miércoles, 14 de diciembre de 2011

Bien bellos son los pájaros.

Bien bellos son los pájaros que a las doce de la noche cantan
en autobúses abandonados
y bella la pequeña luz de algún bar
para que tú digas que tienes 18 años, para que yo
me tropiece con el júbilo disfrazado de Mandrake el Mago
para oír tus historias de árboles y bicicletas
todo en llamas el barrio; saber que vives
con un poeta adolescente, en su cama dura, entre sus brazos
     tatuados por la muerte, y entonces bajo qué canto
puedo amarte, bajo qué luz puedo pasar mis dedos
por tus labios, en qué tierra revolcarme desnudo contigo y
     hacerte el amor

                      si yo sé
que te vas a quedar mirándome como si fuera el viento
     o lloviera
sobre los zoológicos, sobre las flores, sobre las sillas de
     fierro, sobre nuestras mentes casi dispuestas
si yo sé
     que te vas a ir mordiéndote los labios
mirando tu cuerpo reflejado en las vitrinas, más sola
que Juana de Arco
niña de pelo negro, historias de muchachos asombrados
niña de boca blanda, el humo de nuestros cigarros, colmando la
     noche de tu ternura.


Roberto Bolaño.

Una revelación (en tres actos). Primero.


1.

Esto tiene que ser una broma, pensé. Pero no, ahí estaba, justo frente a mí, flotando inmóvil en el cielo azul de agosto, resplandeciendo y tronando en miles de voces que glorificaban al padre celestial. Había cientos de personas salidas de quién sabe qué lugar, la calle estaba repleta y todos señalaban al cielo y estoy seguro que cuchicheaban y murmuraban, porque movían sus bocas, pero yo no los podía escuchar, ¡ni siquiera ellos se podían escuchar!, tanto era el ruido de los cantos y de las trompetas y de todo lo que parecía una orquesta acompañando los coros. Para ese momento mi sorpresa había pasado, así que me puse a grabar con el celular, pensando en poder probar mi historia cuando la contara o qué se yo. Utilicé el zoom y me di cuenta que el objeto era un trono, un pequeño trono dorado, una silla pues, que flotaba en la nada y que lanzaba brillos y destellos y música de loas. Era uno de los muchos tronos que se vieron en el cielo por toda la tierra ese martes catorce de agosto, y que se quedaron ahí hasta hoy, ya tantos años después.

Lo sé, parecería surreal que hubiera sillas rimbombantes flotando por todo el mundo. Como de película. Eran unas sillitas doradas, brillando tanto que llegaban a lastimar los ojos si se veían con fijeza mucho tiempo; parecían de oro y no tenían detalles ni relieves, eran como unas simples placas de metal formando el asiento, pero su respaldo alto y su posa brazos le daban un aire de superioridad, de jerarquía. Eran, sin duda, mucho más grandes que cualquier silla terrestre, como si estuvieran esperando que un gigante las ocupara. Y además había muchos tronos, miles de ellos. En las noticias pasaron reportes desde las ciudades más importantes de la tierra. Las apariciones fueron hechas para que desde cualquier punto del globo se viera al menos uno de los asientos.  Era fantástico.

Y la música... Música sacra, espeluznante y medieval. Ponía los pelos de punta. Los primeros tres días, como si los tronos quisieran notarse y que nadie se quedara sin advertir su presencia, la música sonó sin cesar, no dejaba dormir, no dejaba hablar, y no había lugar en el mundo donde se pudiera estar a salvo de ella. Era como un ataque, como si las sillitas nos atacaran de una forma que no pudiésemos defendernos. Pero no, al tercer día exacto cesó. Y en su lugar cada seis horas comenzaba una letanía, una oración, en un idioma desconocido y que los noticieros no tardaron en informarnos era arameo. Por lo demás, el rezo no decía gran cosa y era muy similar al padre nuestro. Ahora, lo interesante de verdad, suponiendo que todo lo antes dicho sea normal, era lo que estaba por venir.

