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sábado, 17 de septiembre de 2011

Sobre Crisis Final.


Soy un lector ocasional de cómics. En realidad, sólo leo los que descargo o los que me prestan. No soy un comprador regular porque las historias son tan complejas y van tan avanzadas que es necesario haber leído todos los números y tie-ins anteriores para comprender un personaje o suceso. Aún así, poco a poco he armado el rompecabezas y tengo una imagen vaga sobre los héroes y sus historias más importantes. Sigo con más interés el universo DC porque en Marvel a menudo los personajes me parecen de telenovela.

El punto es que leí hace tiempo Crisis Final, un eveto importante de DC. La primera vez que lo leí me quedé perplejo y debo admitir que a ratos me aburrió. Era caótico y un tanto incomprensible. Y aún así, me quedé con la sensación de haber leído algo grande a un nivel subcosciente. Es decir, había una verdadera historia que no había logrado comprender.

Decidí lanzarme a la aventura de releerlo con más calma. Ya pasado tiempo, lo he leído fácil unas seis o siete veces: es genial. Es caótico e incomprensible, sí, pero también es paranoico, alucinante, trepidante, es como si Phlip K. Dick se hubiera metido una sobredosis de LSD y se hubiera puesta a contar una historia de Batman y Superman, de Linterna Verde y la mujer Maravilla. No he podido comprenderlo en su totalidad, y no creo hacerlo nunca, pero eso es lo que lo hace tan genial.Hasta Crisis Final creo que no comprendí el verdadero poder que el cómic tiene y que lo hace diferente al cine o al libro. El cine está limitado por el presupuesto y la teconología, los libros por la capacidad del escritor, pero en el cómic todo es imaginación. 

Crisis Final es un salto al vacío, es confiar en que todos esos sucesos incoherentes y sin sentido, todos esos brincos de tiempos y todos esos personajes desconocidos encajen en algún tipo de final o de clímax. Y sí, encajan, pero de una manera tan difusa que entiendo por qué tantas críticas negativas. Pero una historia de un dios del mal caído en desgracia que arrastra con su encuación de la antivida a todo el multiverso no puede terminar de otra manera. Es sólo que derrotar a un dioa a puñetazos, o salvar todo el multiverso con una explosión no basta. Se necesita una máquina de milagros, se necesita valor, coraje, heroísmo, compañerismo, se necesita un final para el que los héroes se prepararon desde el alba de la humanidad, se necesitan balas que viajan al pasado y se necesitan hombres más rápidos que la muerte y hombres que puedan dispararle a los dioses. Eso es Crisis Final, es la batalla contra un nuevo tipo de mal, un mal que sobrepasa los golpes y los planes maléficos, y es la historia de lo que se tuvo que hacer para derrotarlo.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Ana (2)


Cambió, se volvió ácida, agresiva y sarcástica. No hubo otro motivo de gozo que el burlarse de los demás. Lo cual, con justo motivo, le trajo muchos problemas en sus relaciones, entendiéndose con ‘relaciones’ al resto de sus amigos (ya que su familia mantenía el castigo del silencio). Como sea, surgieron rencillas y fricciones, con algunos de sus más fieles escuderos peleó para nunca volverse a hablar. Y en este sentido, ‘nunca’ es la palabra perfecta. Con otros sólo se fragmentó la relación, y con el resto no tuvo ningún problema. Yo no estaba entre estos últimos. A pesar de haber sido testigo de su caída. Sabía que estaba herida y que sólo andaba supurando su dolor. Dejando un poco de pena para librarse de ella, en algún punto de la vida. Pero la pena no disminuía, ¿cómo podría disminuir si la causa era externa? 

Así anduvo el resto del tiempo que convivimos, herida de muerte, desangrándose de a poco. Sé que lloraba todas las noches, y que Alberto fingía no escucharla, ahí, echado al lado de ella, a sólo unos centímetros y con el poder de curar su herida. Pero no lo hacía, y nunca lo hizo. Hubiera querido tener yo ese poder de sanarla, pero no estaba en mí. Lo intenté, me esforcé, buscaba hacerla reír, distraerla, ni siquiera era un intento  de buscar su amor, en realidad comprendía su desesperación y quería sacarla de ese infierno. Pero como dicen por ahí,  los caminos de la divinidad son inescrutables.

