domingo, 9 de octubre de 2011

Los dos hombres.

Este era un hombre que en su juventud resolvió que su vida sería buscar fortuna. Trabajó durante años hasta ganar su primer millón, pero vio que no bastaba. Trabajó cada vez más duro y ganó cada vez más dinero, pero nunca era suficiente. Y murió trabajando, con la sensación de lo inconcluso.

Otro hombre en su juventud resolvió dedicarse a buscar la verdad. Unos años después la encontró y el resto de su vida fue, en general, muy aburrida.

bplg.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Crónica del Vampirismo en México (I)


A manera de introducción se mencionarán las fuentes de información utilizadas para la escritura de la presente crónica, en favor de la claridad y para que el lector interesado en profundizar el tema pueda referirse a ellas:
Tenemos en primer lugar el Nova Sanguis, libro del vampiro americano Francisco de Sarco, escrito en latín y traducido al español por Ferris Dumont, erudito sobre el vampirismo mundial. El Nova Sanguis narra la llegada de la peste al Nuevo Mundo, su apogeo en México y su caída en desgracia durante el Porfiriato.
Las Crónicas de Paolo de Gillés: Primer cazador de vampiros en América, escritas por él mismo y compiladas por el Vaticano, han sido de gran ayuda para cotejar y cruzar fechas y datos importantes. La correspondencia que forma el grueso de las crónicas es muy abundante, pues el cazador resultó ser tan metódico que la Santa Sede recibía hasta tres reportes diarios de la situación en la Nueva España.
También se han tomado muchos datos y referencias del Daemos etch Noche Infinitum, considerado como el Martillo de las Brujas del vampirismo, escrito en la Edad Media por autores desconocidos y que contiene distintas formas para identificar un vampiro, entramparlo y eliminarlo (de manera permanente). Así mismo, establece cómo debe ser equipado un cazador de vampiros así como las cualidades que deben caracterizarlo.
De tiempos más recientes, se han tomado como referencia el Manual de la Luz, escrito por los herederos de Gillés y que es una especie de método-diario que narra la historia de la Cruzada de los No-Muertos, última gran guerra de vampiros, así como otros acontecimientos importantes desde el Porfiriato hasta la edad moderna. Se han utilizado sólo las referencias a México, y algunos eventos necesarios de otros lugares.
Finalmente, el autor ha considerado necesario aventurarse a rellenar algunos espacios vacíos y huecos informativos a fin de darle más precisión a la reseña, además de presuponer que el lector posee un conocimiento básico de vampirismo.

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Comienza la historia con Martín Ramos de Lares, mítico vampiro español nacido en 1468. Poco se sabe de sus orígenes, pero saltó a la luz pública en la Batalla de Ceriñola, donde participó bajo el mando directo de Fernández de Córdoba. Para 1503, año en que sucede dicha batalla, Ramos de Lares había logrado amasar una consistente fortuna y contaba con un pequeño grupo de vampiros que vivían con él en una hacienda cercana a Cataluña. No sé sabe el número exacto de vampiros, algunos refieren cerca de veinte, otros hasta cuarenta, tampoco se sabe si algunos de ellos lo acompañaron a la mítica batalla; lo cierto es que al finalizar el combate, Ramos de Lares tomó por su cuenta cerca de quinientos cautivos, mismos que fueron llevados a marchas forzadas hasta su hacienda donde sirvieron de alimento durante el tiempo que le tomó a Fernández de Córdoba darse cuenta del robo y recorrer la distancia de Ceriñola a la propiedad. La casa ya estaba vacía, no estaban ni los vampiros ni los prisioneros. Un registro minucioso del lugar arrojó datos suficientes para presuponer la existencia de no-muertos, por lo que la Santa Sede fue notificada y al momento un grupo de ocho cazadores de vampiros partió hacia la hacienda al mando de Paolo de Gillés.
Durante las siguientes semanas, el grupo de Gillés logró seguir el rastro de los vampiros quienes se habían desperdigado por las zonas cercanas, y aun cuando dieron caza a la mayoría de ellos, Ramos de Lares y otros 4 vampiros lograron escapar del cerco. El rastro se borró, y Gillés y su grupo perdieron la pista.

Ramos de Lares vuelve a aparecer en febrero de 1519, en Cuba, de donde parte junto a Hernán Cortés hacia tierras americanas. Iba acompañado de sus vampiros, pero los nombres de estos nunca fueron registrados. A su llegada, la tripulación comenzó a sufrir los síntomas de una presencia vampírica: comenzaron a verse diezmados por la peste, por las tempestades, la muerte de animales y la desaparición de compañeros. Sin embargo, Cortés mismo decidió ignorar el hecho, pues consideraba que un vampiro de su lado los convertía en una mejor fuerza militar. Así las cosas, es hasta la toma de Potonchan donde los españoles toman conocimiento directo de que Ramos de Lares es un vampiro, para ser exacto un Nosferatu.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Sobre Crisis Final.