La sociedad fue el caos. La gente comenzó a actuar de forma incoherente. Debo corregir: las personas siempre han actuado de forma incoherente y, por otro lado, ¿cuál era la forma coherente de actuar ante el fenómeno que presenciábamos? Hubo saqueos, hubo disturbios, la economía se paralizó, las religiones se radicalizaron, y ni contarles de la ola de suicidios que hubo; los gobiernos perdieron el control de sus países durante meses, surgieron profetas y guías mesiánicos, y todo fue el caos. Dentro de todo, algunos sectores de la sociedad guardaron la calma. A saber, el día de hoy se cuenta con registros de las primeras investigaciones hechas por científicos sobre los tronos. Son sorprendentes. Nunca se pudo llegar a ellos, a los tronos me refiero. Cuando se intentaban alcanzar flotaban más alto. La música no tenía origen, no provenía de los tronos y se escuchaba con la misma intensidad desde cualquier punto de la tierra. Las sillas no emitían radiación alguna, ni magnetismo ni nada cuantificable o mesurable. Se cree que llegaban a medir hasta 100 metros de alto, pero el dato no es exacto. Sólo desprendían luz. Mucha luz de alguna fuente de energía oculta. Y eso fue todo antes que el caos paralizara las investigaciones.

Luego comenzaron los juicios y las ejecuciones. Empezó como un rumor, luego fue una realidad tangible. Había personas elegidas entre nosotros. Personas elegidas por Dios para enjuiciarnos, para calificar nuestra vida en base a nuestras acciones y darnos un juicio, una sentencia, ya fuera de vida o de muerte. No había castigo, no había prisión; era vivir o morir. Todo inició muy discreto, pero se formalizó en el seno de la Iglesia Católica. Miles de personas comenzaron a tener el mismo sueño, eran visiones donde se les llamaba para cumplir con la tarea santa de enjuiciar a sus semejantes y se les explicaba que los tronos eran una muestra de la presencia de Dios y de la segunda venida del Cristo. Estos, los que soñaron, fueron los elegidos, los que después serían conocidos como ejecutores. Se les daba total libertad para juzgar, con sabiduría divina, y para sentenciar con crueldad humana. Pudieron pasar por locos pero fueron tantos y se multiplicaban tan rápido que la Iglesia los terminó acogiendo y se volvieron una de los más poderosos brazos católicos. Todos íbamos a ser visitados por uno de ellos, en algún momento; llegarían, nos saludarían y acto seguido nos dirían el veredicto. Si éramos hallados faltos nos matarían, si nos hallaban aptos simplemente seguiríamos.

Rebeca Rammer. Nueva República Cubana, Sierra Maestra.
¡Claro que fue el gobierno! El gobierno de Estados Unidos y todos sus amiguitos de siempre, los mismos lame culos que les apoyan sus estupideces todo el tiempo: Inglaterra, Francia, España, los países de segunda que buscan un poco de la gloria que cae de la mesa de sus amos y otros muchos países igual de ambiciosos. Ese montaje telenovelesco de los tronos y la música no fue mas que el pretexto perfecto para asesinar a sus enemigos con apoyo público. ¿O cómo explicar que los primeros en morir, en ser asesinados, fueron musulmanes? Esa provocación fue la que nos llevó a la Cruzada Moderna. Allá andaban los Estados Unidos y sus compinches dando guerra a los países árabes. Disfrazaron todo de religión pero como siempre, había intereses económicos y de poder. Petróleo. Hegemonía. Economía. Lo de siempre. Y luego la famosa alianza con la Iglesia Católica y sus ejecutores. Eso de darle luz verde a sus asesinos fanáticos para eliminar homosexuales, prostitutas, ateos, cultos menores, científicos y todo lo que no fuera católico, fue el acabose. Lo bueno es que para entonces yo ya había establecido contacto con el grupo de resistencia. Aún no teníamos nombre pero teníamos muchas ideas y ganas de darle paz al mundo. Es decir, no estábamos contaminados con ideas dogmáticas, no éramos como los locos de la bomba en el Vaticano, no, nosotros sólo queríamos regresar las cosas a como eran o incluso mejorarlas. No teníamos un plan de gobierno ni de nada. En serio que fuimos la única esperanza de la humanidad en esos tiempos tan raros.