Conmigo se enojó la fatídica tarde que decidí abordar el tema por completo. Me preparé con anticipación. Escogí las palabras con mucho cuidado y puse en ellas todo el amor que me consumía. Nos acomodamos en su terraza y le dije que Alberto no valía madres, que ella era la mejor mujer de todo el universo (y en ese entonces me lo parecía), y que su noviecito no se la merecía en lo absoluto. Todo aderezado con citas poéticas, palabras rebuscadas y chispazos de sarcasmo y malos chistes, envueltos en un extenso monólogo. No surtió el efecto deseado. Todo lo contrario, me contestó enojada que Alberto era un ser sensible e incomprendido… Soy impreciso, ella nunca hubiera escogido esas palabras. Pero ¿qué más da la elección de palabras, si la cursilería es la misma? En el fondo eso es lo que sentía, a eso se aferraba, a que Alberto la necesitaba a su lado porque sólo ella le daba fortaleza y soporte. Era su torre, su pilar, y sospecho que estaba parafraseando al higadito. Me los imaginé peleando, y luego lo imaginé llorando arrodillado abrazándose a su regazo implorando su perdón y diciéndole que toda la admiración que por él profesaba sólo tendría sentido si ella se quedaba a su lado, pues era su pilar, su torre. Me dio una lástima infinita. Después, terminada su elocución, me corrió entre llantos y gritos y me dijo que nunca quería volver a verme.

Su reacción fue exagerada en demasía. Me desconcertó, pero intenté comprenderla: estaba en dolor. Lo cierto es que cumplió su palabra y nunca contestó mis llamadas ni mensajes, jamás me abrió la puerta de su casa y en un sentido orgulloso se borró de la faz de la tierra (mi tierra) para siempre. Pasaba el tiempo y pasé del desconcierto a la tristeza, luego me puse a racionalizarlo todo, luego me consumió la ira, y por último me resigné. Pasaron meses y dejé de pensar en el asunto. Nunca supe si la justificaba o si de verdad debía comprenderla. Dicen que las relaciones son ciclos con principio y final. La nuestra nunca lo tuvo, quedaron muchas cosas por decirse, me quedó la sensación de fracaso. Eliminé todo lo que se relacionara con ella, excepto una foto pequeña, de esas tomadas en las cabinas de las plazas. Es una serie de cinco fotos en blanco y negro donde yo me dediqué a sonreír y ella a modelar una bufanda azul en cinco posiciones distintas. La puse en resguardo en mi billetera, y ahí se encuentra hasta ahora. Como si guardar un pedazo de corazón en la cartera fuera posible. Igual lo hice. Si perdiese esa foto sería como si me arrancaran un brazo. Ya es parte de mí, Ana es parte de mí, y lo será hasta mi hora definitiva. 

Entonces, guardé esa pieza de corazón, alisté mis maletas y me lancé a la aventura. En realidad sólo me tuve que ir a trabajar fuera de la ciudad. Conocí gente, descubrí cosas, visité lugares. Con el tiempo conocí a una mujer con el divino don del sentido del humor, y ahí eché raíces. Las partículas se asentaron en el fondo, y el agua volvió a ser clara de nuevo.

Un día me topé con Alberto. Fue en la plaza de la ciudad. Estaba con un grupo de jóvenes zarrapastrosos y fodongos, apilados y revueltos entre instrumentos musicales arcaicos y mochilas gordas de contenido incierto. Apenas lo reconocí con la barba de Cristo y la falta de higiene. Para mi asombro, se levantó como resorte para saludarme. En realidad se me abalanzó, jalando de la mano a una muchachita flaca y ojerosa con pinta de no haber estado en sus cinco sentidos la última semana, cuando menos. Me dijo lo obvio, nunca fue un reconocido escritor y había decidido lanzarse a la aventura con ese grupo de neo gitanos. Tenían un niño que se encontraba jugando en algún lugar incierto de la plaza, y esperaban otro. Dicho comentario me hizo notar la barriga de la joven. No me interesaba, intenté preguntarle por Ana sin que se viera la premura. Me dijo que Ana se había suicidado como al año de que me fui, se había clavado un lápiz en el estómago y se había tomado todo el veneno para las ratas. También dijo: yo creo intentó después sacarse el veneno por el hoyo del lápiz, y ese pinche veneno lo único que mató fue a Ana porque ni una sola rata logramos atrapar, y comenzó a reír. No hay dios, y no hay justicia divina, y nunca los habrá. Nos despedimos, me dio un correo que perdí y yo le di un correo falso. Me dijo que estaba enterrada en el panteón familiar, que vaya a saber dios dónde está. De todas maneras nunca intenté localizarlo. 