Soy un lector ocasional de cómics. En realidad, sólo leo los que descargo o los que me prestan. No soy un comprador regular porque las historias son tan complejas y van tan avanzadas que es necesario haber leído todos los números y tie-ins anteriores para comprender un personaje o suceso. Aún así, poco a poco he armado el rompecabezas y tengo una imagen vaga sobre los héroes y sus historias más importantes. Sigo con más interés el universo DC porque en Marvel a menudo los personajes me parecen de telenovela.

El punto es que leí hace tiempo Crisis Final, un eveto importante de DC. La primera vez que lo leí me quedé perplejo y debo admitir que a ratos me aburrió. Era caótico y un tanto incomprensible. Y aún así, me quedé con la sensación de haber leído algo grande a un nivel subcosciente. Es decir, había una verdadera historia que no había logrado comprender.

Decidí lanzarme a la aventura de releerlo con más calma. Ya pasado tiempo, lo he leído fácil unas seis o siete veces: es genial. Es caótico e incomprensible, sí, pero también es paranoico, alucinante, trepidante, es como si Phlip K. Dick se hubiera metido una sobredosis de LSD y se hubiera puesta a contar una historia de Batman y Superman, de Linterna Verde y la mujer Maravilla. No he podido comprenderlo en su totalidad, y no creo hacerlo nunca, pero eso es lo que lo hace tan genial.Hasta Crisis Final creo que no comprendí el verdadero poder que el cómic tiene y que lo hace diferente al cine o al libro. El cine está limitado por el presupuesto y la teconología, los libros por la capacidad del escritor, pero en el cómic todo es imaginación. 

Crisis Final es un salto al vacío, es confiar en que todos esos sucesos incoherentes y sin sentido, todos esos brincos de tiempos y todos esos personajes desconocidos encajen en algún tipo de final o de clímax. Y sí, encajan, pero de una manera tan difusa que entiendo por qué tantas críticas negativas. Pero una historia de un dios del mal caído en desgracia que arrastra con su encuación de la antivida a todo el multiverso no puede terminar de otra manera. Es sólo que derrotar a un dioa a puñetazos, o salvar todo el multiverso con una explosión no basta. Se necesita una máquina de milagros, se necesita valor, coraje, heroísmo, compañerismo, se necesita un final para el que los héroes se prepararon desde el alba de la humanidad, se necesitan balas que viajan al pasado y se necesitan hombres más rápidos que la muerte y hombres que puedan dispararle a los dioses. Eso es Crisis Final, es la batalla contra un nuevo tipo de mal, un mal que sobrepasa los golpes y los planes maléficos, y es la historia de lo que se tuvo que hacer para derrotarlo.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Ana (2)


Cambió, se volvió ácida, agresiva y sarcástica. No hubo otro motivo de gozo que el burlarse de los demás. Lo cual, con justo motivo, le trajo muchos problemas en sus relaciones, entendiéndose con ‘relaciones’ al resto de sus amigos (ya que su familia mantenía el castigo del silencio). Como sea, surgieron rencillas y fricciones, con algunos de sus más fieles escuderos peleó para nunca volverse a hablar. Y en este sentido, ‘nunca’ es la palabra perfecta. Con otros sólo se fragmentó la relación, y con el resto no tuvo ningún problema. Yo no estaba entre estos últimos. A pesar de haber sido testigo de su caída. Sabía que estaba herida y que sólo andaba supurando su dolor. Dejando un poco de pena para librarse de ella, en algún punto de la vida. Pero la pena no disminuía, ¿cómo podría disminuir si la causa era externa? 

Así anduvo el resto del tiempo que convivimos, herida de muerte, desangrándose de a poco. Sé que lloraba todas las noches, y que Alberto fingía no escucharla, ahí, echado al lado de ella, a sólo unos centímetros y con el poder de curar su herida. Pero no lo hacía, y nunca lo hizo. Hubiera querido tener yo ese poder de sanarla, pero no estaba en mí. Lo intenté, me esforcé, buscaba hacerla reír, distraerla, ni siquiera era un intento  de buscar su amor, en realidad comprendía su desesperación y quería sacarla de ese infierno. Pero como dicen por ahí,  los caminos de la divinidad son inescrutables.