Mientras los países estaban en guerra y mientras no nos visitaban los ejecutores, nos organizamos, nos armamos, reclutamos gente y nos lanzamos a hacer guerrilla. Pero no éramos un grupo local, cuando digo que nos organizamos me refiero a que en todos los países teníamos células que nos coordinábamos con precisión quirúrgica. Éramos una resistencia global, con presencia en todo el mundo. El plan era abrirles los ojos a las personas y detener a los ejecutores. Por fortuna los gobiernos no nos prestaban atención enfrascados en su Cruzada como estaban, pero la Iglesia católica sí organizó grupos de limpieza con sus verdugos. Fueron buenos combates, y siempre salíamos airosos. Digamos que con la Iglesia llevamos empate técnico.

Hoy las cosas se han calmado mucho. Todo mundo se sigue peleando con todo mundo, pero ya hay países enteros, pequeños pero enteros, que hemos liberado y que resisten a la Iglesia y su perrito de batalla, los Estados Unidos; gracias a los gobiernos provisionales que establecimos. Nos siguen atacando, y ya es una guerra formal, ya no somos una simple guerrilla, pero eso mismo nos hace más fuertes. Tener apoyo y esas cosas. Tener amigos, compañeros. Nos hace creer que se puede ganar.

A veces aún les disparo a los tronos sólo por diversión. Dicen que no hay forma de destruirlos. Pero a mí me da igual, de todas formas les disparo. Es relajante.

Esteban Franco. Madrid, España.
Primero me atacaban, me preguntaban por la autoridad para hacer lo que hacía. Se les hacía increíble que un ex convicto pudiera juzgarlos y ejercerles sentencia. Pero mis pecados yo ya los había pagado, y por eso fui elegido. Me lo dijo Dios en el sueño, me dijo que los asaltos y los asesinatos, e incluso la violación, ya las había pagado en la cárcel. Y que por eso me seleccionaba. Recuerdo que mi primer juicio fue un vecino, era Testigo de Jehová, y aquélla tarde me encontraba bebiendo cerveza y mirando el trono desde el porche de mi casa. Creo que ya lo esperaba o puede que al verlo haya entendido. Yo ya había tenido los sueños durante meses, y no perdí la cordura como muchos, sino que me sentí digno de la misión. Entonces lo vi, lo vi llegar muy contento con su trajecito y su corbata y su maletín de revistas y esas porquerías. Recuerdo que me levanté con un entendimiento interno y una claridad de ideas que nunca tuve en toda mi vida. De verdad que era la voz de Dios la que salía desde mi alma y me daba tranquilidad y me serenaba en mis acciones. Entonces fui y antes que entrara a su casa -pasó primero su esposa y su hija- lo saludé y le dije que tenía un mensaje de Dios. Le dije que había sido pesado en balanza y había sido hallado falto, esas palabras se me vinieron a la boca. Luego creo que me preguntó algo o me miró con extrañeza o las dos cosas. Como sea, le solté un disparo en la frente con mi vieja amiga de correrías, mi Beretta 92. Después entré e hice lo mismo con su esposa e hija. Pensé en quemar su propaganda pagana e incluso su casa, pero me dije: si esto fuera voluntad del señor no tendría duda en hacerlo. Y mejor no lo hice. 

Me arrestaron y me llevaron a la comisaría pero nunca tuve miedo, siempre supe que Dios estaría conmigo. En unos cuantos días vino un cura a liberarme y fue quien me llevó con los demás ejecutores. Estaban organizados y en aquél grupo de buenas personas por primera vez me sentí en casa y, más importante, tenía un objetivo en la vida. De la noche a la mañana nos volvimos famosos, aunque la gente que me conocía de mi vida pasada todavía me recriminaba mis errores. Pero yo estoy en paz con Dios, sé que ya he pagado y sufrido lo suficiente. Mucha gente, incluso, me mira con odio antes de morir. No los entiendo. Está el tipo del que hablaron el domingo en misa, el tal Saulo que también tuvo que perseguir a sus hermanos antes de ser un apóstol y un santo. Él después consiguió una gran gloria, gloria que yo sé tendré y que ninguno de todos esos pecadores que he ajusticiado tendrá nunca jamás.