Algunas noches soñé con su muerte, sola en el sucio y deprimente baño de su cuarto con un lápiz en el estómago y arrugando la foto de Alberto entre dolor y llanto. Muriendo de a poco y mi vida opacándose con su muerte. Quizás guardar un pedazo de corazón en la cartera no sea posible, pero que un pedazo de corazón muera con la muerte de otro, es posible. Es inevitable.

Y eso es todo.

bplg.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Reino de Dios.


Estacionó el coche, dio un portazo y gritó a la casa desde el portón. Una sonrisa amarillenta destelló en la penumbra y a través del umbral. Pásale, mijo, está abierto. Atravesó un patio de tierra, con algunos manchones de zacate seco y pelado, en una esquina una llave de cuello largo con una manguera enrollada, llantas viejas, cacharros, tablones de madera, suciedad. Del otro lado un árbol de mango, el piso alrededor cubierto de frutos pudriéndose al sol, infestados de moscas y de gusanos y exhalando fermentación y putrefacción. Cruzó la entrada sin puerta, tapada a medias con una vieja cortina de estampado floreado apenas visible por el desgaste del sol. Se detuvo disfrutando un segundo la sombra y la ligera frescura que la casa ofrecía. Miró el juego de sala, el sillón más pequeño cubierto en su totalidad por ropa sin ningún orden, los otros dos tapados con sabanas raídas, rotas y manchadas de comida de mucho tiempo atrás, picados en sus patas y posa brazos. Enfrente un librero con una televisión cubierta de estampas y un estéreo gris con diseño ridículo y en aparente desuso, libros infantiles, una vieja enciclopedia con tomos faltantes, portarretratos con figuras y colores y con imágenes amarillentas y cuarteadas de antiguas felicidades, polvo. Paredes con pintura sobre la pintura y aun así con partes donde se vislumbraba el block de la construcción, rayones de crayolas como laberintos y marcas de zapatos y manchas de tierra. Un foco colgante apagado en el centro del cuarto, como un ahorcado. Empezó a notar el olor a humedad y a grasa y a mugre.

La mujer salió por una de las puertas laterales, con un vestido ajado y sucio de un verde chillón y con un mandil azul y zapatos de tela. Era chaparra y gorda, morena en contraste con su vestido, y por el cebo en su cabello parecía no haberse bañado en días. Siéntate, ahorita sale, ¿quieres agua? Aceptó, y la mujer volvió a desaparecer. Se sentó sobre la sábana de uno de los muebles, apenas en el borde del asiento. Esperó y la mujer regresó con un vaso de vidrio con figuras semejantes a lianas y flores amorfas pero de un penetrante amarillo. Cuando lo tomó notó que la mano de la mujer y el vaso estaban mojados. De otro cuarto apareció un joven, la mujer se fue y los dos hombres se saludaron. Apuró el vaso y lo dejó sobre el librero. Salieron.

Comenzaba a atardecer. Subieron al carro y partieron.

