta agilidad. Miro su libreta, había escrito lo mismo que el día anterior, con ligeras variaciones. Era difícil recordar las palabras exactas, pero la idea era la misma. Una misión. Meditó un momento. A través de las paredes de su cuarto, el rumor de movimiento en el monasterio se filtraba y lo hacía tener la sensación de ir tarde, de haberse quedado dormido. Pero el reloj de pared marcaba apenas las siete. -La visita, quedan pocos días- murmuró y se levantó para cumplir con sus oraciones antes del almuerzo. Era un hombre con demasiada fe.

El monasterio, una vieja fortaleza anterior a los días de la guerra, se encontraba en la parte más alta de la montaña que coronaba la ciudad y a pesar de lo difícil que era su acceso, cruzando una estrecha carretera plagada de curvas y voladeros, había sido seleccionado para la celebración del convenio entre la Federación Norte  y la Iglesia Neocristiana. Al principio corrió el rumor de que el líder de la federación acudiría, pero el paso de los días confirmó que sería su primer ministro quien tendría el honor de representarlo. Por el lado de la iglesia Neocristiana, su líder máximo, el Profeta Vivo, había confirmado su presencia al acto.

El reverendo terminó sus oraciones y no necesitó mirar el reloj. Sabía que se había demorado cuarenta y cinco minutos, siempre fue así, incluso en los peores días de la guerra; mantener la rutina había sido una válvula de escape para no enloquecer. Además, era su manera de rendir honor a los caídos. Después, un poco de ejercicio y darían las ocho. Tiempo suficiente para ponerse el uniforme y reunirse en el comedor.

Cerró la puerta de su cuarto, y comenzó a recorrer los pasillos. A su derecha, adornando las paredes grises, se proyectaban imágenes ampliadas de la guerra. La caída de Canadá, la reconquista de México, la batalla de Texas. Se detuvo ante esta última proyección. En la imagen, los soldados federales resistían atrincherados el ataque del ejército musulmán. Eso había sido antes del contraataque, cuando EUA había caído. Tocó la imagen. Él había estado ahí, había resistido con los últimos combatientes hasta que sonó la retirada. Larga noche. Retiró la mano y continuó su camino.

Más tarde, el reverendo se encontraba en su despacho, absorto en la traducción de la Nueva Biblia Neocristiana comentada por el profeta Buck. La tarde había llegado, podía notar el paso del tiempo por los ventanales de su despacho. Afuera, el patio soleado y amplio era pura tranquilidad, pero no tardaría en cambiar: a las 4 el monasterio abriría la puerta al personal de la Federación que se encargaría de organizar el evento de la siguiente semana. Es increíble la cantidad de cambios que se dan en poco tiempo, pensó, tuvimos que derrotar a los fanáticos para entender que lo mejor es encontrarnos del mismo lado la Federación y la Iglesia; y ahora en un momento clave de la historia puede que me esté volviendo loco. Suspiró. Se quitó las gafas y se recostó en el sillón. A su mente volvieron las imágenes del sueño, había meditado sobre él cada uno de los días que lo había tenido, y aún no podía decirse que tuviera una idea clara al respecto. Tras la revelación al profeta Buck era común escuchar historias de personas a las que la divinidad se les revelaba. La mayoría resultaban ciertas, aunque no faltaban los charlatanes. Pero sus años de experiencia le habían enseñado a guardar humildad y, sobre todo, a pensar antes de actuar. No quería ser la burla de la Junta Disciplinaria.

Se sobresaltó con los golpes en la puerta. Alcanzó a acomodarse antes de que la mujer atravesara completamente el umbral. Era blanca, muy blanca, pequeña, llenita, quizás apenas pasando los treinta años. Sus ojos tenían el brillo que tienen los ojos de los niños cuando el mundo aún es nuevo para ellos. Vestía extraño, un estilo anterior a la guerra, un estilo demasiado liberal: falda larga hasta los tobillos, una camisa delgada, de un amarillo pálido, sandalias cafés amarradas con un delgado broche y un pequeño morral de cuero. Mientras entraba se quitaba los lentes de sol.