Mujahid Hakim. Cerca de Jerusalén.
Sólo salimos a defender la gloria de Alá. Nosotros también teníamos sus tronos flotando sobre nuestras cabezas, pero sabíamos que era obra de los infieles. Han venido queriendo guerra desde siempre, y se la dimos. Los cristianos no lo entienden, ellos siempre tendrás sus casas y sus familias y su dinero y sus cosas. Nosotros sólo tenemos fe, fe en Alá y en su profeta. Por eso venceremos. Sus tronos no nos asustan, es una obra de su iglesia, nos quieren confundir y atemorizar. Pero nos hemos preparado para esta guerra desde los tiempos de Mahoma, nacimos para defender a Alá y a nuestra fe, y para esparcirla por todo el mundo civilizado. 

No somos como los de la resistencia que buscan traer el comunismo y el socialismo, otros males de la humanidad, ni somos cristianos atacando cristianos, como los de la bomba en el Vaticano; nosotros no pararemos ante nada hasta barrer con los infieles que han venido a profanar nuestras costumbres y nuestras ciudades. Han insultado al cielo con sus espejismos y su música sacra, y han insultado la tierra con su apostasía y su liberalismo. Creen que venimos perdiendo la guerra porque cedemos terreno y nos lanzamos a las montañas a defendernos. Pero no hemos perdido nada, no perderemos nada, soltaremos las bombas en nuestro mismo suelo de ser necesario, barreremos con todo y con todos. Esa es la voluntad de Alá. Esos tronos ya son historia.


bplg.

lunes, 21 de noviembre de 2011

2003


Debió ser por septiembre de 2003. O quizás era octubre. Seguro era 2003 y seguro fue después de agosto, aún hacía calor, no del sofocante y húmedo sino del bochornoso. Pongamos octubre. Yo tenía diecisiete años y cursaba el primer semestre de la universidad en Tampico. Me encontraba solo y lejos de casa por primera vez en mi vida (sin contar vacaciones o los días que mis padres se ausentaban por algún tiempo). Todo era tan reciente que aún tenía la inseguridad y la emoción de la completa libertad (me tomo la osadía de una pequeña cursilería adolescente en honor a los años pasados). Libertad que, lógico, estaba mal empleando. Nos dirigíamos al departamento de una compañera de grupo que se encontraba a espaldas del otrora tan glorioso Estadio Tamaulipas, hogar de la alguna vez mítica Jaiba Brava, y que  ya en ese entonces mostraba los síntomas del deterioro que habría de gobernarlo sólo unos años más tarde. Después de una calle larga y de terracería que bordeaba el conjunto habitacional, se llegaba a la entrada de los edificios estilo infonavit con escalera en medio y los departamentos distribuidos a los lados. Blanca vivía en la última construcción, de manera que había que desandar parte del camino pero ahora por dentro del conjunto; después había que subir hasta el tercer y último piso, y torcer hasta la primera puerta de la izquierda. Entrando estaba la sala-comedor, a un costado la cocineta dividida por la barra del desayunador; al fondo las dos puertas de los cuartos y perpendicular a ellas la puerta del baño. Los lavaderos y un pequeño patiecito estaban atravesando una puerta de la cocina.