Es de noche y ya son cuatro. Van dos mujeres atrás. El carro rompe la noche en las calles pequeñas y quebradas sin iluminación. Sus faros guían como si atravesaran un mundo post apocalíptico. Alrededor construcciones muertas y oscuras, rayadas con mensajes ilegibles. Alguna ventana iluminada, una en medio de la nada. Puertas, rejas, entradas, todo cerrado como si dentro de sus muros se cometiera un crimen, una violación, una muerte, como si encerraran todo el horror en una gran caja de pandora, aquí y de verdad. Poco a poco las afueras comienzan a transformarse en el centro, primero una lámpara, luego otra, colgando tristes de sus postes. Una persona, dos; un carro, más carros. Como llegar a un oasis. Y motores, gritos, risas, pláticas, de ningún lugar pero por todos lados. Se detienen frente a un local brillante, ruidoso. Descienden riendo, los esperan cuatro hombres de mirada perdida. Los registran, les cobran. Entran.

Caos, todo es un caos. Cuerpos sin rostros en la oscuridad a veces rota por flashazos de luz blanca, verde, azul, roja. Sudor, mucho sudor, olor a cigarro, a alcohol. Y los cuerpos son una provocación, un llamado al instinto, una punzada a la naturaleza; retorciéndose y tallándose unos con otros, invitando como alguna danza ritual destinada a convocar dioses olvidados. No tienen ojos, y por lo que se ve, pueden no tener alma. Beben, ríen, fuman, se gritan; pero sus gritos no son escuchados, ni sus ruegos, ni por ellos ni por su dios. Y está el ruido, endemoniado, feroz, salvaje, primitivo, invasivo como una violación auditiva; repetitivo, básico, sexual, insidioso. Está en todos lados, taladra la cabeza, destroza los oídos, vibra en el pecho. Y es sólo basura, pero este lugar no podría tener otra música pues es la descripción de todas las almas que se contonean en él como si estuvieran en el infierno y la música fuera el fuego mismo del adversario; este ruido es el mundo y es su resultado y vaticina su destrucción, como un profeta corrupto, sucio e innoble.

Pasado un rato acude al baño.

Cuando cruza la puerta el ruido queda atrás sordo, pero aún se siente en el pecho. Hay luz, mucha luz blanca, lastima los ojos acostumbrados a la penumbra exterior. Huele a cloro y a heces y a orines. Son tres privados con sus puertas abiertas, una de las tazas está sucia. Papeles por todos lados, hechos un nudo. En las paredes se adivinan los mensajes pornográficos, los dibujos arcaicos de mujeres desnudas y expectantes, destinados a satisfacer un deseo que nunca cesa sino que quema y consume y corrompe. Orina en uno de los mingitorios. Se para frente al espejo, se lava las manos, mira su rostro y sonríe. Sale de nuevo al mundo, que lo recibe con negrura y ruido y odio. Y la puerta se cierra a sus espaldas y queda el blanco y el agua pálida, pues los orines y la pureza ya son uno.

Está de pie, cansado de bailar, cuando empieza como un murmullo que se expande desde la entrada hasta su mesa. Es la gente, es el miedo, pues el miedo logra callar el ruido y el murmullo se vuelve más grande y el miedo más poderoso y no hay rincón que no se entere que algo sucede y que no puede ser bueno. Un impulso recorre su espina, es la tensión de la manada, la sensación de peligro, la sobrevivencia que inyecta adrenalina y nunca se volverá a sentir igual de vivo. Se escuchan detonaciones, retumban como las trompetas del juicio por todo el lugar, y se extienden clamores y su pecho se torna caliente y húmedo, y sólo alcanza a mirar hacia los fogonazos, pero sus ojos lo abandonan y poco a poco sólo ve su caer, su desplome, y el techo. Ya no hay ruido, ha cesado, ya no ve, sólo la negrura que lo vuelve a recibir ahora y para siempre. Muere ahí, tirado en la alfombra, bañado en alcohol y pedazos de vidrio, sin pensar nada, sin decir nada. Ni una queja, ni un sonido. Nada. Ni un recuerdo. Nada.

bplg.

jueves, 28 de julio de 2011

Sobre la Máscara de la Muerte Roja.