Sonrío, y el reverendo pensó que era la sonrisa más franca que había visto en años. –Espero que no le moleste mi falta de educación, es que he esperado mucho para conocerlo, reverendo- estiró la mano a través del escritorio y después del saludo se sentó frente a él.
El reverendo salió de su asombro –¿Usted viene con la gente de la Federación? ¿Ya son las 4? Pierdo la noción del tiempo cuando me pongo a trabajar- y comenzó a guardar los apuntes y los libros en su cajón.
–Sí, en cierta forma es algo relacionado con ellos. Aún no son las 4 pero logré que me dejaran entrar. Son muy estrictos sus compañeros, pero no son inmunes a una mujer- contestó la visitante y después lanzó una risita.
–Es cierto, no somos de piedra- respondió el reverendo y forzó una sonrisa educada –Disculpe no haber acudido a recibirla- continuó - no esperábamos a nadie tan… temprano- intentó velar la acusación mirando el reloj del escritorio, apenas pasaban las tres.
–Sí, lo sé, los civiles no somos tan estrictos como ustedes. Tenemos muchas malas costumbres- respondió la mujer mientras seguía sonriendo –de todas maneras no llegué temprano para hablar del evento. Mi nombre es Ruth, mi apellido es mejor que no lo sepa y, bueno, no sé cómo abordar el tema, pero a mí también me ha visitado un ángel- su rostro se petrificó. La confesión dejó helado al reverendo. Clavó los ojos en los de ella, y una oleada de miedo sacudió su espina vertebral.

La tensión se rompió cuando Ruth se levantó, caminó al ventanal, lo abrió y sacó un cigarrillo de su morral. –Supongo que con lo que acabo de decirle… no habrá problema con el cigarro- dijo volviendo a sonreír. Encendió el cigarrillo, fumó y exhaló el humo con placer. Luego se volteó hacia el reverendo, que se había recostado de nuevo en el sillón y la miraba con curiosidad y asombro. Se recargó de espaldas en el alféizar de la ventana y comenzó –Hace más de una semana comenzaron los sueños. Sé que usted los ha tenido también pues la voz me lo dijo y, aunque no lo hubiera hecho, su expresión en este momento basta para saber que es cierto. Era un… ángel jeje… que se identificó como Mensajero. Me dijo que había una batalla, y que tenía una misión que cumplir. Me dijo que tenía que venir a buscarlo a este monasterio y transmitirle la información que me fue dada. Me dijo que usted ya estaría esperándome.- Miró al reverendo esperando una respuesta. Tardó unos segundo en llegar: –Perdón, es que esto es tan… extraño. Sí, he tenido sueños. A mi se me ha aparecido lo que considero un ángel, se llama a si mismo Despertar y me ha advertido de una misión que debo cumplir-
-Bueno, al menos sé que estoy charlando con el reverendo correcto. Sabe, primero creí que estaba enloqueciendo. Como aquélla mujer del sur que afirmaba ver al profeta Buck en su bañera ¿o era en el inodoro? Da igual, de todas maneras tuvieron que hospitalizarla- hizo una pausa -Pero después pensaba en todos los profetas menores que han ido surgiendo y que han establecido una comunicación verdadera con, bueno, Dios-