Conmigo se enojó la fatídica tarde que decidí abordar el tema por completo. Me preparé con anticipación. Escogí las palabras con mucho cuidado y puse en ellas todo el amor que me consumía. Nos acomodamos en su terraza y le dije que Alberto no valía madres, que ella era la mejor mujer de todo el universo (y en ese entonces me lo parecía), y que su noviecito no se la merecía en lo absoluto. Todo aderezado con citas poéticas, palabras rebuscadas y chispazos de sarcasmo y malos chistes, envueltos en un extenso monólogo. No surtió el efecto deseado. Todo lo contrario, me contestó enojada que Alberto era un ser sensible e incomprendido… Soy impreciso, ella nunca hubiera escogido esas palabras. Pero ¿qué más da la elección de palabras, si la cursilería es la misma? En el fondo eso es lo que sentía, a eso se aferraba, a que Alberto la necesitaba a su lado porque sólo ella le daba fortaleza y soporte. Era su torre, su pilar, y sospecho que estaba parafraseando al higadito. Me los imaginé peleando, y luego lo imaginé llorando arrodillado abrazándose a su regazo implorando su perdón y diciéndole que toda la admiración que por él profesaba sólo tendría sentido si ella se quedaba a su lado, pues era su pilar, su torre. Me dio una lástima infinita. Después, terminada su elocución, me corrió entre llantos y gritos y me dijo que nunca quería volver a verme.

Su reacción fue exagerada en demasía. Me desconcertó, pero intenté comprenderla: estaba en dolor. Lo cierto es que cumplió su palabra y nunca contestó mis llamadas ni mensajes, jamás me abrió la puerta de su casa y en un sentido orgulloso se borró de la faz de la tierra (mi tierra) para siempre. Pasaba el tiempo y pasé del desconcierto a la tristeza, luego me puse a racionalizarlo todo, luego me consumió la ira, y por último me resigné. Pasaron meses y dejé de pensar en el asunto. Nunca supe si la justificaba o si de verdad debía comprenderla. Dicen que las relaciones son ciclos con principio y final. La nuestra nunca lo tuvo, quedaron muchas cosas por decirse, me quedó la sensación de fracaso. Eliminé todo lo que se relacionara con ella, excepto una foto pequeña, de esas tomadas en las cabinas de las plazas. Es una serie de cinco fotos en blanco y negro donde yo me dediqué a sonreír y ella a modelar una bufanda azul en cinco posiciones distintas. La puse en resguardo en mi billetera, y ahí se encuentra hasta ahora. Como si guardar un pedazo de corazón en la cartera fuera posible. Igual lo hice. Si perdiese esa foto sería como si me arrancaran un brazo. Ya es parte de mí, Ana es parte de mí, y lo será hasta mi hora definitiva. 

Entonces, guardé esa pieza de corazón, alisté mis maletas y me lancé a la aventura. En realidad sólo me tuve que ir a trabajar fuera de la ciudad. Conocí gente, descubrí cosas, visité lugares. Con el tiempo conocí a una mujer con el divino don del sentido del humor, y ahí eché raíces. Las partículas se asentaron en el fondo, y el agua volvió a ser clara de nuevo.

Un día me topé con Alberto. Fue en la plaza de la ciudad. Estaba con un grupo de jóvenes zarrapastrosos y fodongos, apilados y revueltos entre instrumentos musicales arcaicos y mochilas gordas de contenido incierto. Apenas lo reconocí con la barba de Cristo y la falta de higiene. Para mi asombro, se levantó como resorte para saludarme. En realidad se me abalanzó, jalando de la mano a una muchachita flaca y ojerosa con pinta de no haber estado en sus cinco sentidos la última semana, cuando menos. Me dijo lo obvio, nunca fue un reconocido escritor y había decidido lanzarse a la aventura con ese grupo de neo gitanos. Tenían un niño que se encontraba jugando en algún lugar incierto de la plaza, y esperaban otro. Dicho comentario me hizo notar la barriga de la joven. No me interesaba, intenté preguntarle por Ana sin que se viera la premura. Me dijo que Ana se había suicidado como al año de que me fui, se había clavado un lápiz en el estómago y se había tomado todo el veneno para las ratas. También dijo: yo creo intentó después sacarse el veneno por el hoyo del lápiz, y ese pinche veneno lo único que mató fue a Ana porque ni una sola rata logramos atrapar, y comenzó a reír. No hay dios, y no hay justicia divina, y nunca los habrá. Nos despedimos, me dio un correo que perdí y yo le di un correo falso. Me dijo que estaba enterrada en el panteón familiar, que vaya a saber dios dónde está. De todas maneras nunca intenté localizarlo. 

Algunas noches soñé con su muerte, sola en el sucio y deprimente baño de su cuarto con un lápiz en el estómago y arrugando la foto de Alberto entre dolor y llanto. Muriendo de a poco y mi vida opacándose con su muerte. Quizás guardar un pedazo de corazón en la cartera no sea posible, pero que un pedazo de corazón muera con la muerte de otro, es posible. Es inevitable.

Y eso es todo.

bplg.