A pesar de la hora (no era ni medio día) llevábamos algunas botellas de tequila, tres o cuatro. En lo particular el tequila nunca me ha agradado, es demasiado caliente y dulce, pero no era momento de ponerse exigente, máxime que el objetivo era apendejarse y para eso cualquier bebida alcohólica se presta. Como decía, éramos siete: dos amigas, cuatro amigos y yo. Comenzamos a beber y a platicar, nos movíamos por todo el departamento a nuestras anchas y como hiperactivos, sin para de reír ni de hablar ni de tomar; y era un verdadero jolgorio, como si celebráramos estar vivos y estar ahí, o el habernos conocido tan jóvenes, o quizás era mi imaginación y eran unas simples ganas de tomar endemoniadas. En algún punto Julio le confesaba su amor a Sara, Reynaldo hacía piruetas en las escaleras fuera del departamento, Blanca se miraba como estúpida en un espejo y el resto los observábamos divertidos  y tomábamos. Luego Julio salió a los lavaderos a vomitar. Blanca intentó razonar con Reynaldo sobre lo peligroso que es mezclar escaleras con alcohol, y yo me incorporé (estábamos sentados en el piso, la mudanza era tan reciente que aún no había sillas o siquiera cojines) y salí a los lavaderos a echar un ojo a Julio quien había tardado demasiado y temía se encontrara dormido. Aún estaba vomitando por lapsos y con espasmos, como si su estómago seleccionara con precisión quirúrgica lo que habría de desechar y lo que habría de conservar, haciéndolo lanzar estertores mezclados de hipos y eructos. Por desgracia estaba ensuciando todo el lavadero, un lavadero muy curioso por cierto, porque era de piedra pero contrario a la mayoría, no tenía las muescas y ondulaciones talladas en el material sino que tenía pegado un cristal texturizado que, supongo, servía para el mismo fin de tallar la ropa. Lamenté la triste sorpresa que se llevaría Blanca al ver su lavadero sucio, y creo que estaba más preocupado por eso y por evitar que Julio siguiera recargando su cabeza sobre el vómito que por escuchar la entrecortada historia sobre sus sentimientos hacia Sara y el rechazo recién sufrido. Luego hubo otro lapso donde todos nos calmamos, algunos se fueron a dormir, los demás volvimos a concentrarnos en el suelo de la sala-comedor, sentados en corro como si en medio hubiera alguna fogata (sólo había refrescos y algunas frituras) o como si estuviéramos en algún ritual de iniciación o en un aquelarre o como si fuéramos a ponernos a rezar de repente. Puede que haya sido una especie de defensa, de pequeño fuerte circular, defendido por nuestros cuerpos y por lo que nos ligaba los unos a los otros, que en ese tiempo aún no era amistad sino más bien compañerismo; ese compañerismo básico de saber que nos necesitaríamos para lo que se avecinaba y que al final del todo no habría nadie a nuestro lado más que nosotros mismos. Creo que platicamos sobre nuestras vidas, sobre todos los sucesos que nos llevaron hasta ahí. Luego, como sucede cuando se habla del pasado, empezamos a platicar del futuro y de lo que queríamos, porque nuestros deseos aún tenían mucho sentido en aquél año: ignorábamos lo desviado que nuestro camino sería y lo caprichoso que puede ser el tiempo a la hora de repartir destinos. Después comenzó a entrar la penumbra con ese naranja de sol que pierde poder, pero que en Tampico (y nunca he podido explicarlo bien) pareciera seguir amarillo, es decir, como si el sol de mediodía se estuviera ocultando y no el sol abatido del atardecer. Sólo Tampico tiene esos atardeceres naranjas por color y amarillos por alma. Como sea, para ese momento el círculo estaba roto o más bien ya no era un círculo, los refrescos y las frituras seguían siendo el centro alrededor del que orbitábamos pero ya algunos estaban acostados, otros se recargaban en las piernas del de al lado, y estábamos todos hacinados como en una orgía asexual, dándonos fuerza con la cercanía física o dándonos valor o un poco de las dos. Entonces David nos contó una historia. Una suerte de cuento y confesión. 