El reverendo se reincorporó un poco –Es cierto, me pasó lo mismo. He tenido accesos de duda. Las cosas han cambiado mucho desde los tiempos de Buck , su revelación nos trajo una guerra donde la Divinidad misma tuvo que intervenir para ponerle fin a todo ese horror. Fue la primera vez en muchísimos años que Dios se manifestaba al hombre. Y desde entonces no ha parado de hacerlo. Si me pregunta si creo que sea Dios quien nos está hablando, respondería que sí. He visto demasiadas cosas, además soy reverendo, y creo que el Armagedón está por fin a punto de terminar-
Ruth sonrió -¿Y no considera, reverendo, que también puede ser que todo esto de Despertar, de Mensajero y de los sueños sean obra del Adversario?- por un momento la atmosfera pareció tornarse sombría, el reverendo meditó un momento y contestó –El Adversario no se ha comunicado con el hombre desde los tiempos de Adán. Ni siquiera se manifestó cuando Buck reveló que el Armagedón ya había comenzado, que se encontraba en proceso. No, no lo creo. Quizás sepamos quién se está comunicando con nosotros hasta que sepamos sus intenciones-
-Esto le va a encantar, reverendo. Hace dos días otro hombre me visitó. Un ángel había hablado con él. Me llevó un artefacto explosivo, con su detonador y las instrucciones para operarlo. Me dijo que yo sabría qué hacer con él. Y sí, yo ya lo esperaba-. El reverendo junto las cejas, y recargó los codos en el escritorio. Ruth prosiguió –Las instrucciones son entregárselo a usted, y apoyarlo para sabotear el convenio. Tenemos que eliminar al Primer Ministro y al Profeta Vivo- una sonrisa iluminó su rostro.
El reverendo parecía no comprender, titubeó un poco y comenzó a frotar su barbilla. Al final murmuró –No tiene sentido, ¿para qué necesitaría Dios algo así?-
-Bueno, estamos hablando de una guerra, el Armagedón, que comenzó con la caída del imperio romano. Y esas no son palabras mías, es la revelación de Buck. Como ve, el final ha durado demasiado tiempo. Ese no era el plan de Dios, nunca lo fue. Él también tenía planeado un final como el de la vieja iglesia, con fuego y azufre; un final rápido y una victoria segura. Pero no contaba con que el Adversario fuera tan fuerte y nos haría resistir tanto. En realidad, el Adversario es quien nos ha mantenido vivos tanto tiempo, negándonos a cumplir la voluntad de Dios de, bueno, morir-
-Eso ya lo sé. Todo eso fue explicado por Buck. Los grupos religiosos reaccionaron de formas extrañas. Muchos cometieron suicidios o dieron asesorías a sus fieles para quitarse la vida. Los más virulentos se lanzaron a la guerra a cumplir el deseo de Dios de llevarnos a juicio. No de matarnos, un Dios de amor no pensaría nunca en matarnos, sino de llevarnos ante su presencia para tener juicio justo. Por eso tuvimos esta guerra. Por sobrevivencia. Porque pensábamos que cumplíamos la voluntad de Dios al regar la sangre de nuestros hermanos. Así fue asesinado Buck y muchos otros, hasta el día del Gran Lamento cuando Dios se manifestó y pidió detenernos. Él fue muy claro, dijo que nos tomaría cuando fuera su voluntad, y que no necesitaba nuestra ayuda para terminar el Armagedón-
-Todo eso también lo sé, reverendo. Soy joven pero viví los últimos días de la guerra. Lo preocupante es que, según Mensajero, en el día del Gran Lamento no fue Dios quien habló, sino el Adversario-. Guardaron silencio durante un momento. El reverendo comenzó a pasearse por el despacho. Ruth ya no fumaba, sino que miraba el patio con aire de distracción.
-No puedo concebir la idea de un Dios que busca dividir a su creación, que busque enemistarla para que se maten los unos a los otros-
-No para que se maten- interrumpió Ruth –para que sean llevados a juicio- El reverendo la miró un momento y continuó –Este convenio marcaría el inicio de otra etapa de paz, marcaría el inicio de un gran momento histórico. Y usted no puede hacerme creer que Dios desea que volvamos a los días de la guerra, a toda esa muerte -
-No intentaré convencerlo de nada, reverendo. Mi labor es informarle y darle su, bueno, herramienta. El convencerlo o no se lo dejo a su conciencia y a su ‘ángel’. Sólo déjeme preguntarle algo ¿si la voluntad de Dios fuera destruirnos, la aceptaría o no?-
-Uno debe aceptar la voluntad de Dios sobre cualquier…-
-¿Y el Armagedón, cuándo ha sido otra cosa que el holocausto de la humanidad? Piénselo. Mientras…- Sacó del morral un objeto cuadrado de apariencia pesada y otro más pequeño, del tamaño de un dedo –Y asegúrese de ponerlo cerca de los dos, no podemos fallar.

* * *

…del Primer Ministro, quien sobrevivió gracias a la oportuna intervención de su cuerpo de seguridad y a la falla en la manufactura del objeto explosivo. Por otro lado, el Profeta Vivo se encuentra estable en el Hospital Fin de la Agonía del centro de la ciudad, tras la ligera crisis nerviosa presentada después del ataque. La policía arrestó al hombre que detonó el explosivo, al parecer una persona del mismo Monasterio; y se encuentra haciendo las averiguaciones necesarias para encontrar a los cómplices…

Samuel apagó la tele. Se quedó pensativo. –Tu desayuno, se va a enfriar- dijo su mujer con enojo.
-Sí, perdón. Es sólo que… he tenido este sueño. En realidad van dos días que lo tengo. Y veo lo que parece ser un mensajero de Dios, que me advierte sobre todo esto de la bomba. Me dijo que cuando fallaran, la batuta de la batalla me seria pasada a mí. Que se me informaría qué hacer. Loco, ¿no?

bplg.