Edgar Allan Poe.
Cuando era niño una vez me llevaron al dentista y mientras atendían a mi hermana me dediqué a hojear las revistas en la salita de espera. Tomé un ejemplar de la Muy Interesante que traía un artículo principal  sobre la peste negra o peste bubónica. Desde el principio, el nombre -peste negra- me causó una sensación de respeto y violencia, como de algo antiguo y espeluznante; rara vez he vuelto a encontrar una combinación tan bella de palabras que tengan un efecto tan marcado, prolongado y negativo en mí. El artículo -a seis cuartillas si no mal recuerdo- era un breve resumen sobre las características de la enfermedad y su reinado sobre una Europa aún oscura. Leer todos los síntomas de la peste -fiebre, sangre, bubones- fue espantoso; pero la verdadera huella la dejaron las imágenes: eran en su mayoría reproducciones de pinturas renacentistas sobre momentos de la peste en distintas partes del viejo continente. Recuerdo el cuadro principal, con el que iniciaba el artículo y que ocupaba las primeras páginas completas, representaba la plaza principal de un pueblo, rebosante de escaleras, escaleras cuyo fin y principio no recuerdo, y se veían cadáveres recostados en el piso, en los escalones, personas moribundas y solitarias, personas sanas con expresión resignada y sorprendida (¿será una versión de La Plaga en Ashdod que mi mente distorsionó?). Ese primer choque con la muerte, todos esos cadáveres salpicados de sangre, todo ese poder destructor de la peste, como emisario imparable de la muerte; causó una impresión tal que la enfermedad se volvió un tema recurrente en mis temores y pesadillas infantiles, al grado que todos mis monstruos personales siempre portaban los síntomas y las marcas de los enfermos. En ese entonces tenía quizás diez años.

Todo esto viene a propósito del cuento La Máscara de la Muerte Roja de Edgar Allan Poe. Unos cuantos años después, cuando leí el relato, todo su planteamiento hizo resurgir en mi aquélla vieja sensación de cuando descubrí la peste negra. Un reino devastado por una letal, horrorosa y rápida enfermedad. Un ingenuo príncipe, de un nombre aún más ingenuo y positivo, cuyo plan, además de extraño, peca de epicúreo. Poe limita los acontecimientos a un reino, pero en realidad bien puede ser toda la tierra la que se encuentre perdida. Porque, sin duda, la humanidad está perdida. Aunque al principio se nos diga que el país ha resistido mucho tiempo a la enfermedad, poco a poco se deja entrever que ésta ha ganado todo el terreno, y que lo único que viene a futuro es un azote total de la muerte. En éste lugar donde la muerte reina con apenas resistencia alguna, el príncipe Próspero –haciendo Poe uso de un humor negro y cruel, más que de una ironía o de una figura literaria- decide encerrarse con sus amigos en una abadía. Ahí pretende resistir la peste, mientras se dedica a disfrutar la vida pues también lleva consigo bufones, músicos, servidumbre y todo lo necesario para entretener el cuerpo y el alma.

Los síntomas de la enfermedad son descritos con brevedad al inicio, y son en general muy comunes, excepto por el sangrado a través de los poros, que marca como la característica principal de la peste y que se vuelve un motivo de referencia común en toda la historia. Desde el vitral de la habitación negra, que resulta ser de un rojo sangre, a la mortaja salpicada del personaje final, el cuento hace girar a la muerte en torno al escarlata, como si fueran a últimas una misma cosa.

La fortaleza es descrita –y para ello se utiliza todo un párrafo- sólo de manera interior, y sólo de los cuartos que participarán en la acción. Todas estas habitaciones resultan ser muy peculiares, sobre todo la última que es negra en su totalidad a excepción, como ya dije, de sus vitrales. La descripción es un tanto torpe y confusa, pero es necesaria pues sirve como la base para llevar a cabo la alegoría sobre la muerte como dominadora final de todo, incluso lo colorido. Cuenta además con un reloj tétrico en exceso, que con sonidos graves se encarga de realizar un conteo final a los asistentes al baile-mascarada. Y aunque es un conteo final, no es descendente, sino que va creciendo conforme avanza la noche y por ende, la oscuridad.
 
En fin, que todo sirve para el momento culminante en el que un personaje ataviado de muerto aparece en la fiesta, mata al príncipe y se revela como heraldo de la Muerte Roja, pues es la muerte personificada. Creo que Poe siempre rozó con la idea de un muerto viviente en muchos de sus cuentos –La caída de la Casa Usher, por ejemplo- y bien podría ser éste un ejemplo de ello. Los invitados logran apresar al personaje y al quitarle sus túnicas y su máscara no encuentran nada. Es entonces la peste la que iba disfrazada.