Nos dijo, para prepararnos o para captar nuestra atención, que era gay. Más que asombro, y mi asombro hubiera estado justificado pues David era más masculino que la mayoría de los compañeros (yo incluido), creo que agradecí en silencio que Blanca estuviera dormida en uno de los cuartos: se suponía que eran novios, y por lo que intuía ella estaba enamorada. Él nunca lo estuvo pero pensé que buscaba diversión (el cuerpo de Blanca era estupendo). Pero no, no era diversión, era una pantalla que necesitaba sostener. Contó que su padre era muy autoritario y duro, masculino como los combatientes de la Revolución (pensé objetar que en la Revolución seguramente también pelearon homosexuales, pero mi observación no tenía caso) y que durante años David había tenido que fingir ser ultra macho llevando una vida de putería a dos vías: con mujeres de día, con hombres de noche. Nos dijo que su ciudad natal, grande y con industria, era una suerte de Sodoma y Gomorra mexicana (y aquí yo pensé decir que en la República Mexicana sólo dos o tres ciudades podían darse el lujo de no ser emulaciones de Sodoma y Gomorra, no siendo Tampico una de ellas, dicho sea de paso, pero tampoco lo juzgué conveniente) de manera que había suficientes antros y lugares de encuentros nocturnos de ambiente gay. Se podía llevar toda una vida de anonimato rosa porque el tabú compartido del homosexualismo transformaba a los participantes de sus correrías nocturnas en una suerte de cómplices de lo prohibido, como si lo que hicieran fuera una travesura y la sodomía fuera una protesta burlona contra el sistema y la gente y la vida misma; como si se vengaran del rechazo y la presión, y celebraran su preconcebida maldición diurna con la liberación y el placer nocturno, y qué se le va a hacer. Entonces, una de esas noches de correrías, se encontró en un antro con otro hombre joven y guapo (yo, pueblerino hasta la médula, sentía las cosquillas de la pena cuando David describía con amor y gusto a un varón) con quien comenzó a platicar y decidieron salir del lugar porque, dijo, una cosa siempre lleva a la otra. No precisó cómo es que una cosa llevaba a la otra, aunque debo admitir que tenía curiosidad sobre cómo ligaban los homosexuales. En honor a la verdad, tampoco sabía cómo ligaban los heterosexuales. Como fuera, con el paso de los años aumentó la confianza y pudo aclararme muchas dudas, ninguna de ellas útiles para mí en un sentido práctico, pero tranquilizadoras para mi excesivo morbo. Al final (con triste ironía) supe con más claridad cómo se liga a una persona del mismo sexo que a una del sexo contrario. 

El asunto es que salieron por una puerta trasera (no por preocupación sino para añadirle suspense al asunto) y llegaron a un lote baldío cercado por malla. La pasión (¡Ah! Otro de mis romanticismos adolescentes) los condujo a un rincón, el más oscuro y apartado, donde se pusieron de acuerdo para sostener coito. O quizás no se pusieron de acuerdo y sólo dejaron que la pasión (romántico empedernido que soy) los guiara en el jueguito amoroso. A David, debo reconocer, lo guió mal. Comenzó a darle sexo oral a su compañero (que sólo conocía por nombre, nombre que yo he olvidado) y en el batallar de la saliva y el líquido seminal, fue grabado con un celular o con una cámara, no recuerdo bien, puede que fuera la segunda, en ese tiempo los celulares con cámara no eran tan comunes. ¿No lo notó? ¿Le pareció excitante? Ni idea. Dice que del pene (de su compañero) a la cara (de su compañero) había suficiente distancia para que la penumbra impidiera ver. Sabrá Dios. Pero eso fue lo que pasó aquélla noche, en  aquél lote baldío, en algún punto del inicio de siglo. No hubo nada más, ni besos ni caricias, supongo que ni palabras, o quizás sí, las básicas. Luego la doble vida transcurrió normal. Bueno, lo que se entiende como normalidad para una doble vida. Hasta el día que David recibió una llamada anónima (y aquí sí es seguro que a su celular) donde un hombre lo instaba a revisar su correo, cosa que hizo con presteza y sólo para encontrar el (terrible) video de la felación. Después volvió a recibir otra llamada y fue chantajeado: o soltaba dinero o harían llegar la grabación a sus padres. Qué extrañas formas de chingar encuentra la gente. El resto fue su caída a la desesperación y el temor. Intentó juntar el dinero, pero era a todas luces imposible, intentó negociar, intentó rogar. Al final del lapso se cumplió la amenaza. Su madre, mexicana abnegada como dios manda, sólo lloró y lloró. Su padre le fracturó algunas costillas (dos) y le desvió el tabique nasal. Después lo corrió del hogar mandándolo a Tampico, a seis horas del lecho paterno, escondiéndolo de sus amistades y familiares (del padre) y de sus amantes (de David) con el deseo de evitarle (evitarse) la burla y el escarnio.  Ahora el video lo había vuelto una celebridad local gay y lo había venido a refundir a una ciudad traicionera y violenta. Todo por una felación.  Y esa fue la historia.

Creo que expresamos nuestras más sinceras condolencias, o el símil que se hace en esos casos: no te preocupes, es lo mejor, estarás bien. No recuerdo. No importa. En realidad no importa. 

Luego me fui o nos fuimos o me fui con algunos otros. Llegué a casa y mi mente estaba despejada, ya no sentía el alcohol flotar como nube por el cerebro, ni el cuerpo aletargado ni el tiempo lento. En aquélla época yo rentaba un cuarto atrás de la central de autobuses. En realidad era toda la planta superior de una casa cualquiera, pero cada recámara se rentaba por separado de forma que había que compartir la sala, el baño y la cocina con otros dos inquilinos que, en ese entonces, no existían. Mi cuarto daba a la calle trasera, empolvada y sin pavimento, y a una lámpara del alumbrado público que en las noches resultaba incómoda para dormir. 

Recuerdo que llegué y me senté en la cama mirando por la venta (que, como dije, daba  la calle y a la farola), observando los edificios lejanos y el sol terminando de ocultarse. Era extraño. Estaba casi oscuro pero aún había un poco de luz, sólo un poco, como un cerillo a punto de apagarse, como si el ocaso hubiera durado una eternidad y el sol se negara a morir en paz y a darle paso a la noche. Y de repente sentí pánico. Mucho pánico. De golpe, en el pecho; como si fuera un moderno Giles Corey cargando las piedras que habrían de llevarme a la muerte. Fue tan fuerte y repentino que comencé a jadear y me doble sobre mi estómago. Y por dentro, abriéndose paso poco a poco, como una semilla oscura que germina del alma, sentí miedo. Un miedo visceral, violento. Sentí su dureza en el pecho, su sequedad y amargura en la boca, y su frío en la punta de los dedos. Estaba ahí, era real. Supe que iba a morir pronto, tuve la certeza de que iba a morir pronto. Fue como saber que la noche se acercaba con todas sus tormentas y con todo su poderío y con toda su oscuridad y que yo no estaba preparado para eso. Pensé en todos mis amigos, en mi casa lejana, en mis padres. Pensé que este atardecer era el último de algo, pero no sabía de qué. De algo perdido, de algo irrecuperable e irremplazable. Comprendí que ese miedo jamás me soltaría, que sería mi compañero por siempre y que tendría que vivir con él, como si estuviera adherido a mis huesos o como si fuera una mancha de tinta negra en el centro de mi corazón esperando el momento para extenderse por mis venas y dominarme y dominarlo todo. Pensé en todos nosotros, muchachos extraviados en la oscuridad, huérfanos de hogar, caminantes nocturnos sin rumbo, vagando por las calles de una ciudad hostil como la vida, encontrando a nuestros amigos bajo las lámparas en las esquinas, intercambiando sonrisas, sentimientos, pero condenados  a alejarnos en la penumbra por los siglos de los siglos para cumplir así con una maldición lanzada mucho antes del nacimiento del primer hombre y que corrompería a la humanidad entera hasta su misma destrucción. Y desee con todas mis fuerzas que encontráramos un hogar, que halláramos el camino a casa, que todo estuviera bien. Creo que recé, o lloré, o las dos…

Luego… luego puse música y prendí un cigarrillo y terminé de ver el anochecer. Dejé de sentir miedo y algo había cambiado pero no supe qué. ¿Cómo podría saberlo? Sentado en la oscuridad, fumando y escuchando a Real de Catorce (un disco, digamos, mediocre). Y así acabó aquél día perdido entre todos los que llenaron mi primer año fuera de casa. Asomaron las estrellas, la ciudad subsistía alimentada con luces amarillas, rojas y blancas. Una ciudad que no dormía, que nunca dormiría. Yo sí dormí. Fue un descanso intranquilo. Puede que haya soñado. Puede que no. Ha pasado tanto tiempo…

bplg.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Heces.

Esta tarde llueve, como nunca; y no
tengo ganas de vivir, corazón.

Esta tarde es dulce. ¿Por qué no ha de ser?
Viste de gracia y pena; viste de mujer.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo
las cavernas crueles de mi ingratitud;
mi bloque de hielo sobre su amapola,
más fuerte que su "No seas así!"

Mis violentas flores negras; y la bárbara
y enorme pedrada; y el trecho glacial.
Y pondrá el silencio de su dignidad
con óleos quemantes el punto final.

Por eso esta tarde, como nunca, voy
con este búho, con este corazón.

Y otras pasan; y viéndome tan triste,
toman un poquito de ti
en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no
tengo ganas de vivir, corazón!

César Vallejo.