El párrafo final incluye otra ironía-broma de Poe, pues describe la venida de la Muerte Roja tal y como es descrita la venida del Cristo en la Biblia: como ladrón en la noche. Al final, las tinieblas, la corrupción y la Muerte Roja lo dominan todo.

 *     *     *

El cuento me fascinó, y aunque a mi parecer no es el mejor de Poe ni el más logrado, siempre he guardo un cariño muy especial a él, un cariño como el que se le tiene a los objetos que nos regalan seres queridos o a los objetos que nos acompañaron durante momentos claves en nuestra vida. El cuento significó la realización, al menos literaria, de mis pesadillas sobre la peste negra, y creo que por tanto me sirvió como una válvula para liberar un poco de la ansiedad que me inspiraba la enfermedad en ese tiempo. La Máscara de la Muerte Roja es una gran historia, es oscura, es tétrica y es corta. Tiene la simplicidad suficiente para continuar provocando escalofríos. Sirva este escrito como pequeño homenaje y agradecimiento a los dioses del terror por habernos dado a Poe y su Muerte Roja. Amén.

bplg.

jueves, 30 de junio de 2011

El navío.

 Cierto mes de octubre me encontraba embarcado en un antiguo navío con un destino que mi memoria ha decidido olvidar. Llevaba al menos cuatro meses de travesía cuando los días cambiaron de manera abrupta, de mañanas soleadas y claras, a mañanas de densa bruma que hacían parecer el barco como un animal ciego y  moribundo que se arrastra por el mar buscando un lugar para morir; las tardes, antes calurosas y brillantes, se tornaron nubladas, grises como lo inanimado  y provocaban la ilusión de parar el tiempo pues resultaban larguísimas, casi eternas, además de frías a causa de un extraño viento surgido de algún punto del horizonte, viento que prensaba los huesos como si pudiera colarse por los poros de la piel; las noches breves, alegres y vivas se volvieron retratos de lo que debe ser el limbo, pues el barco flotaba a través de un cielo oscuro y sin estrellas con una pesadez que el navío parecía detenerse por momentos, como si el oleaje y el tiempo fueran pausados por capricho de antiguos y bromistas dioses.

Eran éstas las circunstancias a mediados de ese maldito octubre. Mi extrañeza por el cambio repentino del clima, y del ambiente en general, no afectó mi rutina: me despertaba temprano, tomaba frugales comidas y el resto del tiempo lo dividía entre leer, pintar y escribir; había encontrado que la nueva situación, por demás tétrica y lúgubre, me exaltaba la fantasía volviéndome un creador más prolífico.
Mi camarote se encontraba al final de unas empinadas escaleras que iniciaban en cubierta, por el lado de babor, y corrían paralelas a la quilla, de forma que el recinto se encontraba enclavado dentro del casco. Mi cuarto medía tres metros de largo por tres de ancho, y al entrar a sólo unos pasos se encontraba un pequeño ojo de buey que apenas rebasaba la línea de flotación; del lado izquierdo estaba mi cama y al fondo la mesa  y la silla, únicos muebles que me servían para leer o escribir; para pintar prefería el exterior pues la iluminación era más propicia y me encontraba enfrascado en plasmar momentos del paisaje marino.

Cierta noche me encontraba a punto de conciliar el sueño, recostado en el colchón mi mente daba vueltas por recuerdos y sonidos pasados, pero no lograba asir ninguno de ellos, no lograba materializar nada, sólo una sucesión interminable de imágenes fijas y de murmullos y de voces. De repente algo golpeó a mis pies. En realidad fueron cuatro o tres golpes quedos pero brillantes, tan rápidos que parecían haber sido sólo uno. Me incorporé y encendí la lámpara del escritorio que, lejos de provocar una iluminación excesiva, llegaba lánguidamente hasta la puerta del alojamiento donde se desvanecía sin ofrecer resistencia a la oscuridad. Me quede un momento observando la ventanilla y la puerta, orígenes del sonido y muy cercanas entre ellas, pero lejanas a mi pues se encontraban a mis pies. No pasó nada, y con un poco de tiempo obtuve el valor para acercarme con cuidado al orificio. Por un efecto óptico no lograba ver  nada, todo era oscuridad a través del ojo de buey. Abrí la puerta, quizás había equivocado la dirección del ruido, pero de nuevo sólo negrura. Me sentí muy sólo. Más sólo que ninguna vez en mi vida. Cerré la puerta y volví a sentarme en la cama.

Apagué la luz y me quedé meditando, pensando en mí, en mi vida. De pronto escuché el sonido brillante una vez más. Me encontraba más alerta y pude precisar con seguridad que el ruido provenía de la ventana. Me acerqué con miedo y gracias a la oscuridad exteriro pude distinguir una mancha rosácea que cubría casi todo el cristal. Mis ojos y mi cerebro buscaban con desesperación la forma necesaria  para otorgarle un nombre al objeto. Acerqué mi cara con lentitud buscando captar algún detalle y percibí, de repente y con toda seguridad, que lo que fuera esa mancha rosácea se encontraba viva. Sentí algo cercano al pánico. Me petrifiqué. Mis ojos y mi cerebro encontraron la respuesta, era una cara. Un rostro humano.

Era una persona, o parecía serlo. No distinguía sus rasgos, pero los juegos de sombras lograban darme una idea de dónde se encontraban sus ojos, su nariz, su boca. Pareció alejarse unos segundos del vidrio, como si buscara mirarme mejor, después con su mano tamborileó los dedos sobre el vidrio y se ocultó, como si se dejara caer. Ese había sido el sonido que dos veces me había perturbado. Con una velocidad increíble sopesé todas las posibilidades ¿hombre al agua? ¿un animal? Viejas historias de sirenas y marineros emergieron del olvido. ¿Qué hacer? Con precipitación y sin siquiera tomar un abrigo, subí a cubierta y me incliné sobre el barandal en el punto en que calculaba debía estar la ventana de mi cuarto.

Ni un movimiento, ni un sonido. El mar parecía espeso, viscoso, inmóvil, sin oleaje. El casco y la cubierta eran un cementerio. Seguí observando hacía abajo, alternando a mis lados, a cubierta, al hoyo de la escalera. Nada. Estaba seguro de no haberlo soñado, y de no estar loco. Mientras miraba fijamente el agua, me pareció percibir sombras extrañas sobre su superficie. Eran partes oscuras que se encontraban en posiciones ajenas a las que la luz de la luna proyectaría sobre las olas. Intenté buscar alguna forma humana entre ellas, pensando que quizás se trataba del hombre o mujer que había visto en la ventanilla de mi camarote, pero era inútil, parecían sombras aleatorias y caprichosas. Noté con interés que dichas sombras sólo se extendían unos cuantos metros más allá del casco, persiguiendo al navío en su lento vaivén, pues no había forma de dejarlas atrás. Un rápido vistazo por los alrededores me permitió ver que tenían completamente rodeado el bote. Me encontraba tan ensimismado en mis pesquisas que casi podría decirse que había olvidado el suceso del camarote, pero un nuevo evento me despertó de mi curiosidad: las sombras comenzaron a hacerse más intensas, y no tardé en notar que eran sólo la imagen de algo que buscaba salir a superficie de las entrañas de la negrura.

Todo sucedió tan rápido. Me encontraba doblado sobre el barandal cuando tuve la certeza de reconocer formas surgiendo del agua. Eran rostros, cientos de rostros humanos que me miraban, que se aproximaban a la superficie pero que a unos cuantos centímetros de ella se detuvieron, y se quedaron ahí, contemplándome. Después me aventé a ellos. ¿Por qué lo hice? No lo sé. En ese momento mi alma ya no tenía aplomo suficiente, se encontraba en un estado deplorable y los rostros… los rostros eran una invitación, una salvación.

Ahora estoy aquí abajo, en el frío y lo oscuro, mirando hacia arriba junto a ellos. Este es mi lugar, aquí pertenezco, por siempre.

bplg.